Las diez borracheras de un escritor maldito: Bukowski

POR Marcos Rebollo
Aun habiendo pasado ya 17 años, seguimos añorando al novelista y poeta que durante toda su vida le dio a la máquina de escribir sin soltar la botella
Charles Bukowski en el programa de TV francés “Apostrophes” en 1978. (Sophie Bassouls/Corbis Sygma)
“Mi vida no ha cambiado, me limito a beber cosas distintas”, decía Charles Hank Bukowski (nacido en Alemania en 1920 y fallecido en Estados Unidos en 1994), francotirador de las letras y mito underground, que radiografió con saña la vil mentira del sueño americano. Desde sombríos cuartuchos en Los Ángeles, su máquina de escribir escupió 50 libros. Repasamos su beoda existencia en sus diez borracheras más apoteósicas.

El aliento del abuelo
Me dijeron que veríamos a mi abuelo, un mal hombre al que le apestaba el aliento. “¿Por qué le apesta el aliento?” “Porque bebe”.
[De La senda de un perdedor]
1927. Un día soleado, a la edad de siete años, Charles Bukowski, o Hank, como todos le llamaban, vio por primera y última vez a su abuelo Leonard, que había emigrado de Alemania a Los Ángeles en 1880. Allí, cuando ya no quedaba nadie vivo en las trincheras de la I Guerra Mundial, nació Charles, hijo de un severo soldado yanqui y de una alemana resignada que llegaron a Los Ángeles en 1922. Y le criaron en la más estricta soledad. Así que Charles creció asustado, temeroso del padre, sin afecto. Y pronto se sedimentó una coraza de ironía, rebelión y rabia. La piel del animal acorralado. Pero ese día fue antes. Los padres se quedaron en el coche. El abuelo estaba en el porche de su casa. Le llamó, y Charles se acercó con cautela a esos dos ojos brillantes. “Como luces azules observándome”, escribiría 55 años más tarde en La senda del perdedor, retrato de su infancia sin juguetes, su mejor novela: “Al acercarme, pude sentir el olor fuerte de su aliento. Pero él era el hombre más hermoso que había visto, y yo no tenía miedo”.
Las manos del abuelo escondían dos tesoros: la Cruz de Hierro que consiguió luchando en los ejércitos del Káiser y un reloj de oro. Se los dio. Charles volvió feliz al viejo Ford T. de sus padres. Esa fue la primera vez que olió un aliento alcoholizado. Seis años después, cuando contaba 13, lo probaría. El alcohol: su primera válvula de escape. La segunda, la escritura, llegaría más tarde.
Noches de alcohol, días de biblioteca
Llamadle efecto invernadero o lo que sea/ pero simplemente ya no llueve/ como antes./ Recuerdo particularmente las lluvias de/ la era de la depresión./ Mi padre, nunca un buen hombre/ en el mejor de los casos, pegaba a mi madre/ cuando llovía/ y yo me lanzaba/ en medio de ellos,/ “te mataré”, gritaba yo a mi padre. “Vuelve a pegarle/ y te mato”./ “Saca a este niño/ hijo de puta de aquí”./
[De No tenemos dinero, tesoro, pero tenemos lluvia]
1936. frente a él, en el salón, sus padres. La frialdad de Katherine, la madre; el odio de Henry, el padre. Quiso decírselo a su padre, “sé que me odias”, pero en vez de eso vomitó en la alfombra. Las zancadas de Henry, su mano en la nuca, rodillas al suelo. “¿Sabes qué se hace cuando un perro se caga en la alfombra? ¡Se le restriega el hocico en la mierda!” Otras noches, tras irse de farra con sus colegas, Charles entraba por la ventana. Pero esta vez habían apostado a ver quién bebía más whisky. Y Hank había ganado. Sentía vértigo, el estómago revuelto. Así que llamó a la puerta. “Otra vez borracho”, dijo la madre. “Un hijo mío no entra así en casa”, zanjó el padre. Y Charles echó abajo la puerta de una patada.
“¡Eres un perro!”, le gritaba el padre.
