Buster Keaton: el rostro de piedra se agrietó

POR Richard Beck
 Aunque el libro de James L. Neibaur, The Fall of Buster Keaton, ha sido recibido con desdén por los críticos, la obra sirve para recordar a uno de los grandes comediantes del cine, uno que quizá sufrió más de lo que su talento merecía
 Un día de 1927, Buster Keaton gastó 42 mil dólares para filmar una locomotora que atraviesa un puente en llamas antes de caer a un río. El punto culminante de su gran película de aventuras sobre la Guerra Civil, The General, fue el disparo más caro de la historia de ese medio, récord que se mantiene. Al igual que los industriales que fabricaban los trenes y barcos de vapor que tanto amaba, Buster Keaton sabía cómo gastar el dinero. Sus logros más grandes –Steamboat Bill, Jr., The Navigator y Sherlock, Jr.— fueron casi siempre los más caros también.
¿Pero qué pasa cuando los jefes de los estudios deciden correrte? Ese es el tema del libro de James L. Neibaur, The Fall of Buster Keaton: His Films For MGM, Educational Pictures, and Columbia. Después de producir una serie terrible de películas mudas (incluyendo The General) en su propia unidad de producción, Keaton cometió lo que más tarde llamó el peor error de su vida, al firmar un contrato con la MGM en 1928, entregando casi todo el control creativo en el proceso. Charlie Chaplin le dijo que no lo hiciera, y Keaton debió haber escuchado –el alcoholismo, el divorcio y la bancarrota llegaron en rápida sucesión. Para 1933, los principales estudios lo consideraban básicamente un desempleado.
Neibaur tiene como objetivo evaluar de nuevo las películas que Keaton hizo en su periodo de la MGM, y en este recuento su libro es un desastre. Una y otra vez da una opinión cuando debe dar una idea, utilizando varias veces palabras como sólido, bueno, divertido e interesante, como si pudieran convertirse en una realidad al insistir en ellas. Se centra demasiado en el trabajo interpretativo de otros críticos, especialmente en Leonard Maltin. En su análisis de Sherlock, Jr., el autor escribe: “Para 1924 fue notable su uso de la tecnología de cine, no sólo para la creación de escenas divertidas, sino también para la activación de la parte de la mente que piensa del espectador”. Me quedé reflexionando sobre esa frase por más de un minuto, adivinando de qué “parte” estaba hablando.
Neibaur proporciona dos servicios, si bien menores. Aunque el lector general no quiera leer The Fall of Buster Keaton, es una obra por la que los investigadores podrían ser felices de encontrar en los anaqueles de la librería. ¿Necesita un resumen detallado de la actuación de Keaton en The Home Owner, una película de 1961 que publicita los beneficios del diseño de interiores? Alguien, algún día, seguramente lo necesitará. Es en la página 192.
Trayectoria olvidada
El libro también –casi casualidad— evoca el tedio y la repetición que caracterizan gran parte de lo que significa ser un actor de cine. Hoy, Buster Keaton es recordado como el más grande comediante del cine sobre la base de cinco o seis obras maestras, pero en realidad hizo 87 películas en el transcurso de su carrera. Tan solo entre 1935 y 1936 protagonizó Palooka From Paducah, One Run Elmer, Hayseed Romance, Tars and Stripes, The E-Flat Man, The Timid Young Man, Three On A Limb, Grand Slam Opera, Blue Blazes, The Chemist y Mixed Magic. Estas y otras películas— comedias ligeras diseñadas para taquillas pequeñas pero rentables— constituyeron la vasta mayoría de la vida laboral de Keaton, y ninguna de ellas es recordada hoy en día.
Es fácil leer esto como una reflexión sobre la humillación de un gran artista, pero Keaton no debe verse como una figura trágica. En 1940, ocho años después de su caro divorcio, Keaton se casó con una bailarina de 19 años llamada Eleanor Morris, quien a decir de todos, más o menos lo alejó de su alcoholismo. Fue un empleado feliz por el resto de su vida, apareciendo regularmente en programas de televisión, comerciales e incluso filmes industriales, hasta que finalmente el cigarro lo mató en 1966. Chaplin pudo haber sido un autor consciente de sí mismo, pero Keaton (como señala Neibaur) fue un “comediante puro trabajo”.
Las picaduras continúan cuando Neibaur cita How to Stuff a Wild Bikini –una comedia de 1966 en la que Keaton interpreta a un jefe indio borracho— añadiendo: “Era tan raro con esos ojos de bola de cristal”. La cita no es completamente equivocada, pero yo prefiero a Orson Welles, quien dijo (correctamente) que Keaton fue una de las personas más bellas jamás fotografiada. Sí, el espacio entre los ojos es inquietante, pero es también la fuente de su belleza: permite ver su rostro como una colección de piezas mecánicas perfectamente arreglada.
La capacidad de Keaton para encarnar la simbiosis entre el hombre y la máquina de la Revolución Industrial fue su mayor legado. Lo más llamativo de su capacidad atlética en la pantalla era que si bien la mayoría de los héroes de acción gritaban y sudaban, la famosa falta de expresión del actor estremecía, y esta combinación de determinación inexpresiva y potencia física semejaba un veloz motor sobre las vías. ¿Qué son molestas las películas que Keaton hizo para la MGM –y es exactamente la obsesión por los detalles lo que Neibaur echa de menos— y la rapidez con la que Keaton se vino abajo? En la comedia de 1933, en plena Prohibición, What! No Beer?, filmada durante los peores años de la vida de Keaton, su rostro está hinchado y abotagado –no es más que un trozo de carne en descomposición. Cuando encontró la felicidad y un empleo regular en sus últimos años esa antichispa inmortal de Keaton –el brillo metálico en sus ojos de alien— se fue para siempre.
Tomado de: bookforum.com. Agosto 13 2010.
Traducción: José Luis Durán King.