Escenas de recato y rebeldía

POR Óscar Garduño Nájera
Mujer que sabe latín,
no tiene marido
ni llega a buen fin.
 Rosario Castellanos
 Es una idea generalizada que los tiempos han cambiado para las mujeres. Ahora hay más libertad para ellas en todos los terrenos, desde el doméstico, pasando por el laboral, hasta llegar al sexual. Pero, ¿se han enterado ellas de esos cambios?
 Usted, señora, señorita, se ha preguntado (y si no lo ha hecho, ahora es el momento) por qué a las mujeres se les exige un comportamiento ejemplar atiborrado de virtudes (y ¡ay! de aquella que no las tenga), por qué se les pide portar el vestido decimonónico de la decencia, como si éste fuese una prenda que se puede adquirir en tiendas exclusivas (cuyos propietarios resultan ser bigotudos), por qué muchos (y muchas) no sólo dan a las mujeres por tontas e ingenuas sino que incluso dudan de sus capacidades en la falsa creencia (increíble, pero sucede) de que la mujer habrá de permanecer en casa, rodeada de hijos, aguardando el momento en que el esposo haga su triunfal aparición para aplaudirle sus muchas batallas, sus muchas hazañas, como si en lugar de salir al mundo hubiese salido, espada en mano, a pelear al lado de nuestro noble Cid Campeador.
¿No lo creen? Dirán ustedes que esos eran otros tiempos, que ahora la mujer goza de una increíble libertad. ¿En serio? Miren a su alrededor y díganme cuántas historias acerca de lo que he mencionado conocen, cuántas historias se dicen en secreto a la hora de la telenovela, del café, del encuentro furtivo en el mercado, y cuántas historias se callan por miedo a los juicios, por miedo a que los demás reconozcan las debilidades, pues acaso desde niñas les enseñaron que lo importante es ser fuertes, aunque el piso se abra a la mitad, aunque frente a sí no se tenga más que el silencio, ese doloroso silencio que lamentablemente se llega a tejer con la complicidad de nosotros.
Pudor y Recato
Debe usted saber que las condiciones históricas de la mujer han cambiado de manera vertiginosa en los últimos años, cierto, no obstante, hoy en día usted se puede topar con señoritas a las que sus padres se dan a la tarea de citar y citar como ejemplo de lucha, inculcándoles, eso sí, la admiración por el recato y la decencia: mujeres extraídas de algunas películas del cine mexicano, donde una Marga Abnegada López o una Libertad Pudorosa Lamarque daban las lecciones principales.
Intenten ustedes apreciar que si por la época en que se presentaban estas dos grandes actrices eran esos los personajes femeninos que tenían mayor relevancia, fue porque las películas de entonces no hacían más que reflejar el estereotipo de la mujer mexicana, es decir, una mujer que sometía su voluntad a la ley del hombre y a la de Dios, situándolas, a fuerza de que se lo repitieran sus padres, el cura, el gobernador o la funcionaria, a la misma altura moral: no sólo rezaba antes de dormir sino que también lo hacía a la hora de preparar el desayuno, de lavar, de planchar, de hacer la comida, e incluso cuando, amorosa, se daba en practicar lo que nombraron como “hacer el amor”.
He dicho “los tiempos cambian”, y no deben ustedes sorprenderse de que hoy aún se presenten ciertas escenas de recato entre señoras y señoritas. Mencionaré tan sólo unos ejemplos.
A ciertas señoritas no se les ha ocurrido que si un respetuoso caballero, presentable y apestoso a dos cuadras de loción le insiste en salir, pongamos la tarde de un sábado o de un domingo, ellas y nadie más que ellas tienen la capacidad suficiente para sugerir a dónde quieren ir, o bien, para llegar a un acuerdo entre los dos luego de que él se tome la molestia (¿molestia?) de escuchar sus propuestas. Frente a cualquier intento de imposición recurran a su derecho a opinar, pues no están para enterarse, pero muchas señoritas y señoras llegan a confundir la decencia, el recato y las buenas costumbres con el enmudecimiento repentino, con la representación de un tótem sagrado y obedecer incondicionalmente a quien se tenga por novio, esposo, amigo o amante, dando por resultado, una vez que nuestro caballero apestoso toma la decisión, que acudan a lugares a donde no quisieron acudir, que estén con personas que no soportan y bajo circunstancias que les son completamente ajenas. No se preocupen: una vez de vuelta a casa, cuando nuestro caballero sienta que ya la tiene bajo control, empezará a ver cómo sus fines de semana se desmoronan, mientras viven en la creencia, y la presumen con la mamá, la hermana, la amiga, la vecina, que se han transformado en algo así como la mujer perfecta, pues llueve, truene o relampaguee, se esmerarán en complacer en todo a su pareja, o lo que lleguen a entender por tal.
