Conversaciones internas

POR Mariana Molina
 “Finalmente no conozco un subconsciente que no sea autobiográfico”
Sigo mirando hacia la ventana, estamos en plena primavera, demasiado calor para asociarme con ella, ¡odio la primavera! Aunque pensándolo bien creo que odio todas las estaciones del año. Perdida en algún lugar que me mira hacia adentro intento olvidar los recuerdos de tantas estaciones de mi vida que no han terminado por convencerme, ¿de qué? Eso es lo que quisiera saber. De pronto aparece de nuevo la mesera ofreciéndonos  más café, interrumpiendo mis pensamientos. “Sí, por favor”, dice mi amiga Aris, que está sentada frente a mí, mirando cómo llenan su taza. Sin que dijera nada, sirve la mía en automático. “Que café tan espantoso; de haber tenido un poco de tiempo me habría gustado llevarte a un lugar especial; sé que te gusta mucho el buen café”, dice, mirándome fijamente. “Está bien, no te preocupes, me he acostumbrado al café de cualquier lugar; creo que con el tiempo todos me saben igual”.

Aris es una vieja amiga de la universidad con la que he quedado para tomar un café y platicar después de largos años de no vernos. Sentada justo donde muchas veces lo hicimos, parece un fantasma; las cosas nunca son como uno las imagina, los encuentros con amigos entrañables siempre son un anhelo que idealizamos en nuestra mente; ahora estoy incómoda y no he podido evitar sentir que estoy con una extraña.
No sé cómo fue que Aris y yo llegamos a ser amigas. La gente dice que se debe ser selectivo en cuanto a las personas con las que nos relacionamos. Supongo que yo misma lo creí en ciertas ocasiones, cuando rechazaba la cercanía de personas que me desagradaban; las alejaba y las sigo alejando con mi comportamiento; me muestro ajena, cortante, distante, como si no existieran ahí, a mi paso. Ahora sé que las amistades que dejarán marcada su presencia por mucho tiempo llegan como la lluvia de un día soleado o como aquel libro indispensable al que ningún otro suplantara, aquello que sin saber, estabas buscando. Y mientras doy sorbos de café sé que esa mujer con la que me siento ajena es uno de esos libros indispensables que te eligen.
Hace más de siete años que no sabía prácticamente nada de ella. Me sorprendió sobremanera su llamada; incluso después de colgar el teléfono, creí estar en  un déjà vu. Después de dar un par de sorbos, que en realidad bebo porque tengo la boca seca, la vuelvo a mirar y toco su cabello para saber que no la estoy imaginando. “Qué bonita te vez, me alegra que hayas cambiado ese horrible color de cabello y esas uñas postizas que te iban tan mal”, le digo, esperando una respuesta que me confirme que esto no pasa sólo en mi cabeza. Aris suelta una tremenda carcajada. “De verdad que sigues siendo una odiosa! Sabía que no podía cambiar esa sinceridad tan descarnada que tienes”, me responde. ¡Sigo siendo yo misma, Aris, autentica y espontanea, ¿recuerdas?”. Entonces las dos nos regalamos una sonrisa que nos devuelve de aquel limbo.
Cómo olvidar el cabello teñido en rubio platinado que llevaba Aris. Antes de haber  cruzado una palabra, la primera vez que la vi fue una de las tantas cosas que me desagradaron de su apariencia; no daba la impresión de cualquier universitaria, parecía un letrero en letras rojas que decía “mira mi mal gusto”. Aris es morena, su cabello exageradamente rubio para el tono de piel y las extensiones de cabello postizo en las puntas la hacían ver artificial; su maquillaje estaba sobrecargado en ojos y mejillas, sus uñas postizas más largas que sus dedos adornadas con brillos te deslumbraban como las luces de un automóvil; su vestimenta parecía la de una bailarina de table dance, con falda demasiado corta y ajustada, zapatos de tacón alto y estilizados, como el de algún personaje salido de las películas de Pedro Almodóvar. Tenía un buen cuerpo, como el de las bailarinas de tubo; sus piernas estaban ligeramente marcadas y sus proporciones parecían las de una mujer madura. Aun con esa imagen que la hacía ver vulgar, si te fijabas bien, Aris era hermosa. Sus ojos son color miel, con unas pestañas enormes naturales, sus labios son carnosos y grandes como los de una modelo, y su sonrisa te obligaba a que voltearas a verla.
