Mondo Dickens

POR Bill Tipper
La necesidad de la comunión tuvo en perpetua aprensión a Dickens, quien habría sido un magnífico blogger: escribía brillantemente bajo presión, “desplegando” historias de ficción, piezas de viajes, ensayos de vida, estudios de personajes y crítica social a las injusticias, a una velocidad difícil de creer
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El momento más revelador del libro de Michael Slater, Charles Dickens, proviene de una maravillosa acotación sobre Fiodor Dostoievski, quien conoció a Dickens en las oficinas del periódico All the Year Round durante una visita a Londres en 1862. El gran novelista inglés se desahogó en un tono casi confesional. “Toda la gente buena y sencilla de su novela Little Nell, incluso los persignados simplones como Barnaby Rudge, es lo que él hubiera querido ser”, comentó después el escritor ruso, “y sus villanos eran lo que él era (o más bien, lo que él creía ser): su crueldad, sus ataques incesantes de enemistad hacia quienes estaban indefensos y a quienes lo volteaban a ver con admiración. Había dos personas en él, me dijo, una que sentía como se supone que debía sentir y una que sentía exactamente lo contrario”. Con su conocida ironía, Dostoievski preguntó sardónico: “¿Sólo dos personas?”

Y aunque es difícil evitar la conclusión de que, de toda la variedad humana contenida dentro de sus abarrotadas ficciones, y de la miríada de sus logros –esa plataforma gimiente de novelas y relatos cortos, de cruzadas sociales, revistas fundadas y editadas, colegas criados bajo su sombra y la invención de la lectura del novelista como espectáculo público—, Charles Dickens fue sólo una persona: un escritor. Hablando con un colega sobre otra de las revistas que Dickens editó, me dijo que se sentía confundido con lo que salía de la pluma del autor. En sus palabras, Dickens decía que su alma era tinta líquida para ser ser desplegada en hojas manuscritas.
Por supuesto, esta estrecha conexión ha quedado clara para varias generaciones de lectores, por la forma en que el autor describe su propia infancia –los años marcados por las deudas de su pródigo padre, quien sacrifica su educación de clase media y la reemplaza con una temporada de trabajo en una fábrica a los 12 años— en novelas como David Copperfield y La pequeña Dorrit. Pero la versión de Dickens como el inventor que volcó su sufrimiento inicial en ficciones duraderas no contribuye mucho a preparar una toma de Dickens y de su vida entrelazada al trabajo, más bien lo acerca a un nivel de celebridad individual que fue prácticamente imbatible por cualquier otro novelista hasta la llegada de J.K. Rowling.
Acercamiento al escritor
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La tan esperada biografía de Slater sobre Charles Dickens afortunadamente apenas ofrece una perspectiva posible del escritor, aunque por sus más de 600 páginas uno podría ser perdonado por no haberlo notado. Pese a que Slater es un eminente estudioso de su tema, su inmersión en materiales de archivo nunca logra unos hallazgos académicamente deshidratados. En vez de eso logramos un emocionante acercamiento a la vida de Dickens y a la forma en que la derramó en las páginas. Las cartas privadas de Dickens, sus muchos artículos menores, sus relatos cortos, sus guiones y notas editoriales, todo queda al servicio de Slater para elaborar un retrato animado del personaje. El resultado es tan vivo y tan lleno de fascinación que apenas si se nota el peso de la investigación detrás de él.
Los aspectos comercial y artístico se mezclaban indiscriminadamente en Dickens. Incluso cuando su carrera como novelista estaba despegando no pudo rechazar la oferta para editar (y al final volver a escribir) las memorias del famoso payaso Giuseppe Grimaldi –convirtiendo sus “tonterías”, como el escritor llamaba a las ocurrencias del histrión, en una prosa legible. A los estudiantes todavía les piden que lean Grandes esperanzas con un ojo al tema y a la estructura. ¿Qué pensarían si se les dijera que la novela, prevista originalmente para ser escrita en entregas mensuales, sin prisa, fue concebida nueva y apresuradamente como una serie semanal para publicarse en All the Year Round?