Las noches eran de alcohol, los días de biblioteca. Allí, escondido en el edificio  de la calle 21, acababa de descubrir a Saroyan, a Sinclair, a Hemingway, a McCullers. Gente que valoraba la verdad, que le inyectaban sangre y belleza. No patadas ni correazos en el baño como su padre.
“¡¡Eres un puto perro!!”
(litkicks.com)
La mujer gorda que le desvirgó
Ella empezó a dar botes y a girar. Me agarré e intenté coger el ritmo. Se movía muy bien, pero unas veces hacía círculos y otras iba arriba y abajo. Cogí el ritmo de los círculos, pero en el de arriba y abajo me encontré fuera del colchón varias veces.
[De Escritos de un viejo indecente]
1943. Filadelfia podía ser un buen lugar. Como Nueva Orleans o Nueva York. Lugares donde vivió, huido de casa, en los años de la guerra. Los trabajos no le duraban, y viajaba en trenes de carga, y dormía en parques, y comía palomitas, y cuando el hambre le dolía en la garganta, empeñaba su máquina de escribir y escribía a mano. También mandaba relatos fantásticos a revistas que no le publicaban.
Estaba sentado en un bar cerca de su pensión cuando entró una mujer de edad indefinida que pesaba más de cien kilos. Él la invitó a vodka. Hablaron.
“Me gusta tu cara, llena de cicatrices”.
Charles estaba muy borracho. No le dijo que las cicatrices se debían al peor caso de acné de todo los Estados Unidos de entreguerras. Le dijo, en cambio, que le iba a follar, que le metería la polla por todos los agujeros de su cuerpo. Ella sonreía.
“¿Vamos a tu casa?”.
“Cuando cierren el bar”.
Esa noche, un hombre con la cara marcada y la mujer más gorda del mundo caminaron por las calles de Filadelfia, rumbo al cuarto de una pensión con cucarachas. Por la mañana, la cama se había desplomado. Pero Hank sonreía. Había perdido la virginidad. A los 23 años.
Botellas por la ventana
Miami era lo más lejos a donde podía ir sin abandonar el país. Llevé a Henry Miller conmigo y traté de leerlo. Era bueno cuando era bueno, y viceversa. Acabé con una botella de whisky, luego otra, y otra. Aparte de un magreo de muslo a una jovencita de pelo castaño, no ocurrió nada interesante.
[De Factotum]
1952. Llevaba seis años con Jane, su primera novia. No escribía. Vagabundeando y bebiendo. Ella no trabajaba. Él sí, trasportando sacas de cartas. El único curro que le duró años. Aunque asqueado del servilismo de sus compañeros y de la puta jerarquía, trabajaba ocho horas diarias para comprar el alcohol en el que luego, cada noche, nadaban los dos. Bebían en casa. Y tiraban las botellas vacías por la ventana.
Esa mañana amaneció en el sofá, abrazado a Jane, que abrazaba una botella. En la oficina era un autómata lívido. Un compañero le dijo que tenía muy mala cara, así que fichó y volvió en bus a casa. Jane ya bebía, en la cocina. Le pidió que fuera a por helado. Al probarlo, vomitó. Y al despertar siguió vomitando, y se cagó encima. Vómitos y mierda con sangre.
“Ya está, mamá muerte ha llegado”, pensó, camino del hospital, bajo el rojo y azul de una sirena de ambulancia. Úlcera sangrante. Sin una transfusión se moriría. No tenía dinero, así que esperó en una habitación llena de enfermos. Un día, dos días. Enfermos y bichos y sudor y gritos. Horas de delirio cayendo por un tobogán que se adentraba en la muerte. Pero se agarró a una idea. Recordó cómo su padre alardeaba de ser donante. Se lo dijo a la enfermera y al día siguiente su padre le salvó la vida. Jane entró tambaleante en la sala. No se tenía en pie. Su padre sonreía. “La has emborrachado a propósito”, dijo Charles. “Para demostrarme algo”.
“Te dije que era mala”, respondió Henry.
“Hijo de puta. Si dices una palabra más me arranco esta aguja del brazo, me levanto y te rompo el culo a patadas”.
