¿Autoayuda asistida-no eutanasia-suicidio?

POR Mariana Molina
En el imperio romano el suicidio se consentía e incluso era considerado un episodio honroso. Séneca lo ensalzaba como el acto último de una persona libre, admitiendo razones legitimas para su causa

Se habla mucho del suicidio en las épocas de invierno, podemos encontrar miles de artículos en línea e historias de casos conmovedores; sin embargo, poco se habla realmente del suicidio asistido y su debate ético en el mundo. El suicidio es entendido como un acto “consciente”, premeditado de quitarse la vida; aparece en todos los tiempos, culturas o religiones, aunque las “razones”, métodos o frecuencia han variado de una manera exacerbada, arrojándonos hacia un debate existencialista-ético de la vida humana.
Para el imperio romano el suicidio se consentía e incluso era considerado un episodio honroso. Séneca lo ensalzaba como el acto último de una persona libre, admitiendo razones legitimas para su causa. Otro caso de suicidio honorable es el japonés llamado harakiri (abrirse el vientre), práctica ritual para samuráis o nobles guerreros para evitar el deshonor ante su oponente, que poco después fue utilizada como medio de ejecución por el imperio. O el suttee, también llamado sati, en el que la mujer viuda se autoincineraba junto con el cadáver de su esposo; al parecer esta práctica voluntaria terminó como una condena de la cultura india para muchas mujeres que se negaban a morir.
En 1897, Emile Durkheim postuló que el suicidio era un fenómeno sociológico, resultado de una falta de integración del individuo en la sociedad; más que un puro acto individualista, mejor llamado para los psicólogos y psiquiatras una patología de la conducta iniciada genética o conductualmente por una depresión.
Cuestión de criterios
El suicidio está considerado legal y religiosamente como una conducta inaceptable en la mayoría de los países y es reprobado por las sociedades que, pese a la evolución humana, ha ido en aumento, incluso adquiriendo particularidades que nos hacen tomar otra fisonomía ante nuestro propio espejo.
Se conoce el caso del llamado suicidio asistido o eutanasia, en el que se ayuda a la muerte de una persona siempre y cuando sea por alguna razón que lo requiera, como enfermedades terminales, sufrimiento extremo innecesario, etcétera. Estos casos son bien conocidos, pues pasaron por sus debidos debates, los cuales, para algunas religiones y creencias morales, aún no son totalmente admitidos.
Pero qué pasa con el caso de suicidio asistido-no eutanasia que se pide desde hace unos siete años en Europa, en el que el solicitante no requiere estar enfermo o creer en los criterios de la eutanasia. Ha llegado la hora de levantar el tabú de la muerte afrontándolo con lucidez en la realidad de la vida; este movimiento, por llamarlo de alguna manera, surge en Suiza, Suecia y posteriormente en Noruega. Se sabe que el índice de suicidios más alto se encuentra en países europeos. En el caso de estos tres países, económicamente hegemónicos, alcanzan un desarrollo cualitativo generador de una “buena vida HUMANA”, por lo que resultan insuficientes las explicaciones simples al fenómeno del suicidio en el clima física y emocionalmente “frío”.
El asunto interesante comienza con este movimiento de suicidio asistido-no eutanasia, cuyos principios basados en el derecho a una muerte digna piden primero que no se le llame legalmente suicidio a su muerte; segundo, que sea asistida por un médico y, finalmente, que sea reconocido como un derecho mundial del ser humano a quitarse la vida sin recurrir a métodos dolorosos en el momento que éste la considere fatua o inocua, sin necesidad de padecer alguna enfermedad aguda terminal o provocada por una patología de la conducta, siendo debidamente apoyada por su respectivo gobierno. Cabe mencionar que estos principios de vida-muerte fueron creados por jóvenes suizos de entre 25 y 38 años, física, mental y emocionalmente “sanos”, en condiciones económicas de vida desahogada, sin problemas para relacionarse afectivamente, enfermedades hereditarias no adquiridas como la esquizofrenia, o problemas de fertilidad; intelectualmente o por arriba del promedio, manifestando fuertes convicciones, inclinaciones artísticas e ideológicas que prueban su estatus autoconsciente mental, cumpliendo incluso con lo que es el ideal en los parámetros de belleza física occidental.
