María Tudor: una reina olvidada

POR Fernando Montoya
Sed testigos donde pueda estar María, fallecida reina de raro renombre./
Muerto su cuerpo, viven sus virtudes y proclaman su fama,/ en quien tales dones de oro se engranaron, de gracia y de naturaleza./ Nunca cerró los oídos para escuchar al buen hombre angustiado,/ ni jamás detuvo la mano para ayudar cuando el mal o el poder oprimían./ Cuando todo era ruina, ella fue el tránsito del peligro al gozo;/ cuando todo estaba descompuesto, todo lo preservó ella; le dolía destruir./ Tan principesco como su nacimiento, así de principesca fue su vida./Su vida perfecta en todos los extremos mostró su paciente corazón,/porque en este mundo ella nunca halló sino días de tristeza y dolor.
An Epithaphe upon the Death of Marie, 1558.

Muchos han sido los años desde que comencé a convivir con textos, estudios y biografías sobre la dinastía Tudor. Desde mi infancia las figuras de María e Isabel (más la segunda que la primera) cobraron un especial interés y mística. En esta ocasión quisiera ocuparme de María, a quien de modo imperceptible la figura de esta reina ha ido tomando vida, energía y actualidad en mi pensamiento; no como heroína de un romance o una tragedia, sino como presencia de su circunstancia histórica, la más crítica de Inglaterra.

Visualizo a María sufriendo la acometida de injurias, menosprecios y sarcasmos, muchas veces gratuitos, al compás de la historiografía inglesa, cerrada en prejuicios negativos, rotundos, inamovibles: Bloody Mary por siempre. Corriente histórica que sufre un quebranto cuando John Henry Newman comienza a preguntarse por qué en una nación tan inteligente como Inglaterra y en un siglo tan racional como el XIX los católicos eran tan despreciados y odiados.
Newman propondría que, junto a la visión protestante de la versión isabelina, se conociera la católica: “Ninguna conclusión puede ser fidedigna si no ha sido probada por los enemigos, tanto como por los amigos”.
La visión de la Iglesia católica en Inglaterra no podía ser más negativa: “Tiznadla; convertidla en Cenicienta; no escuchéis una palabra de lo que dice. No la miréis; desfiguradla a vuestro antojo; conservad la enseña de esa vieja representación, que sea un león rampante, un grifo, un dragón alado, o una salamandra. Será roja o negra, siempre absurda, siempre imbécil, siempre maliciosa, siempre tiránica.”
La comparación de las reinas
Dibujo de Fernando Montoya
Claro está que este rechazo se agudiza notablemente cuando se alude a María Tudor, porque además de ser católica ha tenido que soportar una permanente comparación con el ídolo del Establishment, la Reina Virgen. Como si la grandeza de la una estuviera necesariamente vinculada a la humillación de la otra. Inteligencia, sensibilidad, gracia, magnificencia, belleza, cultura, misticismo, valor, patriotismo, prosperidad, son los atributos de Isabel; obtusa, simple, ineficiente, retrógrada, terca, grotesca, tiránica, poco agraciada, fanática, vengativa, sangrienta, así aparece María.
No es de extrañar que cuando Newman analice los fundamentos del Establishment los resuma en este axioma: el reinado de Isabel es áureo, el de María, es sangriento. Y así como la existencia del Establishment exige la aniquilación del catolicismo, la reputación de Isabel parece necesitar el despojo y aplastamiento de cualquier factor de signo positivo en María, dejándola siempre postrada y maldecida.
Pero todo alarde excesivo de fuerza en un contendiente traiciona su propia debilidad y manifiesta la potencia y el derecho de su adversario; así, el blanco vulnerable de los mantenedores del Establishment es su imposibilidad de enfrentarse con la luz de los hechos: “Si ellos sometieran sus afirmaciones a la ordalía de los hechos, su causa estaría perdida”, porque se apoyan en una tradición artificial, falseadora de hechos históricos: “Trazad la tradición desde sus auténticos comienzos, sus raíces y sus fuentes, si tenéis que formular un juicio sobre la naturaleza de esa tradición ¿De qué aprovechan a una cadena noventa y nueve eslabones si falla el primero? Por ello no dudo en afirmar que esta tradición protestante, de la que pende la fe inglesa, carece, justamente, de un primer eslabón”.
En el trono y en la tumba

María Tudor es ese primer eslabón, el que rompe el peso de esa cadena. De ahí la necesidad de fulminarla, vaciar su realidad, calumniarla.
En efecto, la imaginación del pueblo inglés lleva más de cuatro siglos alimentándose con voces, escritos e imágenes que producen un latente aborrecimiento a María Tudor. Panfletos, sermones, piezas literarias, interpretaciones históricas y películas han ennegrecido y deformado su recuerdo. Ha sido implacable y continua la persecución suscitada contra esta reina a la que no cesan de presentar como perseguidora.
Son factores que imposibilitan la discusión. Habrá que esperar a que su irrealidad interna se manifieste y desmorone cuando el poder del Establishment deje de cobijarla e imponerla. Sólo entonces “la Verdad surgirá; la Verdad es poderosa y prevalecerá” incluso en plena contingencia temporal, tan proclive a la confusión de los hechos. Ante esa posible realidad, Newman no puede por menos de exclamar: “Siento intensamente en mi ser el poder y la victoria de la Verdad. Tiene una bendición de Dios. El mismo Satán sólo puede demorar su ascendencia, no puede evitarla”.
Se produciría el simple y frontal encuentro de la Verdad y la Mentira subyacentes en toda coyuntura histórica. Y, no por casualidad, esa vivencia había alentado a María Tudor cuando optó por la divisa Veritas Temporis Filia, así como a Tomás Moro cuando le formuló en momentos de creciente oscuridad y mortal amenaza: El tiempo siempre clarifica la Verdad.
“En la muerte del justo, como la última perfección de una obra de arte, en ese sueño divinamente transfigurado, como de victoria, ved –si podéis— la confluencia del Tiempo con la Eternidad y algún vislumbre de ella asomándose”, escribió Carlyle. Aquí está la más válida comparación entre las dos hermanas, María e Isabel, su auténtico retrato.
Al visitar la Abadía de Westminster pude constatar, en todo su esplendor, la valoración de Isabel sobre María. En una capilla se encuentra la estatua inerte de Isabel, recostada con corona y cetro en mano. Bajo ella, quedan los restos de María, aplastados por la voluminosa estatua de su mortal enemiga. Frente a sus tumbas se reza la siguiente inscripción: “Compañeras en el trono y en la tumba, aquí descansan dos hermanas, Isabel y María, en la esperanza de la Resurrección”. Y, quizás, de un eterno abrazo.