Desmitificando a los enamorados

POR Mariana Molina
La naturaleza humana, así como su conducta, son un misterio que descubrimos con el paso del tiempo; al parecer no termina y se revela justo en experiencias extremas de vida; ahí es donde salen “los verdaderos yo”
He recibido el correo de una chica que ha leído mis artículos; en el me cuenta lo identificada que se siente con uno en particular, así que me pide que cuente su historia para que más gente pueda identificarse con ella; leo con interés la historia que anexa a sus palabras preliminares, pero la que se siente identificada inevitablemente soy yo.
Muchas historias de vida se parecen en algún punto; siempre habrá algo que se cruce con nuestra propia vida, pero he decidido no contar su historia sino la mía; en el fondo es la de muchos que seguramente, identificados o no, la percibirán conocida.

La experiencia del amor no es la de los enamorados. Con esta premisa comenzaré mi reflexión; veremos si efectivamente nos lleva a desmitificar lo que convenientemente nos han vendido como amor,  razón por la que tanta gente sufre haciendo “hasta lo imposible” para encontrar el camino a la felicidad y la culminación de una vida plena, como uno de los fines en sí mismos más valiosos del ser humano.
Estoy en terapia después de una ruptura amorosa devastadora. Mi terapeuta, que también es mi profesora en la universidad, me aconseja que asista a un grupo de 12 pasos. ¿Qué cosa? ¿Acaso ella no puede ayudarme? Mi primera reacción es el enojo; cómo es posible que me mande a un grupo de autoayuda; seguramente es una incompetente, como todos los psicólogos y psiquiatras; encima, me dice que soy una mujer codependiente. ¿Codependiente yo? Había escuchado ese término usado como un sinónimo más para las personas inaccesiblemente emocionales.
La verdad, para mis adentros no me sorprendió su consejo ni su diagnóstico. Yo conocía los grupos de autoayuda, había pensado asistir a uno, pero mi ego me decía que primero debía buscar algo más “racional” que amortiguara mi decisión. Sabía que la terapia no me ayudaría. Mi enojo fue sólo melodrama para acompañar la sesión.
De pena ajena
Tenía bastante tiempo que la relación amorosa se había terminado, pero seguía sintiendo el dolor como el primer día. No podía dormir, me dolía la cabeza y había llegado a una depresión crónica; nunca antes me había sentido tan mal después de terminar con alguien; no soy el tipo de persona que la parcha con otra, pero sabía reponerme. No entendía qué demonios me pasaba, no me reconocía. Muchas veces vi a mujeres cercanas hacer todo tipo de estupideces por un hombre, cosa que me parecía “de dar pena ajena” y que estaba segura yo jamás haría. Juzgué cruelmente todo tipo de actos supuestamente basados en el amor; sabía perfectamente que ése no era amor, que era algo enfermizo y que sólo personas enfermas podían llevarlo a situaciones humillantes.
Pero entonces sucedió. No podía pensar con claridad, sentía tanta rabia e ira que podía explotar con cualquier comentario acerca de la separación por inocuo que fuera. Había días que lloraba incansablemente, privándome como una niña; otros, mantenía una tristeza que doblaba a la gente que me veía, que me doblaba de verme hecha pedazos. No quería comer ni hablar, todo lo que me causaba placer y motivación se volvió gris, sin sabor, nada me animaba a seguir adelante, extrañaba mucho a ese hombre, no soportaba su ausencia,  me descubría haciendo llamadas obsesivas a su teléfono. Hasta ese momento entendí que 50 llamadas era obsesión. Pasaba casualmente, “sin darme cuenta”, por los lugares que frecuentaba. Al mismo tiempo experimentaba odio, quería causarle el mismo dolor que yo sentía. Imaginé mil formas en las que me vengaría, entre ellas matar a su perro con comida envenenada; eso sí le dolería. ¿Matar a su perro? Pero qué carajos estaba pensando; amo a los perros. Recordé cuando mataron al mío, es una pérdida que hoy día no supero. Aunque nunca dije nada a nadie de lo aterrador de mis sentimientos y pensamientos, era como si todos lo pudieran leer en mis ojos; me veían con tal extrañeza que ocurrió lo que yo misma hice insensiblemente: me señalaban con el dedo. “Está loca, pobrecita”, escuche más de una vez en mil versiones que daban lástima. No podía más, traté de mantenerme en calma y contralar la situación. No pude, la lucidez y la templanza se iban más rápido que los días. Ya no podía más, necesitaba ayuda, no podía sola.
Doce pasos
Entonces, por mi propio pie, casi de rodillas, llegué a un grupo de 12 pasos. Había investigado sobre los métodos que usaban y los resultados definitivamente superaban a los de cualquier terapia por reconocida que fuera; estaban basados en el programa de alcohólicos anónimos y trabajan con los 12 pasos del Libro Azul. Dados los resultados positivos de sanación en los alcohólicos se había extendido a otras “enfermedades” con los mismos resultados; encontré Neuróticos Anónimos, Comedores Anónimos, Narcóticos Anónimos, Sexoadictos Anónimos y Codependientes Anónimos.
Fue fácil darme cuenta por qué funcionan estos grupos; en ellos no te cobran absolutamente nada por escucharte, no hay una figura de autoridad que te prometa o venda cambiar tu vida, no eres juzgado por ninguna teoría académica, asistes las veces que consideres necesarias según tu ansiedad y no las veces que te agenden, te apoyas en un poder superior que no es religioso sino espiritual, te das cuenta que hay personas que viven y sienten exactamente como tú, dándote la sensación nuevamente de pertenencia, de no estar solo.
No pretendo promover ningún tipo de ayuda. Como psicóloga sé que no todas las terapias son para todos y que hay gente que sana incluso con alguna actividad física o artística, que hay una enorme seriedad en los problemas que son de tipo psiquiátrico y que hay mucha gente con ideas preconcebidas sobre estos lugares. Simplemente quiero exponer un tema que ocupa muchos tabús y produce confusiones, impidiendo que la gente se acepte y comprenda.
En este grupo encontré personas que jamás creí poder encontrar; al contrario de lo que pude imaginar, las mujeres eran guapísimas, de una belleza muy particular (estaba en un grupo exclusivo para mujeres); la mayoría contaba con estudios profesionales, pertenecían a diferentes clases socioeconómicas, pero prevalecía una alta.
