Profesores de educación superior en México

 Comunidad en el lumbral de la tercera edad
POR Mario Villanueva S. 

Desde la perspectiva del alumnado, los profesores universitarios adquieren distintas imágenes. Su tipología ofrece figuras similares a las que han aderezado historias cinematográficas, novelescas e incluso televisivas. Sin embargo, todas ellas están distantes de una realidad que apremia sus bolsillos, estatus dentro de una institución de educación superior y, por supuesto, su deseo por obtener un grado académico que haga más fácil su vida fuera de las aulas 

La vocación del profesor parece estar en peligro de extinción. Las nuevas pedagogías, la renovación de los procesos de contratación de las plantas docentes y la dinámica académica en las instituciones de educación superior en México han generado un ambiente de competencia entre profesores. En algunos casos el asunto de la retribución económica, la formación del profesor y el contexto en que se desarrolló esta o la pertenencia a determinada generación, han marcado del mismo modo la pauta y compromiso de los formadores de profesionistas con éstos, así como con la institución para la que laboran.
Pese al incremento del número de grados académicos registrado por los profesores de nivel superior en nuestro país, la instrucción parece no acompañar ese trayecto. El efecto ha sido contrario, toda vez que la educación superior muestra un rezago por la falta de actualización de planes y programas de estudio, el incumplimiento de éstos, el envejecimiento de la planta docente y la carencia de nuevos cuadros.
“No cabe duda que en la medida en que los profesores de la educación superior mexicana cuenten con la mejor formación posible y pertinente en sus campos, ésta será un factor importante en la calidad del proceso educativo. No en todos los campos es necesario tener doctorados o posgrados; en algunos casos sí, pero no en todos: un doctor en física es una muy buena apuesta, pero uno en derecho no necesariamente”, afirma el profesor-investigador del Área de Sociología de las Universidades de la UAM Azcapotzalco, Manuel Gil Antón.
No obstante, refiere el profesor-investigador del Departamento de Sociología de la misma unidad de la UAM, José Othón Quiroz Trejo, en la actualidad se ha vuelto un requerimiento inaplazable la obtención de grados: “Los académicos nuevos ya nacieron con toda esa carrera credencialista que los lleva a buscar títulos, se trata de una recomposición”.
Por eso, Manuel Gil, asesor de la Rectoría de la UAM, señala que la acumulación de grados no deja de ser un factor importante para la modificación positiva de la calidad educativa; sin embargo, no es el único vehículo: “Hemos creído que a mayor formación de los profesores, automáticamente hay una mejor calidad en la enseñanza; eso depende de si el profesor se compromete de verdad a generar ambientes adecuados para enseñar a sus estudiantes. La mejor formación sí, pero además un compromiso con los estudiantes y el conocimiento, ya que no bastan los grados”. Al respecto, la profesora de tiempo completo en la FES Acatlán y autora de El guión. Su lenguaje literario, María de Lourdes López Alcaraz, agrega que hoy también es urgente la actualización de los profesores universitarios, dado que el tiempo les ha ganado la carrera en muchos aspectos. “Por ejemplo, el aprovechamiento de las nuevas tecnologías en el proceso de enseñanza-aprendizaje nos ha quedado rezagado; son todavía muchos los profesores que se niegan a utilizar algo tan simple como la computación como herramienta primaria; asimismo, la utilización de DVD’s y otras herramientas no son tan estimadas o bien utilizadas como deberían de ser”.
Reconoce que, si bien la UNAM ayuda y motiva a través de programas específicos y de proyectos de apoyo a la docencia –pero no de la forma, cantidad ni calidad requeridos—, “lastimosamente no todos los profesores los cumplen, y eso no sólo se da entre la UNAM, sino también en otras instituciones de enseñanza superior; porque motu proprio es más fácil dejar de hacerlo que imponerse la posibilidad de una mejoría. De tal suerte que un profesor de 50 años o más cae en cierta obsolescencia en cuestiones didácticas y de formación porque no cumplió con lo que debía”.
Aun más, dice, aunque la libertad de cátedra permite pensar en que, efectivamente, la forma de la enseñanza y, en muchas ocasiones, los ejemplos y demás complementos de una clase quedan a discreción de los profesores; “la verdad es que el cumplimiento de los programas no se lleva a efecto y esto, sin duda, ocasiona serios problemas”, señala. Como en el caso cuando un alumno cursó determinada materia con X profesor y tiene que presentar un examen extraordinario con otro profesor que no cumplió con el programa oficial.
Para colmo, destaca López Alcaraz, “tendremos que aceptar que la revisión de los planes de estudio no se da en los términos reales: un plan de estudios tiene que revisarse siempre y ser presentado para su cambio, para su modificación, para su actualización, no más allá de cinco o seis años”. Sin embargo, agrega, hay licenciaturas cuyos planes de estudios datan de hace 15 años o más, lo cual reafirma la idea de un atraso en la educación superior pública.
Por ello, el investigador en técnicas químicas y profesor de tiempo completo del IPN, unidad Casco de Santo Tomás, Filiberto Vázquez Dávila, considera que los profesores deben asumir la parte que les corresponde en la responsabilidad compartida con las instituciones educativas de completar y actualizar su formación docente.