Pero la inversión de Dickens en el libro fue un asunto personal: él sufrió de una intensa “neuralgia facial” mientras elaboró el libro, y aunque Slater es profundamente cauteloso acerca del análisis psicológico, sugiere que la búsqueda del origen de los engaños de Estella parecía devolver al autor los dolorosos recuerdos de un rechazo juvenil que sufrió. Unos años antes, su decisión de convertirse en el hipnotista que revive el asesinato de Nancy de Oliver Twist entre un aterrorizado público de cientos de personas que, Slater lo dice, cumplía el deseo de Dickens de hacer dinero, al tiempo que convivía con sus adoradas lecturas. Su confidente y eventual biógrafo, John Forster, pensó que esa conducta era de mal gusto: Dickens siempre ignoró los escrúpulos Forster.
Esa necesidad de la comunión tuvo en perpetua aprensión a Dickens, quien habría sido un magnífico blogger: escribía brillantemente bajo presión, “desplegando” historias de ficción, piezas de viajes, ensayos de vida, estudios de personajes y crítica social a las injusticias, todo a una velocidad que sería difícil de creer si no estuviera tan bien documentado. Pero esas demostraciones eran tan fluidas e inmediatas que Dickens invirtió esa cantidad considerable de energía en su carrera para vituperar a aquellos que presumían que escribir era algo más que un trabajo agotador.
Incluso si el tono de familiaridad y de burla a sí mismo que él estableció con sus lectores sugerían lo contrario, Dickens aducía que un programa casi monacal de “paciencia, estudio, puntualidad, determinación, autonegación, de entrenamiento de cuerpo y mente, horas de aplicación y reclusión”, era necesario para producir lo que [el lector] leía en cuestión de segundos”.
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Aunque él insistió en representarse a sí mismo como un mártir exhausto de la página, Dickens parece haber atendido todas las partidas que la vida le jugó. Esto no tiene nada que ver con el hecho de que era famoso, o más bien, sólo en parte tiene que ver. La descripción de Carlyle sugiere mucho: “Ojos azules inteligentes, cejas que arqueaba de manera sorprendente, boca grande y suelta –un rostro de movilidad extrema. Las cejas ojos, boca, todo lo movía de una manera muy singular cuando hablaba”.
Ese rostro expresivo, tan productivo de anécdotas graciosas y relatos ligeros tomados de algunas experiencias históricas pocas veces ha sido descrito. La mayoría de los victorianos más prominentes estaban exhaustos de contemplarlo, Dickens aún más –aunque las descripciones de Slater sobre los atormentados esfuerzos del novelista son un placer vicario. Al final de su carrera, después de terminar una obra mayor, se dejó arrastrar por la amistad de Wilkie Collins u otro amigo, junto con los que se lanzó a la montaña o se comprometieron en otros viajes. Y después, incluso antes de regresar, se ponía rápidamente a escribir un ensayo en tres partes para su revista, completándolo con dibujos humorísticos del posadero torpe o un retrato punzante del sufrimiento humano, por ejemplo, un boceto instantáneo del sombrío lugar minero de Cornualles, con sus “obras solitarias sobre las remotas cimas de las montañas, y las máquinas con sus engranajes desnudos y sus ruedas y cadenas de tortura”, como serpientes demoniacamente mecanizadas.
A pesar de la incansable producción literaria del novelista, su correspondencia demuestra que Dickens no estaba incluso cerca de agotar el material inconscientemente reunido cada que ponía un pie fuera de la puerta. De acuerdo con Slater, por ejemplo, John Forster presumía que Dickens’s American Notes comprendía la crema y nata de las observaciones agudas del escritor que realizó a partir de la histórica gira de 1842 a Estados Unidos. Sin embargo, resultó que el contenido del trabajo publicado carecía de las observaciones mordaces de Dickens sobre su charla con el presidente Tyler, que el escritor retrató en una carta como un solemne intercambio de tópicos confusos y silencios incómodos.
Otra escena que Slater desentierra a partir de una carta a la filántropo Angela Burdett Coutts, muestra que no sólo estaba el humorista Dickens que creaba un material excedente, sino también al Dickens de la indeleble miseria humana.
Uno no está seguro qué es lo que asombra más, la compresión magistral de la sensibilidad del escritor o el poder de identificación permanente de Dickens con la figura de un sufriente niño, joven o viejo, que llega siempre con fuerza desesperada. La magnánima energía con la que el observador habita la escena es, por supuesto, nada menos que Charles Dickens
Tomado de: Barnes & Noble Review. Diciembre 24, 2009.
Traducción y edición: José Luis Durán King.