Verne en el castillo de Transilvania

POR Paul Di Filippo
 Después de permanecer mucho tiempo perdido en el centro de la Tierra, Jules Verne está de regreso, para beneplácito de los lectores de todas las edades, amantes de la ciencia ficción real
Pocas personas, hace unos 20 años –cerca del inicio de la administración de George Bush padre, cuando todavía el cyberpunk era una idea fresca, cuando existían sólo tres películas de Star Wars, todas buenas, y cuando la palabra steampunk acababa de ser acuñada— hubieran podido imaginar que a principios del siglo 21 algunos de los libros más entretenidos y diestros de ciencia ficción que se publican actualmente derivan de la pluma de un francés muerto hace un siglo y cuyo legado ha permanecido durante mucho tiempo como equivalente de novelas de aventuras no sólo para los jóvenes. Sin embargo, en aquel tiempo lejano el redescubrimiento de este genio galo se puso realmente en marcha y su figura hoy está casi completamente restaurada para recuperar su antigua gloria.

El autor en discusión, como bien pueden imaginar, no es otro que Jules Verne, uno de los dos reconocidos padres del género de ciencia ficción, junto con HG Wells. Los años recientes han visto una avalancha de “nuevos” títulos de Verne y de traducciones actualizadas de clásicos conocidos (La isla misteriosa), versiones en inglés por primera vez de las novelas menos conocidas (Los hermanos Kip) e incluso manuscritos hasta ahora-perdidos traídos a la luz (París en el siglo 20). En su conjunto, esta masa verniana ha permitido y alentado una nueva evaluación de la carrera y reputación del escritor entre los estudiosos y críticos, además de que proporciona verdaderos placeres para el lector medio y para sus seguidores.

Mi renovado interés en una figura que injustamente tenía hace mucho tiempo metida en su casillero asignado se deriva de mi participación en 2004 en el Festival Utopiales, que se celebra anualmente en Nantes, ciudad natal de Verne. A un puñado de invitados se les ofreció un generoso y didáctico recorrido por los archivos oficiales de Verne, que contienen casi un centenar de sus manuscritos existentes. Este enfoque en Verne y sus logros me hicieron apreciar los nuevos lanzamientos cuando las encontré: una serie de reediciones tan entretenidas como académicas y traducidas con amor.

Los créditos para de esta revisión del mundo de habla inglesa de Verne deberían ser para Walter James Miller, un profesor de la Universidad de Nueva York, cuyos esfuerzos en este sentido comenzaron en 1965, con su ensayo Jules Verne in America: A Translator’s Preface. Esta pieza famosa derribó un gran número de traducciones de inexpertos. Por ejemplo, la referencia geográfica en el original de uno de los libros de Verne a las “Badlands de Nebraska” fue interpretada por W.H.G. Kingston como “los desagradables territorios de Nebraska”. Y en sus notas a The Begum’s Millions, el académico Peter Schulman da el ejemplo de cómo la metáfora de fantasía de Jules Verne de París como una arena social competitiva que de alguna manera, a través de una mala traducción anónima se convirtió en una representación del protagonista como un ¡luchador profesional!

Además de las inexcusables tonterías, las obras de Verne en inglés también estaban plagadas de cortes e interpolaciones no autorizados que tuvieron el efecto acumulativo de simplificar la complejidad y las controversias textuales. No sorprende que los editores comenzaran a comercializar los libros de Verne solamente como aventuras para niños y jóvenes. Por último, Verne sufrió con los manejos de sus herederos: el legado final de sus títulos póstumos fue vergonzosamente remoldeado por su hijo Michel, en perjuicio de su padre.
Tonalidades góticas

La última entrega en la restauración de Jules Verne es sin duda una de sus obras menores: Le Château des Carphates de 1893, conocida como El castillo de los Cárpatos, aunque en esta encarnación se ofrece como El castillo en Transilvania, posiblemente como un señuelo un tanto comercial para atraer a los amantes de los asuntos vampíricos.
Y con cierta justificación, ya que este libro es una luminosa rareza entre la producción de Verne, un romance de tonalidades góticas cuyos aspectos científicos se mantienen ocultos hasta el clímax. Y sí, tenemos aquí la entrada inaugural de Verne en la que el invaluable sitio web TV Tropes identifica como un estilo “Scooby Doo” de contar historias: “Los personajes investigan un lugar con “actividad paranormal. Al final del episodio descubren que la supuesta actividad sobrenatural no es más que un elaborado engaño que se aprovecha de la tradición local para ahuyentar a los curiosos, quienes podrían interferir una actividad delictiva”. El villano de Verne incluso se las arregla para distraer a los “niños entrometidos”, algo bien conocido por los fans de las aventuras de Scooby y Shaggy: “Y me hubiera salido con la mía, también, si no fuera por los niños entrometidos!, exclama.”

