Brujas y cenicientas

POR Lakshmi Chaudhry
 Con la muerte de Diana de Gales culmina la época de la conmiseración que la gente sentía por las diosas trágicas del amor, las cuales han sido sustituidas por un nuevo icono de mujer, alejada de la victimización y el sufrimiento
“Todos la hemos visto… como una princesa, como una cariñosa y dedicada madre y como uno de los grandes, grandes iconos de abnegación”, declaró Kiefer Sutherland, una de las muchas celebridades rutilantes, que en julio de 2007 se juntaron en un concierto para conmemorar a Diana –o, para decirlo con más exactitud, canonizarla— en el décimo aniversario de su muerte. Incluso, en el panteón de los iconos femeninos, Diana fue más una Marilyn Monroe que una Madre Teresa, una mujer mejor conocida no por su “determinación”, sino por lo que Joyce Carol Oates describió en su obituario de 1997: “Su búsqueda, a menudo desesperada, de amor”.
Viendo en perspectiva, la gente de la realeza parece ser un extraño anacronismo, quizá el último de una progenie extinta de las trágicas Cenicientas, cuyos fracasos románticos y angustias eran los ingredientes esenciales de su misterio. A más de diez años de la muerte de Diana, celebridades han ido y venido. Independientemente de quién domina hoy los encabezados de los tabloides, hay una nueva generación de estrellas –incluyendo a Lindsay Lohan, Nicole Richie y Tara Reid— que no sienten más la necesidad de ocultar detrás de una risa tonta o triste su apetito por el placer, el estatus y la atención.
“Creo que cada década tiene su icono rubio –como Marilyn Monroe o la princesa Diana— y en estos momentos yo soy ese icono”, declaró Paris Hilton al Sunday Times, cuando estaba en la cresta más alta de su notoriedad como la chica reventada favorita de los tabloides. La declaración de la socialité dibujó de cuerpo entero sus delirios pero, como Matt Haber opinó en Radar Online, Paris no estaba completamente errada sobre su importancia como significante cultural de su tiempo: “Paris es a la primera persona a la que recurren los periodistas cuando buscan una frase fácil que condense la fama inmerecida, la riqueza heredada, la propensión a la indiscreción sexual o una inclinación por la publicidad barata”.
Mientras que Diana y Marilyn comparten varias cualidades con celebridades femeninas de hoy –una carencia notable de discreción sexual y un apetito por la atención pública— Paris es, para bien o para mal, una nueva variedad de icono femenino, definida no por su victimización y sufrimiento, sino por la autosuficiencia y la autosatisfacción. De muchas formas, su “pose altiva” representa la encarnación pop de la fémina de la Generación X que coloca la satisfacción sexual y la independencia en la cúspide de su agenda. Fue el prototipo de la “chica reventada” que desafiaba en los años noventa, pero que ahora representa lo nuevo “normal”, como se hace evidente por los imitadores de Hilton que pueblan los reality shows de MTV.
En un artículo del periódico The Guardian escrito casi un año después del accidente de Diana, Joan Smith lamentó nuestra fascinación por las trágicas diosas del amor que están dispuestas a desnudar cada detalle de sus calamitosas vidas personales para ganar nuestra compasión y respeto. “Nuestro apetito por las historias de miseria femenina, parece, nunca puede ser saciado”, escribió Smith. “Lo que queremos saber sobre las mujeres ricas, hermosas y exitosas es que ellas están, a pesar de todas sus ventajas, solas y miserables”. O, más específicamente, que su éxito y fama son un sustituto pobre del amor de un hombre bueno.
Peor que la muerte
En el mismo contexto, Sarah Churchwell escribió en Las muchas vidas de Marilyn Monroe acerca de la mitología inspirada por la última víctima rubia: “Soltera, sin hijos, un éxito profesional, ella aún está marcada por su fracaso personal. La perspectiva de la mujer más deseada del mundo que se convierte en una solterona es finalmente la que la matará. Ella morirá cuando los hombres abandonen el cuento. Ella morirá porque era una mujer sola un sábado por la noche, lo que es un destino peor que la muerte”.
