Denis Nilsen: el amo de las cañerías

POR José Luis Durán King
Dennis Nilsen alguna vez afirmó que las emociones son las sustancias más tóxicas conocidas por el hombre. Sabía de lo que hablaba: con 15 asesinatos en su conciencia, producto de su temor a vivir sin afecto, sus delitos podrían figurar no sólo en los anales del crimen inglés sino también en los anuncios de los corazones solitarios
El 8 de febrero de 1983, el plomero Michael Cattran acudió a destapar las cañerías del número 23 de la calle Cranley Gardens, en el barrio Muswell Hill, al norte de Londres. Al no encontrar ningún desperfecto al interior del edificio decidió revisar la alcantarilla de la calle. Después de descender una escalera de barrotes de hierro llegó al fondo. El desagüe estaba obstruido por una masa grisácea y viscosa, que despedía un olor nauseabundo.
Cattran llamó a su jefe y dijo que tenía sospechas de haber hallado carne humana en los ductos. A las 11 de la mañana del día siguiente, un grupo de detectives encabezado por Peter Jay arribó al lugar indicado, tomó algunas muestras del amasijo y se marchó. Siete horas después y tras investigar de qué departamento provenían los restos humanos, los agentes interceptaron a Dennis Nilsen, un oscuro burócrata que trabajaba como director ejecutivo de la Oficina de Empleo de Kentish Town.
El sospechoso fue llevado a la comisaría de Hornsey, donde el detective McCusker aventuró una pregunta: “¿Cuántos muertos fueron, uno o dos?” Nilsen fue enfático: “Quince o 16, desde 1978”.
Las dudas se despejaron en las horas siguientes. Dennis Nilsen era un hombre solitario, que al momento de ser aprehendido compartía el ático de Cranley Gardens con su perra llamada Bleep, dos brazos, tres torsos, dos cabezas, dos piernas, una pelvis y varios kilos de vísceras envueltas en bolsas de plástico. La carne de una de las cabezas estaba completamente consumida; la otra había sido hervida días antes, el rostro carecía de labios y había pertenecido a Stephen Sinclair, un joven vagabundo, drogadicto, un condenado de la tierra, que desapareció sin que nadie lo echara de menos. En una maratónica confesión que se prolongó 30 horas distribuidas en 11 sesiones, el asesino declaró que en su domicilio de Cranley Gardens sólo había asesinado a tres personas; el resto habría que buscarlo en su anterior dirección: Melrose Avenue 195, en Cricklewood.
Como más adelante confesaría, Nilsen alquiló el ático de Cranley Gardens con la intención de poner punto final a su carrera criminal. La psicóloga forense Katherine Ramsland señala al respecto: “Nilsen había perdido el uso del jardín e incluso del espacio debajo del piso. La casa a la que se había mudado estaba dividida en seis departamentos y el área que le correspondía [a Nilsen] en el número 23 de Cranley Gardens era un ático. Él estaba seguro que esto podría ser un obstáculo para sus homicidios compulsivos. Sin embargo, tres asesinatos más tuvieron lugar, y su vivienda representó un problema complicado para disponer de los cuerpos” (“Dennis Nilsen”, www.crimelibrary.com).
Tímido y reatraído
Dennis Andrew Nilsen nació en Fraserburgh, una ciudad costera al noroeste de Escocia. Aunque tuvo padre, éste pronto se olvidó de sus obligaciones y la infancia de Nilsen transcurrió al lado de su madre y sus hermanos en la casa de los abuelos maternos. En Fraserburgh, además de la visión fatalista común en las comunidades que viven del mar, las familias son muy cerradas en lo que se refiere a la aceptación de forasteros, lo que ha provocado una “pureza de sangre” que se traduce en verdaderas epidemias de enfermedades mentales. En ese universo de calvinismo sofocante, Nilsen tuvo una niñez solitaria, rebosante de fantasías personales y cuentos de pescadores arrullados por las olas del mar.