Estábamos  juntas en dos clases. Hasta ese momento supe su nombre, porque se hizo popular entre los hombres inmediatamente y enemiga de la mitad de las mujeres de esas clases; me atrevo a decir que de toda la facultad. Identifiqué inmediatamente  que no me gustaba su apariencia porque me recordaba a la chica por la que me dejó un novio por esos tiempos. No era el tipo de chica a la que me hubiera acercado en ese momento buscando amistad, pero tampoco en otro; quizá el estereotipo de mujeres con su imagen me hacían pensar que no tendríamos nada en común, y toda esa sensualidad que emanaba me opacaba.
“Tú también te ves bien”, me dijo Aris. “Ya no usas el cabello de mil colores, ni te vistes como hippie”, dijo. “Desde hace tiempo dejé mi color natural, mi cabello estaba bastante maltratado por usar rosas o violetas, y creo que así me veo mejor”, le respondí, mientras pedí otro café. ¡Qué recuerdos! Mi cabello había sido, efectivamente, de color rosa magenta; me encantaba llevarlo en trenzas y que todas las chicas me preguntaran cómo había logrado que se viera tan bien; me lo teñía absolutamente todo. Hay cosas que uno recuerda distorsionadamente después de tanto que las manoseamos en la memoria. ¿Pero quién no lo hace? Si no le imprimiéramos esos “adornos”, no tendría caso guardarlos. Las anécdotas siempre tienen un toque heroico, tierno, romántico, aventurero, épico y hasta trágico. De otra forma sería como encontrar una fotografía amarilla en algún rincón de nuestra existencia que nos grita que somos unos farsantes; entonces no valdría la pena fotografiarlos en la memoria.
Entre mis cavilaciones noto que Aris juega con su taza de café, como decidiéndose a preguntarme algo; lo sé porque hemos empezado a ver a las amigas que fuimos en el pasado; así que no puedo evitar hablar. “Sigues moviendo las cosas cuando estas nerviosa” vaya que hay cosas que nunca cambian”, comento. “Así es, Mary, así como tú te sigues rascando la cabeza cuando estás pensando, y ni tú misma te das cuenta; anda y dime qué es lo que pensabas mientras me veías”. Pero antes de poder contestarle siento un vuelco en mi corazón; Aris había evitado llamarme Mary.
Aris y yo habíamos tenidos pocos encuentros en las clases; nos topábamos de vez en cuando en los baños del edifico contiguo y no nos saludábamos si nos veíamos de frente; ella era más inteligente de lo que yo había pensado; tenía una agudeza y manera de enlazar las ideas que me habían sorprendido; además era lo que se puede llamar una mujer auténticamente espontánea. Su creatividad en clase siempre nos hacía reír a todos. Por más que trataba de convencerme a mí misma de que me caía bastante mal, en realidad había empezado a agradarme, lo suficiente para olvidarme de que se parecía a la chica que me hizo sentir desplazada con aquel novio. Todos encontramos personas a lo largo de la vida que nos recuerdan o representan a algunas otras. Ese famoso “te pareces tanto a”, “hablas exactamente cómo”, “con esa pose me recuerdas a”, pareciera que inconscientemente buscamos a la gente que nos haga trascender lo que no hicimos en las actitudes de otros o en las nuestras.
La primera vez que Aris me saludó, me dijo así exactamente: “Hola, Mary”. Yo sabía que en realidad ella se llamaba Ariana, pero todos le decían Aris, así que le respondí algo confundida, pues casi nadie me llamaba Mary. La mayoría de la gente piensa que así es como se les dice a las de nombre María y no a las Marianas; de hecho, eran pocos quienes me decían así, los que más cariño me tenían y pocas a las que se los permitía; no cualquiera me podía decir de la nada “Mary”, pero en ella se escuchó tan natural que no me molestó. Entonces yo le pregunté por qué le decían Aris, si su nombre era Ariana. “En realidad tengo dos nombres; me llamo Ariana Verónica, pero el segundo me parece muy común y el diminutivo del primero me gusta mucho más”. Después le pregunté por qué me había dicho Mary si sabía que me llamaba Mariana; me contestó que le gustaba mi nombre y que le había caído bien desde el principio, y lo dijo de cariño.
