Cómo leer (y escribir) en avioneta

POR Guadalupe Beatriz Aldaco
Pero si leer no sirve para ser más reales, ¿para qué demonios sirve?
Gabriel Zaid, Cómo leer en bicicleta
La diferencia entre un turista y un viajero es que este último no sabe cuándo volverá al lugar de partida, pues realizar un periplo implica también transitar hacia el interior de sí mismo.
Paul Bowles
Pensé en darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía. (…) Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala.
Herman Melville, Moby Dick

Woody Allen, en una entrevista que le realizó en París el escritor español Javier Marías, confesó el goce que le proporciona leer cuando viaja en avión: “Yo disfruto la lectura encima de las nubes”, fue la frase con la que quiso compartir su dichosa afición, y agregó: “Al despegar, me agarro al libro como si fuera un amuleto de la suerte”. El venezolano Israel Centeno, autor, entre otros, del libro de cuentos Criaturas de la noche (Alfaguara, 2001), emprende un ritual similar: antes de iniciar el vuelo se aferra al libro, pues traerlo consigo le da cierta seguridad, “como manejar cierta cábala, [es] como creer que si uno empieza una novela en un viaje no debe terminarla, para así poder continuar leyendo en el lugar de destino”.
Viajar en avión también suscita ciertas preferencias literarias. Cuando Joe Haldeman, el renombrado escritor de ciencia ficción, se dispone a hacer un largo viaje en aeronave, elige novelas de misterio como las de Raymond Chandler, las cuales lo mantienen lo suficientemente ocupado como para no preocuparse por lo que hace que el avión se sostenga en el aire (o por lo que podría evitar que se sostuviera).
El haber desempeñado un trabajo que le exigía viajar constantemente le otorgó a Álvaro Mutis el tiempo suficiente para escribir la mayor parte de su obra literaria. Bosquejaba y redactaba sus textos en los hoteles, en las salas de espera de los aeropuertos y en los aviones, lo que combinaba, por supuesto, con el placer de la lectura. El memorioso Borges gustaba de fraguar sonetos durante sus travesías aéreas, los cuales terminaba por dictar una vez que pisaba tierra firme. El poema que dice: “Ya somos el olvido que seremos./ El polvo elemental que nos ignora/…” lo escribió en las páginas de su imaginación durante un trayecto aéreo de Buenos Aires a Nueva York, cuando ya no podía ver con sus ojos físicos. Otra María (Panero) fue la encargada de transcribirlo, junto con otros cuatro sonetos, según lo apunta Harold Alvarado Tenorio en el artículo “Cinco inéditos de Borges”, en su revista Arquitrave. María Kodama ha referido que durante los vuelos muy largos, Borges prefería combinar lecturas serias con artículos de revistas de tono ligero.
El británico Alain de Botton, autor de El arte de viajar, emprende sus travesías aéreas acompañado invariablemente de autores como Flaubert y Baudelaire. Escribir ese libro, dice Botton, le enseñó, además de que “el paisaje puede ayudar a sentirnos menos envidiosos” y que “debemos tirar nuestras cámaras fotográficas y empezar a dibujar”, que los aeropuertos pueden ser hermosos y que los aviones son buenos lugares para pensar.
Y así, de Bowles a Chatwin, de Hemingway a Tabucchi, las nubes que evocara Woody Allen son, para muchos autores, la áurea exquisita que propicia el torrente imaginativo de la lectura y la escritura.
Identidad suspendida

 Pero, ¿qué suerte de artilugio se desencadena en la percepción del autor-lector que le hace conceder al hecho de ir en avión o penetrar en un cuarto de hotel un sentido especial? Porque no se trata en sí del artefacto aéreo y del espacio hotelero, sino de las atmósferas que esos sitios suscitan. ¿Qué inusitadas posibilidades comienzan a surgir a partir de que se irrumpe en esos territorios tan aparentemente ordinarios?
Dice Marc Augé, en su libro Los no lugares (Espacios del anonimato, Una antropología de la sobremodernidad[1]), que los hoteles y los aviones, junto a los aeropuertos, cadenas de supermercados, centros comerciales, autopistas, son “no lugares”, sitios en los que se está de paso y donde la identidad del ser humano queda temporalmente suspendida. Son los espacios privilegiados del desarraigo, de la dilución de la identidad. En ellos nos vemos reducidos a un mero individuo que ocupa un lugar anónimo en el espacio compartido. Somos un nombre y un apellido que nada revelan por sí mismos. Un simple número, una cifra, un símbolo viviente que está muy lejos de proyectar el mínimo dejo de su esencia.
“Despertarse en una cama ajena, en un lugar desconocido, tiene un no sé qué de absolución y nacimiento”. La escritora venezolana Tatiana Escobar hace esa interesante reflexión en su libro Sin domicilio fijo, en el que confiesa ser víctima de un nomadismo irremediable. Y es que los hoteles, y para nuestro cometido –por extensión‒ los aviones, poseen una extraña condición de “zonas límbicas” previas a la existencia, anteriores a la vida con sus habituales dimensiones. Al penetrarlos, quienes nos dejamos seducir por ellos, arribamos a una especie de zona del silencio, de campo magnético que nos desliza hacia el interior de nosotros mismos. Y no hay condición más propicia para la lectura y la escritura que ese estado sigiloso y solitario. Porque la condición para compenetrarse realmente con el “no lugar” y gozar de sus posibilidades es la de estar solos, acudir a ellos sin compañía alguna. “Los viajes son la gran oportunidad del silencio”, dijo alguien. La soledad viajera es un éxtasis en la medida en que somos (y estamos) solamente para nosotros, en plena y completa confrontación.
Espacios en blanco