El argumento de este cuento de hadas es siempre el mismo: la infancia pobre crea un ansia de amor para toda la vida, el cual ella busca en los brazos de varios hombres inadecuados y, al fallar esto, en la adulación pública, que, sin embargo, no la puede salvar de una muerte trágica, generalmente sola y siempre inoportuna. Cenicienta llega a ser la princesa, pero nunca encuentra a su príncipe azul, y es por eso que la amamos. Entre más cicatrices obtiene –al ser rechazada, al estar necesitada— más conmueve nuestros corazones.
Al describir una bolsa de mano de Monroe, un subastador de Christie’s resumió el secreto de la rubia actriz: “Todas estas cosas reflejan la vulnerabilidad de Marilyn. La vulnerabilidad fue parte del atractivo irresistible de Marilyn Monroe”. Igual de irresistible es el sufrimiento de la mujer que surgiría dos décadas más tarde como la heredera legítima de la corona de espinas de Marilyn. Diana “utilizó sus grandes ojos azules como su ventaja más grande, derritiendo los corazones de hombres y mujeres con su expresión de completa vulnerabilidad. Los ojos de Diana, como los de Marilyn Monroe, contenían una petición dirigida no a cualquier individuo, sino al mundo en general. “Por favor no me hagan daño, parecían decir”, escribió Ian Buruma en su reseña de 1999 para la revista Time, donde el periodista colocó a ambas mujeres (Diana y Marylin) en su lista de los veinte mayores héroes e iconos del siglo 20.
En su biografía de Monroe, Churchwell compila la mitomanía implacable de sus admiradores y críticos, que igualmente son investidos para nutrir la leyenda de una mujer desgraciadamente hermosa consumida por su deseo de celebridad y el amor. Lo que ellos cuidadosamente ignoran, argumenta la investigadora, es el propio papel de Marilyn en la utilización de los medios de comunicación y de los hombres para catapultarla en su carrera de actriz hasta las alturas del estrellato eterno. Detrás de la imagen estaba una mujer complicada, inteligente, dañada, sin duda, pero sumamente decepcionada, frágil e incluso magullada por el amor.
Aunque la conexión de Diana con Marilyn Monroe no fue cimentada en la mente pública sino hasta la muerte de la primera –cuando Elton John hizo lo propio al rescribir Candle In the Wind— la realeza demostró ser una heredera digna del legado de Marilyn; a partir de ese momento ella dio un paso al proyector público. En el libro Diana Chronicles, Tina Brown revela a una joven de 19 años decidida emplear sus considerables habilidades de autoinvención y sus relaciones públicas para seducir a la prensa británica y pavimentar su ascenso al palacio de Buckingham. El fotógrafo de tabloide Ken Lennox dijo a Brown sobre aquellos días tempranos: “La tímida Di es un mito. Esto se creyó porque ella agachaba la cabeza y dejaba que su cabello cayera sobre su cara, mientras que echaba un vistazo de vez en cuando para ver dónde nos encontrábamos”.
Cuando su boda de cuento de hadas se convirtió en una pesadilla doméstica –en la que un Carlos poco servicial rechazó jugar su papel asignado—, Diana simplemente desplegó una narrativa mítica en favor del otro, esta vez para asegurar su futuro de post divorcio fuera del palacio. La “historia verdadera” de que ella se escapó con Andrew Morton en 1992 en una huelga contra su marido y sus suegros contenía todos los ingredientes para su canonización póstuma como la nueva Marilyn. Los detalles parecen chocantes y aun cuidadosamente seleccionados para relatar su vida y así encajar en su nuevo papel de Cenicienta trágica: Sus escapadas sexuales hábilmente rehechas como tragedias románticas, su apetito por hacer público su grito desesperado por reconocimiento, los ataques reales de bulimia y sus intentos de suicidio inventados, son signos de un profundo dolor emocional.
El obituario de Joyce Carol Oates, escrito para la revista Time, contiene el testimonio del éxito póstumo de Diana. Grita su indignación por las infinitas bajezas amontonadas sobre su heroína en desgracia por “el Establishment”, por los “chacales humanos conocidos como paparazzi”, por el marido que galantea y por el desfile de amantes mal educadas. Oates concluye que el papel de Diana “se acerca a lo místico. Con Diana, la princesa del cuento de hadas fue cruelmente despertada a un mundo de daño, traición y humillación; mujeres de todos los años encontraron en ella una imagen de espejo de ellas mismas, aunque magnificada y glamourizada”.