Todas las personas tenemos ciertas “claves” que abren nuestra confianza; quienes quieren abrir nuestro corazón intentan descubrirlas teniéndolas en sus narices y jamás las encuentras; otras más simplemente las llevan en el bolsillo “mágico” de los encuentros.
Aris sigue esperando mi respuesta, jugando con su café. Le dije que estaba pensando cómo nos conocimos y la exhorté a que me preguntara o contara eso que tanto trabajo le cuesta. Toma un suspiro y comienza: “Mary, tú sabes que cuando yo me aleje de ti estaba muy mal, no podía dejar el alcohol y no te diste cuenta de la gravedad porque estabas en una de tus constantes depresiones, ensimismada, perdida por quién sabe dónde; me sentía sola. Después del examen para personas sobresalientes (Aris tenía un coeficiente intelectual muy elevado, por lo que había una serie de actitudes en su conducta que la empujaban a la autodestrucción) tenía que decidir si empezar un tratamiento, pero ya era adicta a la cocaína, así que le pedí a mis padres que me internaran. Sentí tu indiferencia como abandono y por eso nunca más te busqué ni respondí tus correos; ahora mismo no sé qué hago sentada tomando café contigo”.
Yo me quedé helada. Efectivamente, la amistad entre Aris y yo no era como la de otras chicas. Había notado su inteligencia, pero fue mucho después que descubrí su coeficiente, el por qué actuaba de cierta manera y que era mucho más joven que yo. Fuimos amigas durante un año, en el que vivimos cosas tan intensas, que lo recuerdo como si hubiera sido una década. Supimos de nuestras debilidades, como mis constantes depresiones, que me gustaban los hombres mayores, ese famoso “síndrome del padre ausente”, que no podía mantener una relación amorosa ni laboral por mucho tiempo; me daba miedo crecer, tenía el Síndrome de Peter Pan”, y que en conclusión me costaba trabajo ser estable. Inmediatamente vinieron a mí recuerdos que ya no veía nítidos, quizá que había borrado, pero no se habían ido definitivamente; en el subconsciente siempre se queda lo que se debe de quedar y no más.
Ambas conocíamos el sentimiento de abandono, la falta de cariño y también la necesidad de una amiga que nos entendiera. Una vez platicamos de  mi “síndrome del padre ausente”, por lo que ella sarcásticamente me preguntó: “¿Y después de que encuentras un padre en una pareja y que te lleva al parque y te compra helado, que sigue?”, preguntaba. “Nada, Aris, no sigue nada, y el incesto emocional todavía no está prohibido”, respondía, y entonces ambas reíamos. O la vez que salimos de una fiesta donde ningún chico nos hizo caso. Había mujeres demasiado hermosas, todas de clase alta y que veían raro nuestro comportamiento “excéntrico”. De regreso ella me decía que era porque mi “Síndrome de Peter Pan” funcionaba muy bien, pues me había dejado en alguna etapa donde también se quedaron mis pechos, a lo que yo le contestaba que al menos no me confundían con la teibolera; pues sí tenía un cuerpo envidiable, pero que le iba muy mal a su look. Después terminábamos quejándonos de las chicas “burguesas” que nacen con piel de bebé, con un cabello sedoso y suave, y que hasta cuando no se bañan parece que están limpias. Otras de las veces ella estaba tan borracha que tenía que quedarse en mi casa y se le soltaba la lengua; decía que daría lo que fuera por no ser una mujer brillante, y ser normal, estúpida pero feliz; entonces soltaba tal llanto que me partía el alma, la abrazaba y se quedaba recostada en mi hombro hasta que se dormía.
Cómo iba a olvidar todo eso, que fue la única que nunca me juzgó por mis estados de ánimo, que me había cuidado cuando enfermé, quizá tenía razón; yo no me había dado cuenta que había empeorado. Para mí ella se había convertido en una hermana más, en una niña que sin importar coeficiente o belleza yo amaba porque era mi amiga, y yo no la cuidé.
