Las cuentas

POR Óscar Garduño Nájera
 Voy a hablar de los muertos que uno se topa a diario en la televisión, en los periódicos: rostros que no guardan relación alguna con nuestra vida, pero que de alguna manera nos obligan a entender cuántas atrocidades es capaz de cometer el ser humano
CNN
Cabeza 1: No hay que olvidarse de la cifra. Es importante
Preludio
Está claro que me desagrada la poesía social, la denuncia tras de los versos rítmicamente entonados como himno para ninguna bandera (o para alguna bandera de juguete). Confieso: creo que fue uno de los pocos pecados de Neruda cuando sacrificó los versos por la cuerda del ahorcado político. Una falsa tribulación en la poesía siempre majestuosa de Efraín Huerta, nuestro Cocodrilo Mayor. Y un temible desencanto en Hernán Lavín Cerda, poeta que acaso comprendió que nada valía tanto lo sufrido como la cicatriz que se lleva en el alma tras salir exiliado de su querido Chile, dejando tras de sí unos cuantos libros, cientos de recuerdos y la certeza de que la poesía social realmente sirve de poco cuando se impone la tiranía de los poderosos.

Así que lo que hoy me pasa no tiene nada que ver con eso. Las explicaciones convienen, al menos ahora que todos parecen enfilarse hacia lo políticamente correcto en una incipiente democracia que rinde más daños que triunfos, más estafadores y corruptos, más campañas políticas que sirven para desperdiciar el dinero y para venerar a quien se deba siempre en nombre de unas cuantas ambiciones. Sencillamente voy a hablar de los muertos de ojos llenos de memoria, de los muertos que uno se topa a diario en la televisión, en los periódicos: rostros que no guardan relación alguna con nuestra vida, pero que de alguna manera nos obligan a entender cuántas atrocidades es capaz de cometer el ser humano, cómo se debate entre la cordura y la locura, y cómo se puede hacer de la violencia todo un modo de vida, redituable para los dueños de servicios funerarios y, supongo, para el gobierno, pues mejor premio no hay que atemorizar a los indefensos, que percibir el miedo que tienen. Y quizá hasta les proporcione la certeza de una cifra. Toda guerra se mide por muertos y toda matazón se mide por números y políticamente correcto es sacar una calculadora, encenderla, apretar unos cuantos botones. Comenzamos: uno reconoce el número de habitantes de un país si primero tiene a la mano el número de muertos y los resta del total de la población. Nada más sencillo. En realidad, si observan bien, verán que se trata de una ecuación matemática tan sencilla como resbalar el gis sobre el pizarrón, o apretar los gatillos de las escalofriantes AK47 o, ya entrados en tandas, tan sencillo como iniciar una guerra y sentarse en un cómodo sillón a ver deambular el baile de los muertos alrededor de la costumbre.
 Notimex
Si son más de mil muertes suena una alarma y quizás más de un político se preocupe (sólo eso, en realidad). De tal suerte (el término exacto sería: de tal muerte) que llega un momento donde ocultar tantas muertes es casi imposible. Por más que uno alce la alfombra y los empuje discretamente con el pie. Y se hacen los esfuerzos: frente a la televisión, algunos (siempre políticos) se empeñan en ocultarlas con palabras y cada sílaba sirve de cobija para tapar los pies helados en la morgue; otros hablan del triunfo en una guerra como si la falsa victoria los perdonara de sus errores, otros las justifican, pues cualquier muerte es irrelevante para ellos (no para los familiares).