Mujeres que se desploman
En su columna de junio de 2007, a casi un año de la muerte de Diana, Naomi Wolf se quejó de una cultura que “parece cada vez más obsesionada con las imágenes de las jóvenes encantadoras que se desploman”, citando el espectáculo del derretimiento de Britney Spears, la detención de Paris Hilton y los varios ingresos de Lindsay Lohan a rehabilitación. Las mujeres más avanzadas en el mundo real, Wold explica, “son las más rotas, las que se salen de control, las que claramente no pueden manejarse sino es con grandes cantidades de ayuda. Y yo diría, son las más seductoras”. En otras palabras, Paris no puede ser ninguna Marilyn o Diana, pero ella sirve exactamente para el mismo objetivo: asegurarnos de la vulnerabilidad femenina.
Lo anterior sería un argumento convincente, excepto porque estas jóvenes no se presentan como rotas o frágiles. Donde Diana hizo mucho a pesar de la indiferencia de su madre, Lindsay minimiza su vida de familia mucho más disfuncional, que incluye a un padre ex convicto. Como Paris, estas jóvenes se posicionan como princesas mimadas más que pequeñas desamparadas llenas de cicatrices. La venta ambulante del dolor emocional no es lo suyo.
“[París es] demasiado rica, flaca, rubia, desnuda, mujerzuela, borracha, estropeada y famosa. Ella no hace caso de la ley y abiertamente desacata nuestras costumbres sociales, como si éstas no aplicaran en ella”, opina Cintra Wilson Salon. Hilton, Lohan y sus pares representan una nueva generación radical de famosas que reciben atención –o, más específicamente, notoriedad— porque violan más que respetar las formas tradicionales de feminidad, especialmente en lo que concierne a los asuntos del corazón.
A diferencia de las narrativas de los medios sobre las celebridades femeninas de antaño, las historias sobre las estrellas de hoy se centran menos en sus suplicios que en sus formas de divertirse. Casi todas estas mujeres parecen menos interesadas en el señor Corrección que en el señor Ahora Mismo “Ciertamente, ellas no se sientan en casa llorando sobre su cerveza, y lamentando ‘Si sólo tuviera al hombre adecuado’”, escribe Bella DePaulo, autora de Singled Out. “Ellas parecen dar por sentado que las mujeres antes de ellas han trabajado, lo cual las ha conducido a una vida independiente de los hombres”.
Hay, sin embargo, que pagar un precio por sus transgresiones. “Encuentro de particular interés la cantidad de la gente que las odia, comentaristas sobre todo masculinos, especialmente a Paris Hilton”, opina Karen Hollinger, autora de The Actress: Hollywood Acting and the Female Star. “Hilton no es retratada como la mujer que busca amor –y el encuentro o no de él—, sino como hermosa y bastante salvaje. Por otro lado, Diana embona muy bien en el modelo de la mujer hermosa buscando y sufriendo por el amor de los hombres que llegaron de todas partes para celebrar a esa vela en el viento (Candle In the Wind)”.
Tomado de: The Nation.
Traducción y edición: José Luis Durán King.

2 thoughts on “Brujas y cenicientas

  1. Bravo. Siempre preferí a mujeres fuertes. Ana Bolena, no Jane Seymour. Scarlett O'Hara, no Melanie Hamilton, La Madrastra, no Blancanieves. Un abrazo, Karini.

  2. Siempre serán mejores ésas, las fuertes mujeres fuertes, que las víctimas. Para ellas, como para todas las víctimas, están la vida triste y la nota roja (si no, pregúntémosle a Marilyn). Y aunque odio el pop, me regocijo, si no en Lohan, Hilton o Spears, sí en Madonna, cualquiera que haya sido el precio que pagara.

    Saludos,
    YT

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