“Son precisamente los profesores los que deben estar actualizados con base en una buena organización escolar que tome medidas que uniformicen el trabajo de toda la academia de profesores de las diferentes áreas, porque de esa manera habrá una retroalimentación”.
Aunque en la UNAM existen procesos que permiten a los profesores de tiempo completo un desarrollo académico y, por ende, económico, la apatía y la falta de ética en muchos de ellos para cumplir con dichas obligaciones estatutarias “se debe a que la universidad ha sido permisiva, y esas actitudes hablan de que cada vez somos menos los que estamos aquí (en la academia) porque nos gusta… somos un género en extinción”, denuncia López Alcaraz, también encargada de la tutoría de Guionismo en la facultad de Filosofía y Letras.
Al margen de este tipo de conflictos que son resultado de una deficiente administración de la educación, el debate se da en torno a la viabilidad o no de la adición de grados académicos, y de su importancia o no en la elevación de la calidad del proceso enseñanza-aprendizaje en el nivel superior.
“Me parece que el programa formativo que comenzó con el gobierno anterior para que los profesores tuvieran una mejor formación mediante la obtención de grados ha sido una buena política porque, en alguna medida, repercute en la calidad de la enseñanza. Lamentablemente esto no ocurre en todos los sectores del profesorado de las instituciones públicas –dado el promedio de edad de los profesores—, donde muchos de ellos no han querido incorporarse a este sistema formativo. Dicho sector está asociado con académicos de edad avanzada o con profesores de disciplinas que no consideran indispensables los estudios de posgrado”, señala el sociólogo e investigador de la UAM, Adrián de Garay Sánchez. Al respecto, el profesor del Departamento de Sociología de la UAM Azcapotzalco, Raúl Acosta Castillo, admite que las universidades ofrecen un mayor sueldo si se cuenta con una maestría o un doctorado. “Sin embargo, muchos profesores no nos hacemos a la idea de que hay que perfeccionarse en la formación académica y profesional para ser mejores profesores y, en esa medida, tener mayores ingresos”.
Aun cuando De Garay valora el esfuerzo gubernamental del sexenio pasado por elevar la calidad educativa en el nivel superior, observa que no hay estudios que muestren que se haya cumplido con dicho objetivo por medio del mejoramiento de la formación de profesores: “En teoría así debería suceder, pero la realidad es que no se ha comprobado”. Además, puntualiza sin un dejo de rubor, “lo doctor no quita lo pendejo”.
Pese a quienes coinciden con estas afirmaciones, Filiverto Vázquez, también inventor de la tinta indeleble, tiene la certeza de que “es indispensable que cualquier profesor del nivel superior cuente cuando menos con una maestría o una especialización en su área”. Pues, argumenta, tendrá repercusiones positivas en los procesos de enseñanza.

