De las que atrapan a los hombres

POR Óscar Garduño Nájera
Y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido.
Rubén Bonifaz Nuño

Tendida la mujer desnuda en la cama, con las manos entre su turgente y velludo sexo y las sábanas revoloteándole alrededor como funestas palomas; abajo él, en una austera sala, frente a un cuadro de Canseco, una cuba de ron y una botella a medias. La casa en silencio. Apenas el ladrido lejano de un perro que parece estrellarse contra un horizonte más bien grisáceo. A no ser por la respiración entrecortada de ella contra la almohada, a sus pezones ligeramente erguidos señalando al techo de la habitación, o al cielo, para el caso es lo mismo. A no ser por las palabras que inútilmente él balbucea frente al cuadro de Canseco, frente a su propia sombra, como si esta fuese un ser independiente, quizás su único interlocutor a esas estúpidas horas. Son casi las tres de la mañana. Repentinamente, traspasado por esas ideas que dicen llegan de madrugada, él descubre que tiene dos opciones: subir las escaleras, no sin ciertas complicaciones, entrar en la recámara y montarse encima de ella, penetrarla; o bien trastabillar unos cuantos pasos, llegar hasta la puerta, salir, respirar una madrugada distinta, algo semejante a la libertad del preso.

“Volver a pedir ayuda”, piensa antes de dar un trago así, en seco, a la botella de ron. Cuántas veces no lo ha hecho: sale de esa casa, toma un taxi en la esquina y pide que lo lleven al mismo hotel de siempre, no sin antes hacer parada obligada en una vinatería para comprar una anforita de ron, la cual dura, sabiéndola administrar a cuentagotas, hasta entrada la mañana, cuando su misma sombra se pinta sobre una pared distinta. Luego ahí, entre las cuatro paredes de la habitación de ese hotel de mala muerte, se para frente al espejo del apolillado tocador y llora con el rostro hundido entre las manos: maldice su vida de cajero en un banco, maldice a esa mujer que conoció a las afueras de un table dance. Pero luego sale del hotel, vuelve a tomar un taxi y pide que lo lleven de vuelta a la casa. Ella no hace preguntas, ni siquiera se asombra, y es tal su indiferencia que él reconoce que eso no es amor.

Escapar. Está en sus manos acabar con todo. Se levanta, abraza su sombra, avanza unos cuantos pasos, parece que se va de boca y el alcohol lo detiene mientras también se tambalea en su estómago casi perforado. Mira cada uno de los peldaños de las escaleras. Voltea y mira la puerta. Escapar.
Fue el único amigo que tiene en el banco quien preguntó si le pasaba algo. Y ante el silencio de él dijo que esa mujer podía ser una bruja de esas que atrapan a los hombres con sus encantos para conducirlos a la perdición. Eso es absurdo, increpó él, y si así fuese no conseguiría escapar tantas veces de esa casa. ¿Y por qué siempre regresas?, concluyó el amigo antes de afirmar que mujeres así rinden tributos al mismísimo diablo. No: es la vida que lleva en ese banco de mierda, esas malditas ocho horas diarias sellando como imbécil cientos y cientos de recibos, contando dinero ajeno frente a las sonrisas estúpidas tras de la ventanilla, mal logrando una cara de payaso para dar los buenos días, en qué le puedo atender, las buenas tardes, porque ay de él si no lo hace, el cliente se puede quejar con el gerente y regaño seguro antes de dejarlo salir, cual si fuese perro encadenado. En cambio, dentro de ese miserable hotel él se considera amo y señor de todo el universo: destiende a su antojo la cama, cambia una y otra vez los pocos muebles, e incluso se orina sobre la sucia alfombra, arriba de una silla, admirando sonriente el chorro ambarino con una sensación que él asocia con la felicidad. Sin embargo, justo cuando está por decretar sus primeras leyes, ese mundo de afuera le planta un madrazo en la cara, ese seguir hacia ninguna parte en busca de una miserable jubilación que le garantice vivir como pordiosero. Después de todo, cuando su sombra se apaga, cuando sólo las lágrimas, siempre está esa mujer.
Amanece por fin. Un radiante sol se pone tras de las montañas y el ladrido del perro se escucha ahora fatigoso, adormilado.
Es un niño y está entre los brazos de esa mujer mientras pega sus labios a los mismos pezones ahora sí completamente erguidos. Ninguno de los dos ha dicho nada. Él llora en silencio, muerde, sus lágrimas se confunden con la saliva e intenta cerrar los ojos a ese mundo de afuera que pase lo que pase continuará para nunca quedar a oscuras. Unas cuantas lágrimas por la redondez de los senos de ella y un único pensamiento: hombres así siempre habrán de volver.