Al llegar a la adolescencia; Nilsen no sólo se percató que le cambió la voz y le creció el vello en el cuerpo sino que también tuvo que aceptar en secreto que le atraían los hombres. ¿Qué hacer cuando se es joven, desempleado, sin escuela y homosexual? La respuesta que más se adecuó a las necesidades de Nilsen se la proporcionó el ejército, al que ingresó en el cuerpo de abastecimientos. Ahí aprendió a utilizar el cuchillo y a descuartizar reses, un oficio que le sería muy útil en su temporada de asesino. Sus compañeros lo recuerdan como un hombre divertido, con ideales políticos radicales y con una marcada propensión al alcohol.
Tras abandonar el ejército después de 11 años de labor constante, Nilsen ingresó como policía a la Comisaría de de Willesden Green. Aunque la forma en que sus jefes y compañeros trataban a los sospechosos eran incompatibles con sus ideas de izquierda, Nilsen tuvo un aliciente para hacer llevadero su trabajo como guardia: la visita constante a los sótanos forenses. Finalmente consiguió un trabajo en la administración pública de Kentish Town, un trabajo que le permitía salir por las noches a tomar un café o una copa a los pubs del Soho y Camden Town.
Antes de que te vayas
El primer día de 1979, Dennis Nilsen despertó después de una noche de juerga. A su lado, también saliendo de la modorra, estaba el joven que había conocido en un pub. Juntos habían festejado la fiesta de Año Nuevo en el departamento de Melrose Avenue. Ahí bebieron, fornicaron y durmieron hasta el hartazgo. Pero el joven estaba a punto de marcharse. La idea aterrorizó a Nilsen, quien tomó una corbata que estaba en el piso, la colocó alrededor del cuello de su amante ocasional y apretó, apretó, apretó. Para confirmar la muerte de su compañero, metió la cabeza de éste en una cubeta con agua.
Nilsen llenó la tina del baño, introdujo el cuerpo y lo lavó. Después decidió bañarse en la misma agua. Al terminar sus abluciones, vistió al cadáver con ropa interior limpia, se acostó junto a él en la cama, lo abrazó y la noche transcurrió en completa calma.
Nilsen había asesinado a un desconocido, de quien incluso ignoraba su nombre. En los ocho meses siguientes lo mantuvo en el ático, mimándolo, hablándole como si fuera su pareja, hasta que se aburrió y se deshizo de él. “Estaba sorprendido de lo lejos que había llegado y creyó que nunca volvería a suceder. Estaba equivocado. Sucedió 14 veces más” (Katherine Ramsland, “Dennis Nilsen”, www.crimelibrary.com).
Como la mayoría de los asesinos seriales, Nilsen atacó los flancos más vulnerables de la sociedad. En esta ocasión no fueron niños, mujeres o ancianos, el grueso de sus víctimas lo conformaban jóvenes sin hogar, cuya desaparición no figuraba en ningún registro. El desempleo, el adelgazamiento del aparato burocrático impulsado por la política económica de la primera ministra Margaret Thatcher, el escaso presupuesto destinado a la seguridad social repercutió severamente en los sectores más desprotegidos de Gran Bretaña. El paisaje de los vagabundos, antaño integrado mayoritariamente por adultos y viejos, dio su terrible bienvenida a centenas de jóvenes, los cuales no sólo subsistían de las limosnas sino que muchos de ellos se prostituían ocasionalmente. Esa fue la materia prima de Dennis Nilsen, el homosexual alcohólico que, según sus propias palabras, mataba en busca de afecto, por temor a estar solo.
El 4 de noviembre de 1983, Dennis Andrew Nilsen fue condenado a cadena perpetua, con posibilidades de salir bajo palabra una vez que hubiera purgado por lo menos 25 años de prisión.
A principios del presente siglo, quizá alentado por el ejemplo de los asesinos que se han hecho millonarios tras las rejas, Nilsen decidió comercializar su biografía, Drowning Man (Hombre ahogado), que narra su vida y sus años de prisión. La obra fue comenzada a principios de los años noventa y, tras ser culminada, empezó una larga batalla legal que finalmente fue ganada por este gentil caballero del horror británico.