Lo económico no quita lo institucional
Como en otros asuntos importantes y prioritarios en la agenda política, el de la calidad educativa en el nivel superior en nuestro país transita por un camino donde el profesorado no anda solo con el problema de su formación a cuestas. El problem va más a fondo. No puede desligarse de otros temas que acompañan al del magisterio universitario. Las demandas salariales son una arista más en este embrollo que arrastra, desde hace varios años, las cadenas de la indiferencia, la impotencia y la desatención.
Lejos de la retórica, la mayoría de los profesores coincide en que la vocación para formar estudiantes traspasa cuestiones económicas. En esa medida, lo consideran un arte y un vehículo para retroalimentarse mediante el contacto con nuevas generaciones. De modo que, cuando la remuneración se convierte en elemento indispensable para los pocos que constituyen los nuevos cuadros docentes, la figura del profesor adquiere una imagen nebulosa al borde del ocaso.
Al margen de solicitar un aumento en sus salarios, los profesores de las instituciones públicas muestran una actitud optimista cuando hacen un balance de lo positivo y lo desfavorable al pertenecer a ellas. Ganan poco pero reconocen que disponen de una serie de facilidades y de posibilidades que han adquirido por el lado del menor esfuerzo: no tienen un cumplimiento de horas como el que se exige en las universidades privadas y, empero, ese tiempo que podría servir para la superación profesional, “muchos lo utilizan para irse a conseguir otro empleo o para flojonear a su casa, y eso es ya un problema ético. Creo que, fundamentalmente, lo que nos está dañando, no solamente en el nivel universitario sino en el nivel nacional, en el nivel profesional en México, es que ya nuestro sentido moral, nuestras escalas de valores se están perdiendo”, denuncia María de Lourdes López.
Aunque no son miserables, los bajos sueldos en las universidades públicas de manera negativa inciden en el compromiso del profesor con el alumno y la institución a la que pertenecen. Y es que, señala Filiberto Vázquez, “el profesor tiene que buscar otro trabajo, dejando el de la enseñanza como una segunda chamba… el profesor se convierte en chambista de la enseñanza por cubrir sus necesidades económicas”. Eso, completa el politécnico, no solo repercute en su compromiso como formador de profesionistas, sino también en su preparación y actualización académicas.
Sin embargo, el académico de la UAM, José Othón Quiroz Trejo, considera que sí hay una relación entre lo económico y el rendimiento de un profesor: “Hay personas que en cuanto mejoran su situación económica consiguen mejorar su situación como profesor”.

  En tanto, su colega en el departamento de Sociología de la misma institución, Raúl Acosta Castillo, y el profesor y director del Grupo de Análisis de Integridad de Ductos del IPN de la Unidad Zacatenco, Jorge Luis González Velázquez, estiman que el desarrollo económico está en función de la capacidad docente y no en relación con la economía nacional o el presupuesto federal para apoyar a las universidades.
Manuel Gil Antón profundiza en el tema: “Una remuneración justa para llevar una vida digna es un factor importante en las condiciones de una buena enseñanza, pero con ser un factor necesario no quiere decir que sea un factor suficiente porque, además de ingresos dignos, de nuevo es necesario un sistema institucional que impulse al profesor, más allá de su salario, al trabajo responsable y a la atención de vida de los estudiantes”.
Porque, continúa, “al igual que en la calidad educativa, en este aspecto el salario es importante, pero no basta. Actualmente los salarios son muy bajos y los ingresos, desde hace casi 15 años, se completan con becas o estímulos no salariales. Si los procesos para obtener estas becas están orientados a la investigación o publicación incesante, y no de igual manera a la docencia, podemos esperar el efecto no deseable de que los profesores tengan mejores ingresos pero menor compromiso con sus estudiantes y la institución”.
Estudioso de los asuntos universitarios, Adrián de Garay amplía las apreciaciones de su colega y muestra su certeza de que “en la mayor parte de las instituciones públicas y privadas no solo ha habido una invitación a los profesores a realizar y concluir con sus estudios de posgrado, también ha habido un mejoramiento de sus ingresos, lo cual está asociado con estímulos por la obtención de grados. Ante ello se han sumado muchos profesores no sólo por esta obtención de grados sino por aumentar sus salarios.
“Todo esto también ha traído consigo efectos perversos: ciertos sectores de profesores se incorporan a estudiar cualquier posgrado, aun cuando se tratan de estudios fuera de su área, con el objeto de obtener un grado y un estímulo económico. Incluso hubo varias instituciones que crearon sus propios programas de posgrado (algunos programas son maestrías en educación) para que sus profesores hicieran sus estudios ahí mismo, proceso endogámico terrible”, precisa.