Al irrumpir en espacios impersonales, con multitud o sin ella (el avión, el aeropuerto, el cuarto de hotel) nos despojamos de las exigencias de la vida real, la común, la cotidiana, la obligada, y entonces la libertad adquiere forma de asientos, ventanas, pisos, techos, camas, paredes, cortinas y espejos ajenos, distantes, simbólicamente alejados de nosotros. Podemos jugar a que somos, en realidad, otros. El estar solos en esos ambientes nos procura una forma de vida transitoria, como si renaciéramos y no fuéramos responsables de pasados ni presentes. Somos capaces de anular la propia historia y adquirir una nueva identidad. Es la liberación que otorga la condición incógnita. “En los viajes hay que dejar la propia vida en casa, pues se vuelve un artefacto inútil”, dicen que recomendaba Juan Filloy.
Ahí donde no se nos reconoce, donde nos hemos vuelto anónimos, en esos espacios en blanco, tenemos la oportunidad de elaborar un nuevo plano del incierto edificio en el que siempre nos estamos convirtiendo. Estamos en perfecta comunión, como si la vida comenzara de nuevo y nosotros fuéramos los únicos dioses, los ejecutores de nuestro propio bautismo, los agentes de nuestro rito de iniciación. Estamos esencialmente solos y por eso la lectura y la escritura resultan tan especialmente placenteras, intensas, gratificantes, definitivas.
A Rodrigo Rey Rosa, narrador y trashumante guatemalteco, amigo y confidente de Paul Bowles hasta tiempo antes de que éste se encontrara con la muerte en África, la soledad en los viajes le parece algo natural, “no se siente como una carga, y yo necesito de soledad para escribir. Me cuesta aislarme de la gente, y creo que los viajes son para mí como una especie de retiro. La sensación puramente física de estar en movimiento también me causa placer, y conocer lugares nuevos, pero creo que yo necesito viajar porque necesito estar solo. Tengo la impresión de que me hago invisible, o me gusta pensar que es así”. Esa sensación de camuflaje, de desintegración, de lograr desaparecer de entre los otros, es la que une a los amantes solitarios de la lectura y la escritura en su tránsito por los aviones, hoteles, aeropuertos, esos “no lugares”
Javier Reverte gusta de viajar sin compañía, con billete sólo de ida como quería Bowles; suele llevar poco equipaje, no tiene un itinerario fijo y toma notas constantemente. Para él viajar es una especie de “marcha en el vacío, en la que no sabes lo que vas a encontrar, porque el pasado no importa, el presente se te escapa entre los dedos y el futuro lo desconoces”. La infraestructura viajera es, pues, el no espacio, el no lugar, el sitio más seductor para sumergirse en la literatura, porque en ella todo es nacimiento, inicio, descubrimiento.

Viajar y leer (la lectura como viaje es otro gran tema) se parecen porque son dos formas de ejercer la libertad, de superar nuestra condición humana, finita, imperfecta; dos estrategias para abolir la fugacidad. Y no ser fugaz quiere decir explorar, pasar despacio, intentar entender, dejar de ser superficiales, agudizar la conciencia, tratar de comprender y comprendernos.
En su relato Una torre en la Toscana, Bruce Chatwin dice: “Quienes de nosotros presumen de escribir libros caen al parecer en dos categorías: los estables y los itinerantes. Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada, los estantes de diccionarios o enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el domicilio. Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor…” Para estos últimos los aviones, las avionetas, los aeropuertos, los hoteles, la cafetería, el bar, el autobús, el tren, la fila del banco o el supermercado, son sus habitaciones propias, los no lugares sin los cuales cualquier incipiente suspiro creativo corre el riesgo de desvanecerse.