El narco-Leviatán

POR Alfredo C. Villeda
on no poca razón, la estructura moderna del narcotráfico ha sido comparada con los organigramas de los grandes corporativos de la era global. La modernización provocó que los rancheros malhumorados y agresivos dieran paso con los años a jóvenes educados, algunos en universidades extranjeras, que aplicaron los conocimientos para proveer de una mejor organización a sus empresas, más parecidas ahora a una trasnacional que a una simple banda de vulgares matones.
Hay, sin embargo, matices nuevos que perfilan a estos cárteles en su conjunto como un fenómeno que hace peligrar ya no sólo a gobiernos municipales, sino a autoridades estatales. Su violencia escaló esas líneas invisibles y en el año reciente apuntó con furia sobre jefes policiacos encargados de la seguridad de estados y, hace dos semanas, sobre un seguro futuro gobernador de una entidad fronteriza con Estados Unidos.
El Estado en su conjunto, con base en el concepto moderno constituido por instituciones, población y gobierno, está infiltrado por este monstruo, cuya metamorfosis actual escapa ya a la figura empresarial arriba citada. Ha evolucionado y tomado de la literatura bíblica y la ciencia política otro corpus, más poderoso, más titánico. Se ha convertido en el espejo del Estado: es un narco-Leviatán.
Veamos: Thomas Hobbes (1588-1679) tomó el título de su obra capital del monstruo bíblico, pero en la simbología del autor figura como la encarnación del poder. “La multitud así unida en una persona se denomina Estado. Ésta es la generación de aquel gran Leviatán, de aquel dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa”. Un fenómeno con tales características, el nuevo narco, se enreda como mamba negra en México.
Hay poder. Hay base social. Hay protección para los suyos y para sus víctimas que la pagan y entran a esa dinámica. Hay interacción con la ciudadanía y la infancia. Sí, hay adicción y complicidad, pero también hay miedo y violencia. Hobbes escribió que la inclinación general de la humanidad es un perpetuo afán de poder, que sólo llega a su fin con la muerte: “El deseo de poder, al contraponerse en sus diversas formas encarnadas por los apetitos de los individuos, engendra guerra y anarquía, un mundo de pasiones desatadas en el que el hombre es un lobo para el hombre”.
La sola estadística de ejecuciones confirma la vigencia de Hobbes, quien decía que el miedo a la violencia está en los orígenes del Estado, y por eso Leviatán surge como superación de la situación de guerra, pero en virtud de una alienación colectiva de los derechos individuales que quedan en poder de un soberano. Un soberano que ha de concentrar la totalidad de los poderes. ¿Bajará la cifra criminal sólo cuando ese monstruo se haya hecho del control absoluto de los poderes constitucionales, así sea desde una posición de operador de títeres?
Esté en manos de un monarca, como Hobbes prefería, o de una asamblea, la soberanía debe ser reconocida por los súbditos del Estado, a los que protege y de los que obtiene su legitimación, sin importar su antigüedad o si ha logrado su derecho mediante la conquista. Qué importancia denota esta condición que apunta el sabio inglés, porque cómo se acerca a una toma por la fuerza la irrupción del narco, en cuanto ente gobernante, en amplias regiones del país, hecho irrefutable si se atiende el objetivo de Los Pinos y Bucareli: “recuperar” el control de esos sitios.
Leviatán, escribió Hobbes, ha de afirmar su unidad dentro del ámbito de su territorio y debe erigirse como un poder superior al del individuo y al de la Iglesia. Y esa lucha es la que ahora tiene lugar. Como en las grandes ligas del mundo financiero, algunos cárteles se han fracturado, otros se han aliado y unos más se volvieron pymes. Los grandes emporios absorbieron a los debilitados en la globalización y empujaron a otros a la clandestinidad dentro de su propia ilegalidad. Los Arellano ya son un mito, los Beltrán Leyva están en plena guerra de reajuste y el cártel del Golfo pelea a muerte con sus antiguos pistoleros, Los Zetas, confrontados a su vez con El Chapo. Hobbes puro.
Todos ellos saben, intuyen o aprendieron en el camino que sobre la base del instinto de conservación se edifican tanto el placer como el miedo, que conduce a los hombres a asegurar su supervivencia bajo del dominio de Leviatán. Ese mercado ávido de protección aguarda con trágica expectación, sobrecogedora, quién es el ganador de la batalla. Se equivocaron los burócratas de Washington cuando trazaron el símil con un Estado fallido. Acertó el ex zar antidrogas Barry McCaffrey en su alerta sobre la inminencia de un narco-Estado, un narco-Leviatán, si ha de echarse mano de la conceptualización de Hobbes.
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1 comentario en «El narco-Leviatán»

  1. si preo cuánto tiempo llevará el establecimiento del narco-leviatán? años? décadas? siglos?… y luego? el soberano dictará nuevas reglas de convivencia más deshumanizadas?

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