Apunten otro logro visionario para la Saga de Amiens. Lo que un guionista de televisión habría hecho.
Antes de ahondar en la historia real de El castillo en Transilvania rindamos homenaje a la nueva traducción a cargo del experimentado y talentoso Charlotte Mandell.

Mi maltratada edición rústica El castillo de los Cárpatos de 1963 abre con esta línea: “Esta historia no es fantástica, es simplemente romántica y a nadie se le ocurriría clasificarla como legendaria”. Mandell ofrece: “Esta historia no es fantástica, es sólo romántica”. Tan lejos y tan cerca. Pero la entonces versión de 1963 nos regatea sólo dos frases más prosaicas antes del lanzamiento de la intriga. Mandell, sin embargo, nos brinda una observación casi postmoderna: “Vivimos en un momento en que cualquier cosa puede suceder, uno casi lo puede decir, cuando casi todo ha sucedido”. Luego sigue la restauración de uno de las más encantadoras premisas de intriga de Verne, de casi una página, sobre los mitos de Transilvania antes de llegar al mismo punto de partida de la acción en tiempo real de la historia.

Esta mejoría en la calidad creativa de la prosa y la fidelidad al texto original persiste a lo largo de la novela, y establece altos estándares para el disfrute del lector.

Ahora, ¿qué hay del cuento en sí de Verne?

Estamos en el pequeño pueblo montañés de Werst, donde un castillo, abandonado durante veinte años, domina desde lo alto. Nadie visita el lugar decrépito por miedo a los fantasmas y por reverencia a su último propietario, el barón Rudolf de Gortz, quien abandonó la región en circunstancias misteriosas. Pero entonces un pastor ve humo proveniente del castillo y el pueblo entra en pánico. Es evidente que el diablo ha tomado de morada la construcción. Un joven apuesto y escéptico, Nick Deck, decide voluntariamente ir a investigar. Invita al Dr. Patak como su compañero. Patak, inicialmente un incrédulo recalcitrante (al menos en la conversación), se muestra ante lo desconocido como un cobarde. Pero las fuerzas del orgullo lo obligan a no dar marcha atrás.

En el castillo misterioso ocurren manifestaciones sobrenaturales. Nic se sorprende y los investigadores se ven obligados a retirarse. En este punto, Verne hace un movimiento lateral inesperado. Un visitante de la aldea llega por casualidad, el conde Franz de Telek, acompañado por su criado fiel. Nos enteramos del pasado reciente de Franz, que incluye una historia de amor tormentosa con una cantante de ópera, una mujer espantada, literalmente, hasta la muerte, ¡nada menos que por el espeluznante barón Rudolf de Gortz y su secuaz siniestro, el faustiano Orfanik! Enterado de esto, Franz, por supuesto, se compromete a resolver el misterio del castillo, viva o muera. Descubre que Gortz y Orfanik están detrás de todo. Finalmente, el lugar se funde en un movimiento suicida por parte Gortz.
Esta trama simplista y predecible incluso por el lector más ingenuo de 2010 probablemente tampoco resultó una gran sorpresa para los fans góticos de Castle-of-Otranto de 1893. Sin embargo, el relato de Verne sigue siendo compulsivamente legible por una serie de razones.

En primer lugar está la artesanía de la obra. Después de tantos libros, el autor de 65 años era un experto en ritmo, caracterización y ubicación del escenario. Sus habitantes son sólidos y utilitarios como leña; sin embargo, una burla suave de humor está presente. Él profundiza sólo lo suficiente en sus detalles habituales –cultura, ciencia, geología e historia— para hacer todo plausible y táctil. Por otra parte hay una manifestación real del amor Verne por el mundo natural en sus descripciones exuberantes de los bosques que rodean Wertz.

El lector también puede disfrutar de las contrastantes naturalezas de los tres grupos de protagonistas. Nic Deck y el doctor Patak representan a los campesinos poco sofisticados, pero serios, remanentes vivos de una era que se difumina. Franz y su siervo representan la sofisticación urbana, más sabios, pero aún limitados. Y Gortz y Orfanik son los científicos condenados por el conocimiento de lo oculto. La interacción entre estos tres paradigmas provee a la obra una gran complejidad.

El manejo de Verne de una historia de amor es anómalo e intrigante para él. Una biografía del autor por su sobrina especula acerca de un asunto amoroso secreto que lo circundaba por ese tiempo. Pero cualquiera que sea el impulso real, la historia prefigura de manera fascinante el entonces aún no escrito El fantasma de la ópera.

Pero el aspecto esencial en la ciencia ficción (CF) del libro radica en su choque de culturas. El tema de un poder superior que llega de fuera a perturbar el aislamiento de un enclave obsoleto es primordial en la materia de la CF. Al final, El castillo en Transilvania se erige como un ejemplo de Verne en su punto más placentero y educativo, al explorar una realidad cultural tecnológicas que, al mismo tiempo, es ascenso y caída.
Tomado de: Barnes & Noble Review. Julio 14, 2010.
Traducción: José Luis Durán King.