Romper el silencio
Algo similar ocurre a la hora en que se van a vestir o a la hora en que eligen ropa en alguna tienda. Ignoran que están en todo su derecho de ponerse lo que se les venga en gana, sea largo, corto o diminuto; de encaje, algodón o tela sintética; combinando los colores del traje de un payaso, de un vendedor de féretros o de fiestas primaverales. Y si tanto el bondadoso de su padre como sus hermanos les llegan a dar el adjetivo escandaloso de “provocativas”, ya los puede mandar mucho al diablo (si es que los acepta); por el contrario, dense a la tarea de usar faldas más cortas (y no esas cortinas que parecen hurtadas del castillo de Chapultepec), escotes, pantalones ajustados, etcétera, antes que sentir vergüenza frente al espejo por su obesidad o su delgadez; tengan presente que al hacerlo, aparte de ejercer plenamente un derecho, colocan bozales en la producción verbal de aquellos caballeros respetuosos que aún no comprenden la libertad de la mujer. Llegado el momento recurra a la confrontación, pues si algo ánima a proseguir a ciertos caballeros es el silencio, el saber que nada habrá de ocurrirles cuando por las calles persiguen sigilosamente.
Estoicismo y resignación
Una vez que contraigan matrimonio, si ésa ha sido su decisión, alguien les debería advertir que escucharán, en labios de una madre que llora y llora por esa hija que emprende el vuelo, que en la unión religiosa se debe soportar todo, que los “platos sucios se lavan en casa”, y que todo se queda de la puerta del departamento hacia dentro. Bien harán entonces en mandar a su madre a vivir al infierno de un alcohólico, a las arenas de lucha de un golpeador, a las emociones multiplicadas de un mujeriego, a las lanzas de insultos de aquel que pide las cosas a gritos, para ver si pasadas unas semanas no es ella la que regresa para rectificar su opinión.
Acá entre nos, ahora que se los puedo decir sin que me vean a la cara, les diré a estas señoras y señoritas que lo mismo ocurrirá cuando tengan sexo. Ustedes no son actrices pornográficas ni actrices pasivas que habrán de permanecer ajenas a la acción, en espera de que les indiquen las posturas a adoptar, lo que han de hacer, dónde habrán de chupar, cómo deberán acariciar, por ejemplo. Antes de eso harán bien en proponer posturas, gustos, aficiones, quizás hasta convertirse en maestras de jóvenes inexpertos a los cuales puedan ustedes guiar hacia el placer. Y si acaso hasta sus oídos llegan ciertos adjetivos (los cuales no mencionaré por no enturbiar castas decencias), hará bien en no confrontar a quien los pronuncie, pues, créame, será una pérdida de tiempo; lo mejor es darles la espalda, huir antes de que las cosas empeoren, y dejarlo ahí, en la cama, haciendo el amor con sus complejos y debilidades, anhelando el amor efímero al que está acostumbrado en ese reino imaginario donde sólo sus leyes (y su erección) funcionan.
Podrá ocurrirles algo semejante cuando estén listas para los hijos. Recuerden, por favor, que traer los hijos que el señor nos mande es entrenarse para dirigir un equipo de fútbol con miras a la próxima Copa del Mundo (apostándole a que ahora sí México gane), y cada que ustedes abran las piernas no será sinónimo para que nueve meses más tarde crezca su panza.
Ejemplos sin duda hay muchos y cada una de ustedes podrá completar este texto como mejor le parezca; lo importante es reflexionar acerca de ciertos comportamientos y actitudes que se siguen presentando.
Si se alcanza a tejer una red donde las mujeres se puedan apoyar unas a otras (lejos de cualquier representación institucional que sirve de poco), si se alcanza a abrir un poco más los oídos para escuchar las historias de terror que entre ellas se pueden contar, si se tiende la mano y la solidaridad necesarias frente al monstruo de la violencia, el acoso o la marginación, algo se habrá conseguido para que no sólo de sexo se pueda hablar con nuestra pareja.

1 comentario en «Escenas de recato y rebeldía»

  1. Querido Oscar es increible que aun a la fecha, existan las mujeres tipo chorreada, de nosotros los pobres … aun la doña, en sus papeles mas fuertes terminaba demostrando la sumision antes personajes a lo Jorge Negrete o Pedro Armendariz…. y es doloroso ver el valor que las mismas mujeres inculcamos en nuestras hijas y en nuestros hijos, haciendolos creer que por el solo hecho de haber nacido de determinado sexo….tienen derechos y obligaciones naturales que son intrinsecos en el nacimiento mismo…..
    como sempre un lujo leerte….

Los comentarios están cerrados.