Regresa la vieja dama del cielo de los diamantes

POR Rafael López Méndez
La droga alucinógena por antonomasia, vinculada a la contracultura de los 60, despliega nuevamente en nuestros barrios su enorme cauda de sueños, mostrando así su envidiable capacidad de adaptación. Antaño conocida como Lucy, en la Ciudad de México simplemente la denominan ajo, aunque quizá no sirva para ahuyentar a los vampiros

Con sus mitos y realidades, el Ácido Lisérgico, mejor conocido como LSD, ha sobrevivido por más de siete décadas en una sociedad que se mueve más rápido de lo que se recomienda para disfrutar de esta droga.
Sin embargo, las personas que se toman el tiempo necesario descubren por qué la sociedad de consumo en la vivimos desacredita este alucinógeno, descubren que con un papel diminuto, una cápsula de tres milímetros o una simple gota, te hace experimentar más sensaciones, ver colores jamás vistos e imaginar las cosas que el mundo exterior no puede ofrecerte, porque todo eso está dentro de tu cabeza.
Por ejemplo, los “jinetes del ácido” se dan cuenta que es mejor gastar 100 pesos en una pastilla que por cinco o hasta por diez horas te estimula los sentidos y te hace pensar las cosas desde una perspectiva diferente; que estar en un lugar donde ponerte hasta “la madre” te cuesta por lo menos cinco veces más de lo que vale un buen viaje y estás expuesto a los peligros externos.
El LSD es introspectivo y, por lo tanto, el mejor lugar para consumirla debe ser el que te dé seguridad. Tu casa o la de de un amigo resulta el sitio ideal a estar en un punto público, expuesto a los peligros normales de la calle, pues los efectos retrasan los movimientos físicos y alteran la percepción de la realidad.
No es lo mismo drogarse en la comodidad de casa que en una noche reventada en un centro nocturno. En el primero de los casos, la experiencia será más personal y uno podrá elegir los momentos en que quiere cambiar el entorno en la medida de las posibilidades, mientras que en la segunda siempre se estará expuesto a socializar, y eso exige un esfuerzo que, si bien no quita los efectos de la droga, sí interrumpe la secuencia que nuestro cerebro lleva al ritmo del ambiente. La interrupción es lo que se conoce coloquialmente como “cortar el viaje”.
Además, es una apuesta diferente viajar con música de nuestro agrado que tolerar el set list de un DJ que lo único que pretende es mantener prendida a la gente y, aunque echar la fiesta con esta droga no es imposible, resulta más esfuerzo que gozo.

El lado oscuro

Para un buen viaje “ácido” la música resulta fundamental, pues no está de más señalar que este alucinógeno sintético es el más consumido desde los años sesenta e inspiró a varios músicos para sus obras maestras, los cuales hoy pertenecen al selecto grupo de los grandes consagrados, como los Beatles con su Sargento Pimienta o los abanderados por excelencia de esta droga, Pink Floyd y su Dark Side of the Moon.
Ambos grupos combinan a la perfección con el LSD. Pero si lo clásico no es lo más atractivo, también hay bandas actuales como Radiohead, que con sus producciones Hell Ti the Thief e In Rainbows estimulan de buena forma los sentidos para despegar por minutos de la tierra. De igual manera, la música electrónica ofrece una buena sensación, aunque hay que aclarar que, mientras se está drogado, bailar no pasa mucho por la cabeza; los beats y las secuencias hacen que cerrar los ojos se convierta en una sensación verdaderamente estimulante.
No sólo el ambiente musical ha exprimido el potencial creativo que ofrece el ácido, pues el creador de Apple, Steve Jobs, señaló en 2005 que haber tomado LSD es una de las dos o tres cosas más importantes que ha hecho en su vida. De lo anterior se confirma el hecho de que el LSD facilita la formación nuevas ideas.

No todos los ajos son iguales

Aunque no está confirmado por algún científico o por los dealers y consumidores, hay una versión de que la sustancia que se vende no es siempre la misma y que varía de vendedor en vendedor. De acuerdo con los consumidores más habituales a esta droga, están los ajos viajeros que producen las cosas más alocadas que uno pueda imaginar. Lo enigmático de este tipo de ajo es que a los pocos minutos vuelves a bajar de ese “viaje”, encontrando un lapso de razón para que medites sobre las ideas expuestas en tu cabeza por el LSD. Algunas veces el consciente les encontrará sentido, otras tantas no.
Muchos consumidores prefieren que el viaje sea más visual que mental. Es decir, buscan ver las cosas de forma diferente, pero sin llegar al punto de desconectarse de la realidad. Por ejemplo, prefieren observar la textura de una silla de madera y cómo las siluetas marcadas en ella se mueven como las olas de un mar que oscila de acuerdo con nuestro ánimo.

Síntomas físicos

Al tomar la droga es necesario esperar entre 30 minutos y una hora para sentir los efectos.
En primer lugar, las piernas se sentirán pesadas, aunque no por eso la persona quedará inmóvil. Posteriormente, el pecho concentrará una energía que no genera ansiedad. En este punto, el consciente todavía controla las acciones. Sin embargo, al sentir los ojos adormilados es cuando se puede decir que entra uno a la carretera del “viaje sin sentido.
Por último, quien pruebe esta droga debe estar consciente que un “viaje” nunca será igual que el anterior, porque en esa particularidad no sólo influye la calidad de la droga sino el estado del ánimo, el entorno y la personalidad del consumidor.
Lo mejor de todo es que, a pesar de este texto, el día en que aborden la aeronave del viaje mental no lo entenderán.

Datos históricos de la droga

1960
Timothy Leary y Richard Alpert abren el departamento de Investigación Psicodélica en la Universidad de Harvard, focalizado en el uso de psilocibina y, luego, del LSD.
1962
Francis Crick recibe el Premio Nobel de Medicina por descubrir la estructura del ADN. Años después declararía que algunos académicos en Cambridge usaban LSD en pequeñas cantidades como una herramienta del pensamiento que los liberaba de las preconcepciones y los ayudaba a concebir ideas nunca antes alcanzadas. Crick señala que fue precisamente mientras estaba en LSD que percibió la forma de la doble hélice estructural del ADN
1962
El congreso de Estados Unidos prohíbe el uso clínico del LSD, pero no la experimentación que realizan la CIA y los militares.
1965
El gobierno norteamericano prohíbe la fabricación y venta del LSD. La posesión la prohibiría tres años después.
1966
Sandoz deja de comercializar el Delysid. Todos los programas de investigación son suspendidos. Leary crea una religión, la Liga para el Descubrimiento Espiritual, para la cual el LSD es su sacramento. Nixon lo llama el hombre más peligroso de América.
1970
Dos millones de estadounidenses han probado el LSD. Aparece el formato del papel secante (antes se lo distribuía en pastillas o polvo). Muy pronto los cartones se llenan de coloridos diseños.
1975
Primera y única víctima que se adjudica a una posible sobredosis de LSD. El hombre, de 34 años, pensando que era anfetamina, se inyectó intravenosamente 320 mil microgramos (una estampilla común tiene alrededor de 100 microgramos). El equivalente a 3 mil 200 dosis fuertes.
1979
Albert Hofmann publica LSD, mi niño problema.
2010
Rafael López Méndez escribe este texto, después de que se lo pedimos durante varias semanas.

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