Marionetas

POR Óscar Garduño Nájera
Antes de tu voz y su ritmo,
Mis palabras tenían alas
Eran cuervos en llamas.
Joseph Singer
La tarde se desmorona. Apenas ligeros destellos de un sol que poco a poco desaparece al atravesar nubes que parecen pintadas a mano. Una voz parece escapar del fondo de la superficie plana de un espejo. También está una mujer que de vez en vez suspira. Quizás alcanza a escuchar, quizás en estos momentos no le importa nada.
Hoy tengo el sabor de la tristeza de tus cabellos en mis pensamientos, amor mío. Y es una tristeza que, conforme avanza, conforme galopa hacia nosotros, se vuelve herida, porque cada que me detengo a contemplarla, cada que, burlón, saco la lengua, sangra, se sale de mí, da varias vueltas y vuelve a entrar por la luz de mi mirada, donde habitas tú en medio de cuatro paredes tan oscuras como el hueco que se erige entre tus piernas. Entonces me levanto, regreso a la cama, grito y pataleo junto al fantasma imaginario de una sábana blancuzca de ausencia. Y me canso y me desespero cada que salgo de mí para contemplarme desde lo alto, como si aún siguieras sosteniendo los hilos y me alzaras tan sólo para reconocer la forma del escenario. Es lo que hoy te quiero decir, amor mío.

Por si aún no lo has notado, llevo más de media hora con palabras que se van a ninguna parte, con palabras que salen de mí empujadas por una estúpida fuerza, como quien sale al escenario por primera ocasión. Estoy solo y mis hilos cuelgan de tus manos. Mis palabras todavía no provocan en ti ni un rasguño, ni una expresión de enfado, ni una absurda reacción. Eres un espejismo que consigue expulsar los mejores días, la niebla que corre por nuestros huesos y nos pone de pie frente al circo de los malabaristas, donde tú y yo somos la atracción principal en un escenario para marionetas. Mueve los hilos, querida, muévelos mientras bailo alrededor tuyo.
Hoy tengo la tristeza de angustia y desesperación porque encuentro el mundo hecho una mierda, es decir: poblado de rostros enlodados que enseñan lombrices en movimiento al sonreír, mientras aplauden por el espectáculo que te empeñas en dar cada que trazas autopistas sobre tus pálidos brazos con la misma navaja que un buen día robaste a papá. Quiero que lo sepas, amor mío, y quiero que nada de lo que diga trates de comprender. Si lo recuerdas, desde el primer día de nuestro primer beso prometimos que el tiempo no haría nada con nosotros, que viviríamos entregados a la tierra del olvido, casi sin ganas de hacerlo, como si el vivir fuese una manera de perder el tiempo y morir algo así como ser eternos para quemar los pocos recuerdos que aún conservas.
Por si no te has dado cuenta, ahora tú escuchas y haces las mismas cosas de siempre: caminas hasta el espejo y pierdes tu mirada, acaso suspiras y, cuando lo haces, es como si una máquina de vapor atravesara los sonidos que permanecen a tu lado para recostarse sobre el filo luminoso de la navaja. Y si acaso volteas a verme es únicamente para hacer una mueca que significa desprecio, asco por una vida que nunca te perteneció, que dejó de ser tuya cuando decidiste renunciar y colgar los hilos de algo que ya para entonces era ficticio.
Antes solía levantarme de tu cama y corría hasta perderme en el espejo; lo traspasaba y volvía cargado de reflejos perfectamente acomodados en una funda de almohada. Los dejaba caer en tus aterciopeladas manos y sonreías porque la vida aún era de nosotros. Ahora tengo flojera y mastico uno a uno los pocos reflejos que me quedan, esos que escondí en los cajones, bajo tu ropa interior, donde se pudría la navaja de papá.
Hoy tengo una tristeza de tus cabellos en pleno movimiento: olas que van y vienen cada que pasas la espuma de tus manos por los pétreos bordes. Antes trepaba por ahí hasta colgarme en la orilla de tu boca. Solía estirar más la comisura de tus labios y entristecía al comprobar que no habría de ser eterna esa sonrisa.
Guardo silencio
Por fin me callo. El mundo se detiene. Comienza el espectáculo y tras aparecer una marioneta, jalas con fuerza de tus hilos. Me obligas a cerrar la boca y me sacudo: bailarín ridículo de una pieza inexistente.
El espejo retumba como si fuese de agua. Sacude tu habitación. Aparecen otras tres marionetas y trepan por tus piernas, alcanzan tu cintura, llegan a tus manos y dejan caer la navaja de papá. Por fin vuelves a sonreír. Te digo algo al oído.
Dejas caer los brazos, pálidos, mientras el viento de febrero empuja el verdor de sus hojas y obliga a los árboles a una colorida transformación. Afuera, finaliza el invierno y sólo se escuchan los aplausos.
Alcanzo a sumergirme en tus hilos de sangre mientras te desvaneces.
Volvemos a estar juntos. Otra vez. Y cientos de marionetas brincan alrededor de nosotros.
Fin.