Dada: la revolución irreverente desde un cabaret

POR Paul Trachtman
 A pesar de su extravagancia, este movimiento es uno de los más influyentes en la estética moderna, presagiando el arte abstracto y conceptual, el performance, el op, el pop y la instalación. Pero Dada moriría en menos de una década
En los años previos a la Primera Guerra Mundial, Europa parecía estar perdiendo su control sobre la realidad. El universo de Einstein daba la apariencia de ser ciencia ficción, las teorías de Freud ponían a la razón en las garras del inconsciente, y el comunismo de Marx tenía como objetivo colocar la sociedad al revés, con el proletariado en la parte superior. Las artes también fueron arrastradas. La música de Schoenberg era atonal, los poemas de Mallarmé revolvían la sintaxis y dispersaba las palabras en la página, y el cubismo de Picasso estructuró a la anatomía humana.

Incluso las ideas más radicales se pusieron en marcha. Anarquistas y nihilistas habitaban la franja política, y un nuevo tipo de artista comenzaba a atacar al concepto de arte en sí mismo. En París, después de probar suerte en el impresionismo y el cubismo, Marcel Duchamp rechazó toda la pintura, ya que estaba hecha para el ojo, no para la mente.
“En 1913 tuve la feliz idea de fijar una rueda de bicicleta a un taburete de cocina y colocarla al revés”, explicó Duchamp más adelante, al describir la construcción que llamó Rueda de bicicleta, precursora tanto del arte cinético como del conceptual. En 1916, el escritor alemán Hugo Ball, que se había refugiado de la guerra en la neutral Suiza, se refirió al estado del arte contemporáneo: “La imagen de la forma humana está desapareciendo gradualmente de la pintura de estos tiempos y todos los objetos sólo aparecen en fragmentos… El siguiente paso es la poesía para acabar con el lenguaje”.
“Carnicería civilizada”
Ese mismo año, Ball recitó un poema en el escenario del Cabaret Voltaire de Zurich, un club nocturno (llamado así por el filósofo y satírico francés del siglo XVII) que él, Emmy Hennings (cantante y poeta con quien después se casaría) y un puñado de amigos expatriados habían abierto como un lugar de encuentro para artistas y escritores. El poema comenzaba así: “Gadji el beri bimba/ glandridi lauli lonni cadori”. Era un disparate, por supuesto, dirigido a un público que parecía estar muy satisfecho con aquella guerra sin sentido. Los políticos de todos los colores habían proclamado que la guerra era por una causa noble: para defender a la alta cultura alemana, la Ilustración francesa y el imperio británico. Ball quería escandalizar a todo aquel –escribió— que considera “toda esa carnicería civilizada como un triunfo de la inteligencia europea”. Un performer del Cabaret Voltaire, el artista rumano Tristan Tzara, describió sus espectáculos nocturnos como “explosiones de imbecilidad electiva”.
“Microbio virgen”
Este nuevo movimiento de arte irracional sería llamado Dadá. Debe su nombre, de acuerdo con Richard Huelsenbeck, un artista alemán que vivía en Zurich, cuando él y Ball encontraron la palabra en un diccionario francoalemán. Para Ball, si lo unes, “Dada es ‘sí, sí’ en rumano; “caballito mecedor” y “caballo de pasatiempo” en francés», anotó en su diario. Para los alemanes es un signo de ingenuidad tonta, de alegría en la procreación, y preocupación con el cochecito del bebé”. Tzara, quien más tarde afirmó que él había acuñado el término, rápidamente lo utilizó en los carteles, lo colocó la primera revista Dadá y lo escribió en el primero de los muchos manifiestos Dadá, algunos de los cuales, muy apropiadamente, tenían mucho sentido.
Pero la perspectiva absurda se propagó como una pandemia –Tzara llamá a Dadá “un microbio virgen”—  y hubo brotes de Berlín a París, Nueva York e incluso Tokio. Y a pesar de su extravagancia, el movimiento probó ser uno de los más influyentes en el arte moderno, presagiando el arte abstracto y conceptual, el performance, el op, el pop y la instalación. Pero Dada moriría en menos de una década y no había tenido la retrospectiva de gran museo que se merecía.
El 14 de mayo de 2006, sin embargo, se inauguró la exhibición Dadá en la Galería Nacional de Arte en Washington, D.C., que presentó cerca de 400 pinturas, esculturas, fotografías, collages, grabados y películas, así como registros sonoros de más de 40 artistas. La muestra, que se trasladó al Museo de Arte Moderno de Nueva York, fue una variación de una exposición aún mayor que abrió sus puertas en el Centro Pompidou de París en otoño de 2005. En un esfuerzo por hacer Dadá más fácil de entender, los curadores estadounidenses Leah Dickerman, de la Galería Nacional, y Anne Umland, del MoMA, organizaron el concepto en torno a las ciudades donde el movimiento floreció: Zurich, Berlín, Hannover, Colonia, Nueva York y París.
Dickerman rastrea los orígenes de Dada hasta la Gran Guerra (1914-18), que dejó 10 millones de muertos y unos 20 millones de heridos. “Para muchos intelectuales”, escribe en el catálogo de la Galería Nacional de Arte, “la Primera Guerra Mundial produjo un colapso de confianza en la retórica –si no es que en los principios— de la cultura de la racionalidad que había prevalecido en Europa desde la Ilustración”. También cita a Freud, quien escribió que ningún caso “confundió tanto a muchas de las inteligencias más claras”. Dada abrazó y parodió esa confusión. “Dadá quería sustituir el sentido lógico de los hombres de hoy por un sinsentido ilógico”, escribió Gabrielle Buffet-Picabia, cuyo marido, el artista Francis Picabia, clavó en una ocasión un mono de peluche en una tabla y dijo que era un retrato de Cézanne.
Tomado de: Smithsonian Magazine. Mayo 2006.
Traducción: José Luis Durán King.