Desequilibrio ético
La pregunta obligada frente a este tipo de “fenómeno” es, ¿qué no estamos haciendo como humanidad para mantener el llamado “instinto” de preservación y mantenimiento de la vida que produzca individuos plenos y felices? La afirmación de la vida humana no la podemos abordar en este caso bajo el argumento económico-político, pues, dados los parámetros regidos por el sistema mundo, cuentan con una evolución en todos los modelos civilizatorios que les permite niveles ético-económico-sociales para alcanzar una vida digna que procure por ende la “felicidad” de sus individuos; por el contrario, de países tercer mundistas donde ese mismo sistema económico-político hegemónico va deteriorando, limitando detractoramente el progreso, en falsos avances políticos que provocan un inmenso sufrimiento debido a los efectos económicos negativos en poblaciones donde existen analfabetas, muertes por enfermedades curables, aumento del desempleo y condiciones de vida que son un insulto para cualquiera que se nombre ser humano, siendo al menos en apariencia un medio más propicio para ambientes desmotivadores para la vida.
Ante esta contradicción, tomando en consideración las “estadísticas” de los países más felices del planeta, que ubican en primer lugar a Inglaterra, seguido por Suecia y Suiza, y entre los últimos a México junto con Perú, en los que los límites de vida de unos se convirtieron en sobrevivencia para los otros. El progreso humano nos está resultando infinitamente irracional, será acaso porque las ideologías del mercado eurocéntrico no consideraron el desequilibrio ético-humanista más allá del económico, quizá si debemos apuntar a las causalidades de los efectos en los modelos dominantes, que se agotan como discurso de vida, a la vez que siguen produciendo poder. Por ejemplo, el mayor número de personas con sobrepeso se ubica en países donde un sector de la población sigue muriendo de hambre, pero extrañamente, a pesar de las estadísticas, tenemos un nivel de suicidios muy por debajo al lado de Suiza, donde se ha mencionado más de una vez que es sólo un mito el fenómeno de la gente que lucha por un suicidio asistido-no eutanasia, pero cada año acuden miles de extranjeros sin enfermedad alguna para ser asistidos, no por un médico pero sí por algún participe de esta ideología sin consecuencias legales, pues de acuerdo varias organizaciones mundiales se ha revocado cualquier legalización de este movimiento, aun cuando es conocido por sus habitantes que se practica libremente.
Derecho a una muerte digna
El derecho a un sistema de gobierno que nos proporcione una vida digna, principio ético universal, ahora es un debate acerca de un sistema que ofrezca el derecho a una muerte digna (en países donde sí logra proporcionarlo, en una realidad fáctica).
A mi parecer es este mismo sistema mundo, junto con sus proyectos políticos y económicos, los que generan el desequilibrio humano, aun con el progreso hegemónico de otros. La falta de ética, que debería ser como el estudio del arte en países con modelos educativos civilizatorios, nos pone a prueba una vez más. No es cuestión de modelos ideológicos, el problema es más profundo de lo que pensamos. Ya se han utilizado demasiadas teorías ideológicas para manipular y confundir el sentido de la vida, sus procesos y fin último. Tenemos que volver a las preguntas mater del conocimiento filosófico humano y reflexionar sobre nuestro entorno: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?
Sin embargo, no quiero parecer completamente critica de los sistemas económicos que nos dominan, como antes lo hicieron los políticos y culturales. Creo también en la autonomía del individuo para saber cuando su existencia no tiene ninguna motivación, sin necesidad de padecer enfermedades o situaciones críticas; el dolor (no físico) es inconmensurable, no me atrevería a juzgar a quienes no teniendo una enfermedad ni problemas mentales en condiciones de vida “ideal” han decidido elegir la muerte. La soledad, el vacío, los miedos, las decepciones, las pérdidas, etcétera, no son enfermedades, pueden interpretarse como síntomas o conductas de una depresión, pero no lo son por sí mismas; tenerlo casi todo o no tener casi nada materialmente hablando tampoco es un motivo real para que la gente se haya quitado la vida. Hay muchos factores que intervienen, como la espiritualidad, generar relaciones estables y duraderas, tener proyectos de vida a largo y corto plazos, tanto personales como laborales, un compañero en pareja, pero entre otras son sólo las recetas de cocina para una vida ideal o exitosa, que bien sabemos han sido superadas por la complejidad del ser y su concepto de “felicidad”.
Así que abro el debate ético sobre el derecho a una vida y a una muerte dignas. Sé de antemano que la ética en sí no admitirá el suicidio, pero tomando en cuenta la degeneración en el factor humanidad que ha provocado un sistema mundo traicionado por sí mismo, me parece (muy personalmente) válido y generador de muchos cuestionamientos no solo  subjetivos sino como habitantes de un mundo que nos reclama en su naturaleza y la nuestra.