Así que le dije a mi amiga que yo también había sufrido cuando se fue sin decir nada, que le envié correos e intenté verla, pero su familia me decía que estaba de viaje; que constantemente me pregunté qué había hecho mal, y al igual que ella me sentí abandonada. Pese al rencor que pude tener, la extrañé y nunca más volvió a ser igual; ella sabía que yo no tenía amigas.
Hubo un silencio expectante; tenía ganas de llorar, pero no lo hice. Este maldito caparazón de racionalidad que me había hecho todavía más dura me lo impidió; entonces fue ella la que soltó unas lagrimas y me dijo que la disculpara, que desde que había sido madre estaba más sensible y no podía evitar llorar. Me contó que se había rehabilitado, como si tuviera que justificarse por sus actos. Me dijo que había dejado la escuela, que no terminó la carrera, que había decidido ser feliz aunque fuera estúpido dejar un futuro brillante; que se casó por la iglesia y que ahora era la mujer más feliz de lo que ella misma habría podido imaginar.
Escuché con atención todo lo que me decía. Me sentí feliz por ella y le agradecí que me lo compartiera. Yo no sabía lo que era ser madre ni me había casado, ni tenía pareja en ese momento; pero como en el pasado, cuando Aris hablaba de algo que amaba sus ojos se hacían un poco más pequeños y su mirada se iluminaba; podía no sólo ver sino sentir su felicidad.
Estaba demasiado agotada por todo lo sucedido y Aris también, así que le dije que debía irme; pero antes quise decirle una última cosa. Yo sabia que ella no perdonaba tan fácilmente alguna traición y aun así no regresaba a buscar explicaciones después de siete años; no me había telefoneado porque quería simplemente echarme eso en cara; ni reconciliarse; en realidad, ella quería decirme y mostrarme que era feliz, no como revancha. Cuando la gente es feliz tiene un gran anhelo de que la gente a su alrededor lo sea, y le preocupa más aún quien no lo ha sido. De alguna manera ella había pensado en mí y era predecible que siguiera igual donde me dejó, sin amor, en soledad  y con muchos huecos. Quizá le había pasado por la cabeza que yo también pude haber decidido “ser feliz”, pero resultaba muy poco probable. Entonces fue que me llamó para que yo viera que si ella pudo yo también podía. En realidad Aris me seguía queriendo y estaba preocupada por lo que habría sido de mi vida. Así que continuó mostrando lo agradecida y contenta que estaba por que se apareciera así de repente para decirme en su muy particular manera que me quería. Pero que yo también había madurado, quizá seguía sola, pero había conocido el amor; después de que la “pareja con figura paterna te lleva al parque y te compra helado, sigue que te enamoras de una forma madura, pero si esa figura paterna no lo hace y te sigue comprando helados, entonces no sigue nada”. Por eso seguía sin pareja. Yo me tardo mucho en recoger los pedazos de un corazón roto, pero había entendido el significado de compromiso y responsabilidad en el amor; mi Síndrome de Peter Pan me dejaba caminar ahora; todavía sufría pequeñas recaídas, pero estaba aprendiendo a ser lo que yo quisiera ser en mi vida, así que podía irse tranquila y contenta, yo también era feliz.
Después de eso sólo recuerdo que desperté al día siguiente, pues estaba muy cansada, y no me di cuenta de cuando al volver me quedé dormida. A mi lado estaba mi libreta en la que suelo escribir mis poemas, y encima mi pluma; no quise abrirla, pues tuve miedo de que nada hubiera sucedido en realidad. Quizá tenía la necesidad de contarme una conclusión de aquella historia, como me habría gustado que terminara. Eso es mejor que anhelar lo que nunca sucede; o le puse carne y hueso al fantasma del abandono, ése que si no enfrentamos y hacemos nuestro amigo va creciendo y se convierte en  monstruo, que con el tiempo tenemos que exorcizar en algún diván freudiano, o también quise hacer las pases con una de muchas de las tantas mujeres que no fui y quise ser. Finalmente no conozco un subconsciente que no sea autobiográfico.