Renovación ante un panorama desolador
Una vez más parece que el tiempo es el que tiene el camino aventajado. Nuevamente parece que un sistema institucional mal administrado y deficientemente organizado tiene consecuencias negativas en otro aspecto prioritario dentro de la agenda de la educación superior de nuestro país.
Tan incierta como la historia del juego del huevo y la gallina, la problemática de la educación superior en México ha mutado de manera tal que aparentemente no tiene principio ni fin. Ayer los responsables fueron unos, hoy los acusadores de entonces son los autores del conflicto educativo del nivel superior.
Quienes en la segunda mitad de los setenta renovaron el magisterio universitario empiezan a alejarse de la realidad de sus alumnos, la edad se los come mientras se tornan displicentes con sus estudiantes, los han abandonado a su suerte y el egoísmo ha invadido sus personalidades e intereses. Nadie a levantado la mano para responder ante la situación que prevalece: el remedio para elevar la formación del profesorado tuvo dos filos, solucionó el problema pero también limitó y frenó el ingreso de nuevos cuadros docentes al magisterio del nivel superior.
Tal vez por eso la preocupación de los nuevos cuadros de profesores privilegien la obtención de grados académicos sobre cualquier otro aspecto. Actitud asumida por las nuevas generaciones de profesores que confirma el docente de la UAM, Raúl Castillo Acosta: “Ven más una cerrera docente en función de los grados que tengan, que en la experiencia profesional. A las viejas generaciones también nos preocupan los grados, el credencialismo por así decirlo, pero nos preocupa mucho más qué tipo de vínculo tiene lo que se enseña con una serie de aspectos o actividades que forman parte de una práctica profesional”.
Para un sector de los profesores que ocupa con sus cátedras las aulas universitarias, las generaciones recientes de docentes presentan deficiencias en su formación: se preparan con teorías y pedagogías que conocieron sus antecedentes. Porque, considera López Alcaraz, “es más fácil recorrer el camino conocido y tienen la imagen o el ejemplo de sus propios profesores, de los profesores viejos y antiguos, y porque no tienen la suficiente formación. Pero también creo en que hay un desgano por mejorar, de una manera particular, con un sentido ético”.

