Yo también quemé discos de Bob Dylan

POR Óscar Garduño Nájera
Era ese Bob Dylan, ¿recuerdas?, tu papá siempre lo confundió con Sinatra, era increíble, pero lo hacía. Bueno, tu papá nunca supo mucho de música. Tal vez por eso te dejó pocos discos cuando murió; lo importante era el tocadiscos

Yo también recuerdo a Bob Dylan y su voz taladrera agargantada en los oídos, en nuestros oídos, o en los oídos que edificaba con una arquitectura sonora la música que escupía el tocadiscos de tu papá. Ya era tarde para entonces y la hierba te consumía entre deliciosas serpentinas de humo.

Y tanto esa mirada tuya, como tus labios entreabiertos tras otro tanto de besos, eran ya extensión que construía autopistas de humo casi verde alrededor de nosotros, en ese silencio que se hacía cuando era necesario cambiar el disco, subir un poco el volumen, mandar al carajo a los vecinos.

Just Like A Woman

Era tu voz la que dejaba escapar las letras de Dylan y a veces te ponías triste frente a la ventana y soltabas una que otra lagrimita con alguna canción: la mirada extraviada en ese cielo abierto, la mirada extraviada en ese instante que únicamente nos perteneció en una sola ocasión, como supongo les debe pasar a los que acuden a un concierto de Dylan: rebeldía momentánea que se pudre a la hora de salir, cuando los edificios y las calles vuelven a ser los mismos de siempre en un tiempo que se monta sobre la coraza de una estúpida tortuga. ¿Recuerdas, lady, lady, lady?
Después la cama se movía de una orilla a otra al compás de nuestro ritmo, nuestra respiración, nuestros gemidos: barquito de vela a la deriva sobre el mar de cemento donde casi arrastraba sus patas la cama, reptando, barquito de vela entre notas musicales, atravesando lo que sólo los oídos son capaces de entender. Colgados los dos de la cabecera metálica y nuestros brazos entrelazados para sentir que el mundo se partía en dos con cada penetración (abría el mundo cuando abría tus nalgas), que nos sumergíamos entre sábanas que también parecían abrirse y que éramos expulsados a la superficie tras comprobar que se puede cambiar la personalidad por la de cualquier capitán de una embarcación desconocida que no atraviesa los mares pero sí tus piernas, tus nalgas (mundo clausurado). Forever Young en las arrugas de nuestros cuerpos.
Y el disco finalizaba: una aguja que daba gritos suspendida en el vacío, sobre la laguna vinílica del disco de Dylan, hasta ponernos los nervios de punta, porque volvía ese silencio, ese mismo silencio de asco que siempre se mantuvo entre nosotros, ese silencio que parecía dormir a nuestro lado en esa recámara- embarcación a punto de naufragar para llegar tras varios días a una isla donde todos los pobladores estaban muertos, donde nadie hacía el menor esfuerzo por conseguir algo parecido al amor (preguntas: ¿qué es el amor? No tenemos más respuesta que nuestras risas, nuestras hinchadas risas), donde las miradas huían avergonzadas porque no podían conseguir nada más que parpadeo de otras miradas, portón de piernas cerradas en medio de la noche, labios tan secos como la última tarde en que mis dedos perdieron la razón en la orilla de tus pezones, tan mordisqueables como un pedazo de barro, tan mordisqueables como un pedazo de humo (sí, tan mordisqueables como el amor, Oh, Sister).

Vuelta al disco. Cara B. Dicen que siempre se tiene que poner la otra mejilla. Dicen que es la única manera de estar en paz contigo mismo. Dicen y dicen. ¿Escuchas Dylan? Dicen que los peores perros se muerden entre ellos, se persiguen, atrapan a los perros buenos y hacen de las suyas.
El muro protegía a la cama de caer al vacío cuando ese silencio chicloso de no más Bob Dylan salía de tu boca, tu quebradiza mirada, tus senos agrietados con estrellas en lugar de pezones (marítimas estrellas). Llega la primera canción de la otra mejilla y entonces entre los dos el mundo parece inventarse nuevamente y nuestras pequeñas palabras nos parecían nuestra mejor apuesta, nuestra mejor forma de pagar tributo a tantos imbéciles y el mejor método para infringirnos dolores de muelas en nuestros pensamientos, en nuestras cabezas de encías. Era ese Bob Dylan, ¿recuerdas?, tu papá siempre lo confundió con Sinatra, era increíble, pero lo hacía. Bueno, tu papá nunca supo mucho de música. Tal vez por eso te dejó pocos discos cuando murió; lo importante era el tocadiscos.

Con los segundos en la espalda el barquito se hundió poco a poco ante la desesperación de nosotros, dos únicos pasajeros y el volumen más alto del tocadiscos. Las manitas de un niño travieso juegan con él por encima de las olas que hace en la tina con el jabón: espuma que entra por todas partes y que consigue sumergirnos entre burbujas que parecen darnos un poco de aliento; luego el agua de alcohol mojando nuestros cuerpos y la maquinita de vapores en labios del niño: pu, pu, pu, y una luna de hueso reflejada en nuestra última mirada, antes de alzar los brazos, antes de abrir las manos y decir adiós con una mueca más bien de desprecio ahora que finaliza el disco y Bob Dylan y su voz de guitarra rompecorazones se despide de nosotros tras colgarse el saco al hombro: Gotta Serve Somebody.