6 thoughts on “Conversaciones internas

  1. …me parece este un muy atractivo relato de Mariana Molina, que aborda el tema de las relaciones humanas entre dos personajes que guardan grandes semejanzas en sus características existenciales, y que pese a las distancias físicas y temporales, mantienen una solida y solitaria amistad….
    …el relato, con dos personajes muy bien caracterizados y estructurados, me atrapó desde el primer instante, haciéndole leerlo hasta el final…
    …parecería parte de un proyecto mayor, de una novela, en la que los personajes abordan las reflexiones de la existencia humana, tema muy presente en la literatura actual, lo que le convertiría en un interesante reto literario….
    Felicidades Mariana Molina, me atrapó tu narrativa….
    Eduardo Martínez Rosas.

  2. Pienso de tan solo una mujer puede comprender las complicaciones de las relaciones de amistad entre mujeres, y que tan solo alguien que haya experimentado episodios de depresión, puede comprender lo complejo que es un ser deprimido.
    Este relato penetra en la historia de dos mujeres, entre las que hay tejida una compleja red de compresión y de complicidades. No puedo evitar la tentación de asociar este relato, con experiencias personales, e identificarme con la narradora. Los personajes nos muestran la relación armoniosa de una sensibilidad mutua por la belleza, por la profundidad de pensamiento y de las emociones humanas, en un relato que disfruté de principio a fin.
    Sandra Luz Hernández.

  3. Me da gusto volvera encontrar tus escritos Mariana. Como siempre, es de una gran calidad, sabes capturar la atención del lector, desde el mismo inicio de la lectura. Tus personajes están muy bien caracterizados, y son consecuentes en su actuación. No lo dices, pero los siento como verdaderos. Pese a que la relatora es Mariana, siento que Aris es un personaje con mucha fuerza, y tal vez algo tragico.
    Felicidades Mariana.
    Victoria Alatorre.

  4. Mariana Molina es una autora transparente, que narra los sentimientos, emociones y encuentros de una manera tan sensible y vivaz que todo aquél que la lee logra identificarse con ella. Me honra saber que aquella niña de piel blanca y pecas que conocí en el primer año de secundaria se ha convertido en una talentosa artista.
    Evelyn Estrada

  5. Nuestros días están caracterizados por los conflictos existenciales de los individuos, el síntoma dominante en nuestras sociedades modernas, es la depresión, en sus múltiples variables. Este pequeño cuento, nos da un ejemplo de la cotidianeidad de estas relaciones marcadas por ciertas conductas que inclusive pueden llegar a ser calificadas de maniacas. Los personajes nos deleitan con su relación, que la autora nos narra en forma ágil y entretenida, quedando suspendida en un estado que oscina de la apatía a la impulsividad, con una tristeza del ser, fuera de tiempo y de lugar, con la vergüenza de una libertad que solo se reconocería en el abuso.
    El dialogo entre estas mujeres, me recuerda la actitud de mis alumnos, marcados por la angustia existencial de vivir en una zona de guerra, como me imagino que día con día también se acentúa en México.
    Es tan solo un atisbo de la vida de un par de mujeres, que en medio de la tensión existencial, no encuentran forma de relajar su tensión, salvo por los medios que encuentran de obtener un ‘doping físico’, que les aleje de su sórdida e insustancial vida cotidiana.
    Esteban Kutny.

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