Al otro lado del mundo
La primera lección que tuve fue  no juzgar deliberadamente a nadie, incluso a mí misma. Siempre creí conocer mis límites, o lo que yo creía que jamás haría. Cuántos de nosotros hemos jurado llevarnos un secreto a la tumba o decir que ni muerta haríamos cierta acción. La naturaleza humana, así como su conducta, son un misterio que descubrimos con el paso del tiempo; al parecer no termina y se revela justo en experiencias extremas de vida; ahí es donde salen “los verdaderos yo”, como cuando ves que se ahoga alguien en el mar y sin saber nadar te lanzas a rescatarlo, a pesar de haber jurado que no podrías; o por el contrario, descubrirte dejándolo morir porque te ganó el miedo.
Escuché historias que hasta ese momento no estaban en mi realidad, al menos no en mi vida. Algunas habían sufrido experiencias tan dolorosas en el amor que lo confundieron con el displacer; emocionalmente atraían hombres agresivos, que las maltrataban, además de ser mantenidos por ellas; otras se habían refugiado en miles de relaciones abiertas o casuales, donde su único sostén era el sexo; eran incapaces de generar relaciones con vínculos emocionales; otras sabían conscientemente que sus parejas eran infieles o adictos, pero no podían dejarlos, volviéndose cómplices de su autodestrucción o pretendiendo que la infidelidad no las hería, haciendo el típico “ojos que no ven corazón que no siente”; otras mantenían relaciones virtuales y se la pasaban pegadas en línea, conformándose con una relación de noviazgo virtual, para no volver a exponerse al riesgo del rechazo y el desamor; estas relaciones eran su única ilusión amorosa, así que las prolongaban por años, sin contacto alguno que no fuera el sexo virtual o las llamadas telefónicas; buscaban personas igualmente carentes emocionalmente, que “casualmente” vivían al otro lado del mundo, haciéndoles imposible conocerse; estaban las que, como yo, no podían desprenderse emocionalmente de una persona, aunque ésta ya estuviera con alguien más o muerta; y las que siendo jóvenes solteras se habían enganchado con hombres casados, incapaces de terminar la relación, aun cuando tuvieran propuestas serias, dejando pasar su vida.
La fantasía del cambio
La mayoría de estas mujeres se refugió en alguna especie de adicción que les servía de contención; comida, alcohol, sexo, depresiones, etcétera, servían para compensar los huecos emocionales. Generalmente el vacío que pretendían llenar con esas relaciones destructivas había sido originado por la sensación de abandono (físico o emocional) de los padres en la infancia o el desplazamiento por alguno de los dos, pero no era una regla general, algunas experiencias amorosas las habían marcado tan fuertemente que perdieron la idea de relación sana y de amor, aun con una historia infantil normal y feliz.
El único común denominador en las personas que “aman demasiado” es que no saben lo que es el amor real o verdadero, aun cuando lo hayan experimentado en la niñez; esto vale igualmente para los hombres, que cada día se van revelando como personas igualmente maltratadas o incapacitadas en el amor de pareja. Otro de los factores importantes que hay que señalar es que una vez que encuentras la razón personal por la que generas cierto apego, no implica que la sepas manejar, por lo que en muchos casos no sanas o te curas, ya sea que con una especifica pareja revivas el abandono, el rechazo, el miedo, la necesidad, el dolor, etcétera y entiendas que no son tus padres o esas personas con las que aprendiste a sentirte “bien” en el displacer, viene el cambio.
Muchas de las personas que no saben amar tienen la fantasía de que la otra persona cambiará con el amor; es cierto que el amor nos hace mejores personas, pero que saque lo mejor de ti no implica un cambio tácito por el amor mismo; ningún ser humano está definido por una sola vía; dependen de la genética, cultura, educación, las experiencias, la formación, toda una serie de fenómenos que hacen complejo pretender curar o sanar a alguien de alguna supuesta enfermedad.
Ausencias que matan
Mis límites me llevaron a revivir la ausencia de mi padre; en el dolor que no me había permitido sentir, hasta que falleció aquel novio, aceptar su muerte fue aceptar que también mi padre había muerto sin avisar. Cuando más lo necesite y sin haberme permitido el duelo con mis escasos dos años, entendí que mi enojo era tristeza y que efectivamente me atraían hombres que en algún momento desaparecerían, o me hacían sentir abandonada; también aprendí que no hay cura ni cambio, sólo puedes llegar a conocer la razón por la que reproduces cierta conducta , aceptarla y parar el sufrimiento; no puedes dejar de sentir dolor, pero sí prevenir el sufrimiento; no puedes cambiar tu pasado, ni tu personalidad, pero sí mejorarla y nutrirla de autovaloración para encontrar la manera de ser feliz a pesar de ella. Existen las relaciones de amor entre personas mutiladas emocionalmente, que no son destructivas ni generan tanto sufrimiento, pero eso es parte de un proceso largo y meticuloso, de trabajo emocional y mental personal, de autoaceptación y respeto por los demás, de no pretender juzgar ni casarte con creencias falsas del amor, el romance o el sacrificio; los miedos están, los daños irreparables también, las heridas y las cicatrices, pero si somos capaces de proyectar amor en el otro, podemos generarlo y reproducirlo; amor real, verdadero y legítimo, no idealización ni maniquea concepción que lo etiqueta; no hay un solo camino para el amor, ni una sola forma, tampoco la persona perfecta o adecuada, nadie viene de un mundo perfecto, siempre tenemos la opción de parar por un momento y preguntarnos qué no está funcionando bien en nuestra vida amorosa, si es realmente algo que necesite de buscar algún tipo de ayuda, (la que consideren necesaria) o simplemente revalorar y redefinir lo que creemos del amor, decidas correr riesgos o quedarte pasivo ante su experiencia. En una elección válida ahora, la figura del enamorado está desmitificada.