Compliquemos un poco las cosas. Y ahora voy a hablar de Shakespeare porque hoy en día se pueden conseguir traducciones excelentes de sus obras a un precio módico en los puestos de periódicos. Y siempre será importante regresar a Shakeaspeare aun cuando nos invada tanta literatura basura. En especial a una obra: Coriolano, la cual roza muchos temas, por supuesto, pero destaca, a través de otra guerra (y siempre es la guerra), el orden supremo que debe prevalecer entre los gobernantes y los gobernados, pues si los primeros ostentan el poder político gracias a los segundos, tendrá que existir entre las dos partes una aristotélica armonía, algo así como un cuerpo sano. Digo que sucede en tiempos de guerra: con el honor de la patria todos están de acuerdo y no hay mayor afrenta que mentarle la madre a alguien o tratar una bandera ajena como pañuelo. Sin embargo, hay otras guerras; y aunque todas en sí carecen de la inteligencia suficiente para justificar los horrores, las hay que se empeñan en abusar de la estupidez de quien las inició, incluso cuando al hacerlo prometió que se acabaría con un problema como el narcotráfico (y de paso con tantas y tantas vidas).
 Notimex
Intermedio:
Cabeza 1: No hay que olvidarse de la cifra en la resta. Es importante
Señor Presidente Felipe Calderón:
¿Con cuántas cabezas más jugarán los hijos de sus hijos un partido de futbol?
¿Con cuántas madres sin hijos soñará esta noche, creyendo que al abrir los ojos podrá despertar?
¿Vale la pena? Muerto tras muerto nos han acostumbrado a más muertos. Más muertos tras más muertos nos han acostumbrado a la impunidad de un país que se refleja con miedo y ensangrentado. Usted no lo sabe, pero afuera, en las calles, la gente se está matando: muertos más muertos sin distinción de bando. Y lo que es peor: muertos tras muertos de inocentes, de estar en el momento inadecuado frente a la bala. 
¿Cuántos hay que se suman a su hilera de narcotraficantes de plomo y los muertos que usted sólo empuja con su dedo en el inmenso patio de ladrones y policías en que ha convertido hoy al país?
¿Cuál es la seguridad de la bala que en algún lugar nos está esperando, como si nosotros acudiéramos con retraso a una macabra cita? Brechtonianamente habremos de preocuparnos por las balas cuando le toque a alguien a nuestro alrededor, no a nosotros (no, cuando nos toque a nosotros terminará la preocupación, ¿verdad?).
 CNN
Intermedio
Cabeza2: No hay que olvidar la cifra. Es importante
Tantos otros igual que usted intentaron reconocerse ridículamente sobre la buena fama, y quizás deba entender que la sangre se transforma, adquiere vida, luego tiene voz, y si mantiene la calma tras de usted escuchará cómo un padre pide por su hijo, cómo una esposa llora a su marido, cómo una madre le palpita demasiado aprisa el corazón cuando su hijo no vuelve a tiempo, cuando pasan las diez de la noche; y quizás le palpite más si sabe que afuera también hay policías que se dedican a extorsionar, a torturar en un país donde usted y los suyos presumen de un respeto a los derechos humanos… ¿qué sentirán ellos cuando la bala alcance a uno de los suyos?
El mensaje es toda una clase política que aún juega a los buenos y los malos sobre los cadáveres. Toda una clase política de izquierda o de derecha que aún juega a pedir los votos en las próximas elecciones, mientras afuera de sus oficinas, afuera de su vida que no es la vida de la mayoría, se matan unos a otros, se amontonan los cuerpos como en las peores pesadillas hitlerianas. Se engañan ustedes, claro, la clase política incompetente del país, cuando imaginan que sus declaraciones habrán de rendirle algún cargo público en el futuro (¿se ven en una suntuoso oficina, bebiendo de una anforita de cogñac?). Nada más falso. Ustedes abrirán un día los ojos y no despertarán de su pesadilla, como confía el presidente, sino que comenzarán realmente a vivirla, pues lo que no hacen hoy, las medidas que no toman creyendo que los muertos no alcanzarán sus estados, el parar una guerra absurda, les brincará el día de mañana como conejos de la macabra chistera, quizás aquella que perteneció a un mago asesinado. Propongo un nuevo juguete para la clase política de izquierda (si es que sigue con vida), de derecha (si es que no está en el Estado de México):
un abanico gigantesco con los muertos inocentes de guerra en lugar de bolitas. De menos, distinguida clase política, podrían hacer ahí ustedes las cuentas, resolver nuestra matemática ecuación.