  Contrariamente, otro grupo de docentes admira la disposición para modificar sus ideas y la frescura en el desenvolvimiento profesional de los profesores recientemente llegados a las instituciones públicas. “En algunos casos son mucho más activos y dispuestos a mudar sus puntos de vista y actualizar sus bibliografías, de lo que estamos nosotros. A veces los profesores más viejos tienden a esclerotizarse y a mantener sus bibliografías no actualizadas porque representa una fuerte sacudida a lo que a veces se convierte, casi casi, en parte de un estilo de vida y en una forma de ser.
“Afortunadamente se ha conseguido sintetizar los dos flujos: ese intento de mantener cierta actualización de lo que fueron los clásicos, y esta nueva visión de incorporar nuevos autores y acabar con mitos del pasado. Hay un equilibrio entre ambas generaciones: ni todos los jóvenes son progresistas ni todos los viejos son reaccionarios”, argumenta José Othón Quiroz Trejo.
No obstante hay diferencias y características entre los profesores maduros y jóvenes. Una de ellas, señala Acosta Castillo, está en cómo entienden y sensibilizan sobre los problemas que tienen los alumnos en el aprendizaje: “Los profesores con antigüedad ya no nos preocupamos por saber cuáles son los verdaderos problemas para las nuevas generaciones de estudiantes; por ejemplo, los alumnos actuales tienen serias dificultades para leer y no lo han reconocido, creen que los periódicos, novelas, revistas, sustituye la lectura de un texto complicado”.
La raíz de todo no tiene qué ver sólo con cuestiones propiamente universitarias sino que más bien con resultados humanos. “Los humanos docentes estamos fallando al igual que los humanos obreros y los humanos trabajadores. En la iniciativa privada esto no sucede porque se les vigila más y se les obliga de otra manera; si empatamos el sentido de libertad que se da en las universidades con el sentido de que como no ven ni me vigilan hago lo que yo quiera, el resultado es más desastroso en las universidades”, destaca con pesar la académica de la FES Acatlán, María de Luordes López Alcaraz.
Ante ello, recomiendan Quiroz Prieto y Filiberto Vázquez Dávila, los profesores deben adaptarse a sus alumnos, en el sentido de tomar en cuenta las situaciones que conforman su realidad y, a partir de ello, exigirles más, pero también darles más. “Porque el papel del profesor es el de guiar, conciliar, coordinar, orientar y corregir a sus alumnos”.
Lo evidente para Adrián de Garay es la brecha generacional entre profesores y alumnos: “Mientras los profesores son cada vez más viejos, los alumnos siempre tienen la misma edad (20 o 21 años). Esto, sin duda, provoca que los profesores no sepan cómo ni quiénes son sus estudiantes, ni quiénes son sus padres, ni cuáles son sus problemáticas dentro y fuera de la universidad. Actualmente, y cada vez más, los estudiantes provienen de familias de escasos recursos y de sectores populares de la población. De modo que en los profesores se crea un desprecio hacia ellos, hacia ese sector juvenil que está llegando a las universidades públicas”.
En el Politécnico, comenta Jorge Luis González Velázquez, es preocupante la situación: “Hay profesores de 60 o 70 años que siguen dando clases, pero ya no tienen el mismo ímpetu o la misma vocación de un joven. Pero, aun cuando hay profesores que se van jubilando, hay poca gente preparada y dispuesta a dar clases. No se ve por dónde se pueda resolver este problema de la renovación de cuadros”.
La salida es una para Gil Antón: urge un plan nacional de renovación de la planta académica del nivel superior frente a un promedio de edad de los profesores de 50 años. “Esto habla que tenemos profesores veteranos que, en muchos de los casos, no pueden jubilarse porque las condiciones para hacerlo no son dignas, pues no les alcanzaría para vivir”. Las consecuencias agravan el problema: los jóvenes talentos son desaprovechados al no encontrar espacios ni oportunidades en el magisterio. “Esto no es bueno, porque los jóvenes que están capacitados y tienen vocación deben conformarse con empleos fuera de su ámbito o en el mercado académico, pero en condiciones muy frágiles. Una carrera académica implica tener muy bien pensados los procesos de incorporación e iniciación en el oficio, condiciones dignas para la trayectoria y programas oportunos de retiro, de tal manera que haya un equilibrio de edades en el conjunto de los académicos”.
Aunque hay excepciones que remiendan la carencia de políticas adecuadas para la renovación de las plantas académicas, éstas no son una buena solución porque, de multiplicarse, tendrían un efecto desastroso. Adrián de Garay explica por qué. “Los programas de Jubilación Dinámica –que por fortuna son pocos— permiten que aquellos profesores con 20 o 25 años de labor se puedan jubilar con su salario nominal íntegro. Esto permite contratar a nuevos profesores, pero provoca un problema muy grave, porque las instituciones comienzan a tener dificultades para pagar. De modo que en un lapso de tres o cuatro años hará que estas instituciones se declaren en quiebra. En los casos de las universidades que abren plazas docentes, éstas exigen a sus aspirantes nivel de doctorado, lo cual ha derivado en que haya muchas plazas vacantes”.

¿Futuro esperanzador pero lejano?
La renovación de la planta docente es una respuesta a este aspecto de la problemática de la educación del nivel superior en México. Asimismo resulta urgente el replanteamiento y reestructuración del sistema institucional.
De entrada, apunta José Othón Quiroz Trejo, se debe mejorar la parte administrativa, al igual que la eficiencia de las universidades públicas: “Uno de los ajustes es lograr que todos los profesores cumplan; que enseñen y que cumplan con sus alumnos; las herramientas y las condiciones existen para lograr el objetivo”.
En suma, puntualiza el investigador de la UAM, Adrián de Garay, una acción primordial es concientizar al profesorado de la necesidad de saber quiénes son sus estudiantes y percatarse del entorno en el que enseñan; es decir, brindar una atención especial a los alumnos. “La tutoría es una opción, es una buena estrategia con cierta eficacia, pero que no cubre la totalidad de los alumnos ni de los profesores. Más bien se requieren programas de atención a los estudiantes que incluya la tutoría y otras estrategias, con el fin de acortar esta brecha generacional entre profesores y alumnos”.