4 thoughts on “Desmitificando a los enamorados

  1. Es conmovedor y profundo… Nos lleva a cuestionarnos sobre si existe el amor, sobre que es el amor, si nos aman y sobre todo si sabemos amar… Un muy interesante análisis de la proematica amorosa y del abandono, y no tan solo del amor de pareja, también del amor al padre ausente que no fue nunca conocido….
    Mariana parte de la problemática planteada por una lectora, pero termina proyectando la propia y la de muchas mujeres que sufren el abandono, la soledad y el desamor….
    Muy interesante el enfoque de sicóloga sobre los grupos de autoayuda, que realmente funcionan porque se apoyan en la solidaridad humana, tan rara en nuestra sociedad, pero que surge en situaciones extremas, como una fresca brisa que nos despierta y ubica…
    Muy interesante articulo, solido, profesional y reitero muy conmovedor y muy humano….
    Eduardo Martínez Rosas

  2. abrir el alma a los demás, y mostrar lo que hay en su interior es difícil y se requiere de mucho valor… Mariana es muy valiente al hacerlo así… pero además este articulo tiene una gran objetividad, ya que nos da la clara opinión de una sicóloga sobre si misma, eso es aun mas valiente, porque sabe de lo que habla…
    coincido en todo con Eduardo, particularmente en al gran valor de los grupos de autoayuda, se basan en la solidaridad humana, pero sobre todo en el amor, en el amor a uno mismo que es el mas importante…
    bien por Mariana, un muy profundo ejercicio de autoanalisis…
    Victoria Alarorre

  3. Interesante enfoque a la problemática amorosa y a los conflictos de mujeres codependientes. Poco se habla de estos problemas y menos con un explendido enfoque femenino como lo hace Mariana Molina.

  4. Me sentí identificada totalmente. Ecuánime, claro y certero el texto. Felicidades por ordenar el cumulo de experiencias, emociones y sentimientos de la maravillosa forma que lo hizo.

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