Confidencial

POR Mariana Molina
 Esa adrenalina que generan los encuentros a muerte es como un veneno que nos alimenta en cada aliento ardiente; arriesgar no es una pregunta que nos hacemos, amor ya fue riesgo

Otra vez aparece delante de mí ese mismo correo: confidencial@… Titubeo en abrirlo, pues sé que su contenido no será agradable. Pertenece, dicen, a una persona muy importante en el ambiente rockero y de las artes. Sin embargo, para mí es el correo de una persona como cualquier otra, a la que conocí hace algún tiempo, con la que he intercambiando una serie de insultos.

Todas las cosas vuelven a su mismo cauce. Parece adelantarse a mi pensamiento ese vaivén inocuo contenido en una frase, los amores de mi vida no son por definición un insulto, sólo hasta que se convierten en el perfil de mis causas perdidas. Sé cómo llegué a relacionarme con este hombre en particular, que es a la vez todos los hombres de mi vida, representación definida de ninguno. Lo que  nunca sé es cómo termino imprimiendo finales con sangre; la relación concluyó sin decir más ni menos que un ligero oleaje de sensaciones enterradas. Pospuse su nombramiento para no bautizar a un muerto. Ahora estoy aquí recibiendo la enésima ofensa, pero en esta ocasión es más aguda, más fina, punzante, sencilla y elegantemente dolorosa. Fui partícipe de ese escatológico juego de insultos, vanidades egocéntricas,  maldito templo del adiós que no se quiere ir sin tragedia griega; uno siempre quiere terminar con la cabeza en alto, aunque termine con el corazón rebanado, proeza casi heroica para los que juegan a los “enamorados”. ¿Pero de quién? ¿El uno del otro? ¿O el uno del uno sumado en lo restado de un par? Es sólo que esta vez hizo uso no sólo de su amplio conocimiento de mis debilidades. Me confieso transparente, vulnerable cada vez que sin elegirlo abro el corazón, pero quién no lo es. Suspiro en consuelo. Esta vez la retórica no encontró demagogia soez. No le es suficiente enmarcar mis miedos o complejos, utiliza el arma bajo la manga, su supuesta “superioridad”. No es el hombre al que conocí sino el personaje que dice ser, quien remata filosamente con las palabras, ese personaje que sólo entre vi en las sombras de la persona, del que no conocí más que mitos y anécdotas lejanas, alguien a quien no quiero responder absolutamente nada.


Se ha terminado por fin, pienso sin sentir lo que me duele, odio la lucha de poder en las relaciones amorosas, no es la persona o su personaje, o ambas de lo que amé, es un enojo que entristece mas allá de ellas. Sin importar qué persona sea, siempre hay una voluptuosa seducción entre un hombre y una mujer que se saben focos rojos. Habrá un accidente, pero qué más da; esa adrenalina que generan los encuentros a muerte es como un veneno que nos alimenta en cada aliento ardiente, arriesgar no es una pregunta que nos hacemos, amor ya fue riesgo.
Tengo los pies fríos y cansados de ver hacia el suelo; un dolor en la espalda me dice que debo quitarme esa minuciosa manía de pensar hacia delante de mi cuerpo; no quiero llorar, ¿me encuentro ante el espejo? Me pregunta el eco de lo que no se escucha. No, me contestó, me encuentro ante el abismo. Algunas veces odio la reminiscencia de ser mujer. Uno atrae lo que es uno mismo sin serlo. Patología complementaria, me gusta llamarla. Es la imagen perfecta para los hechos. No importa qué clase social, económica o intelectual se maneje en las teorías psicológicas, siempre hay una lucha de poder tácitamente ganada por los hombres, pequeño lugar que se adapta sin adoptar igualitariamente tácito por algunas féminas, ahora entiendo por qué siempre me ha caído pésimamente mal Simone de Beauvoir. Recuerdo así el artilugio de superioridad utilizado para insultarme, vuelvo a leer las líneas que se agolparon en mi vientre: “Pobrecita enfermita que se cree poeta filosofa”. Eso lo escribió él y su personaje, uno en ambos que apenas reconocí. Necesidad de humillarme ante su fama y la parafernalia que lo rodea. Esta vez no maquillaré su frivolidad para herirme, ese lánguido argumento masculino para sentir la posesión del “objeto”, mermar las capacidades de una mujer, abstracción del miedo con el que se defienden.
Esto deja de ser personal. Vuelvo a la reflexión, estoy harta de escuchar el bagaje de analistas especializados en el tema de las cada vez más complejas relaciones amorosas. Dicen que estar enamorado es un proceso que empieza con un estado parecido al de la adolescencia, inmadurez e ingenuidad son interpretados por la fase del enamoramiento, pero no hablan del eterno juego inmaduro en los roles de género y poder; será por eso que la gente que se cree superior a esos estados del ser. ¿Se vuelve adicta a establecer la importancia de poder en el juego de los roles? ¿Miedo o ego? Sin importar la edad seguimos defendiéndonos de conceptos sin criterio más que de los sentimientos, elevando las cuestiones académicas que culturalmente son masculinas, que es lo que realmente hace que en una relación nos defendamos usando una superioridad masculinizada, dando más valor a lo que logra o posee un hombre, aun cuando la mujer tenga los mismos logros, talentos y capacidades, o incluso sean superiores. ¿En qué momento las mujeres nos convertimos en unas niñas tiernamente malvadas y los hombres en niñotes malcriados y escrupulosos? Relacionarnos sigue siendo el juego de los niños que no saben cómo jugar el de las niñas, y viceversa. Utilizar la fuerza del macho alfa capacitado por la decisión de actuar determinantemente versus la inteligencia instintivamente abstracta  creativamente encantadora pero sumisa de las hembras, hasta los más pomposos ditirámbicos personajes, se tornan primitivos en el juego del amor.

Elucubraciones que me dejan ver mi disyuntiva, descubriendo que no hay tal, ese esfuerzo por mermar mi capacidad, solo porque no poseo fama, apellido o un nombre reconocido, o porque estoy llena de miedos que se asocian con ser mujer, no puedo hacer más que cancelar el juego de superioridades. ¿Me encuentro ante el espejo? Vuelvo a preguntarme. Inesperadamente miro con un poco de paciencia y me sorprende lo que he encontrado; no es el reflejo lo que me grita verdad, sino lo que no vi al reflejarme. El problema de algunas mujeres sumamente capaces no es vernos a través de un hombre, es el escondernos de nuestros talentos, por eso atraemos personajes antes que personas. Por fin se ha terminado, retomo la compostura. Soy demasiado talentosa, me digo internamente, sonriendo en reconocimiento. Es cierto, me aterra brillar y que todos me vean, pero hoy no necesito esconderme ni escudarme detrás de insultos ni hombres-personajes.

1 comentario en «Confidencial»

  1. "…siempre hay una lucha de poder tácitamente ganada por los hombres…" qué tremenda y definitiva frase… es ahí donde reside nuestro problema, el de nuestra incapacidad de amar, en el hecho de que siempre hay una lucha de poder tácitamente ganada por los hombres….
    Apasionante, y para mi, conmovedor escrito, que proyecta un espíritu atormentado y hermoso…
    Gracias por esta profunda reflexión…
    Eduardo Martínez Rosas.

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