Jane y Henry volverían a verse una vez más, en 1955. Para ese entonces, Charles había vuelto a escribir (poesía), había vuelto a beber (primero vino con leche, luego vino, oporto, moscatel, whisky, lo que fuera) y se había enviciado a las apuestas en el hipódromo. Jane y Henry se vieron una tarde que Charles recuerda extraña. Los tres fueron de picnic y el padre estuvo amable con la pareja pensando, ilusamente, que el vientre hinchado de Jane significaba que iba a ser abuelo.

Patada al padre muerto
Recorro la casa de mi padre y observo la cama en la que durmió aquella noche, y siento que debería estirar las sábanas/pero no puedo./ Éramos exactamente iguales, podríamos haber sido gemelos, el viejo y yo: eso/ decían. Tenía sus bulbos protegidos/preparados para plantarlos/ mientras yo estaba con una puta de la calle Tres./
[De Gemelos]
1958. Había dejado a Jane y se había casado con Barbara, que no bebía tanto y le abandonó a los dos años, justo cuando murió su madre. Nueve meses después, Charles apuraba la penúltima cerveza de la mañana cuando recibió una llamada. Su padre había muerto. Charles se sintió aliviado. Se ocupó del funeral y fue a la casa donde nació. Ahora era suya. Revolvió entre las cosas de su padre. Luego regó el jardín. Allí sentado, con una botella de whisky, se dejó llevar por los recuerdos. Los domingos su padre le obligaba a cortar esa misma hierba. Si sobresalía una brizna, le pegaba.
“A la mierda con ellos”, se dijo Charles, que no tardó en vender la casa por 16.000 dólares. Se los gastó en pocos meses, en bebida, en apuestas, en mujeres. Como si en ese frenesí le atizara la última patada a todos los valores que defendía su padre. 
Me gusta el punk
Ahora que estoy colocado puedo decir que quizá Ginsberg haya sido la fuerza más provocadora en la poesía norteamericana desde Walt Whitman. Es una puta pena que sea homosexual.
[De Ensayo incoherente]
1968. Contracultura. Arte pop. Sexo libre. Manifestaciones contra Vietnam. Psicodelia. Y mientras la revuelta estalla en California, Charles intenta suicidarse, se convierte en padre, sigue repartiendo cartas, pariendo poemas y bebiéndose el mundo en míseras pensiones de Hollywood Este. Poco a poco se convierte en voz de la escena underground. En aquellos tiempos en los que nace la fotocopiadora, edita en fanzines su poesía. Sus palabras como secas puñaladas empiezan a hacerse un hueco. Combina los fanzines con publicaciones sagradas, como The Outsider.
Y todo aquel revuelo de vanguardia disidente salta el charco y aterriza en Londres, en París, en Berlín. Allí, Carl Weissner, un joven editor que traduciría toda su obra en Alemania, comienza a cartearse con Bukowski. En un viaje a San Francisco, se desvió a Los Ángeles para verle. Se suponía que Bukowski iría a recogerle al aeropuerto, pero al no verle, cogió un taxi hasta su casa. Había una nota en la puerta: “Carl. No te molestes en llamar. Quizá esté de camino. Abre la puerta y entra. Está rota de todos modos. Bienvenido a USA”.
Carl husmeó en la guarida del escritor y era todo tal y como se lo había imaginado. Penumbra, olor a podrido, latas y botellas vacías, revistas y la vieja Remington negra con un paquete de folios al lado.
“Amigo, ¿tienes mierda en las orejas?”, oyó detrás. Era Bukowski. Sonriente. Con más de 20 cervezas. Mientras abría una se disculpó por no haberle recogido. La noche anterior le habían entrevistado en una radio alternativa. “Un micrófono en una mano y un matarratas mexicano que llamaban tequila en la otra”, le dijo. “Solté estupideces hasta que me caí de la silla. Y no recuerdo nada más”.
Editor y escritor charlaron toda la noche. Sobre todo habló Bukowski. De los bares,  los caballos, de su fobia al trabajo, de su admirado John Fante o de la generación beat, “aquellos pacifistas de mierda”. Una década después diría: “Estuve borracho durante toda la época beatnik. Lo que me gusta es el punk”. Pero esa noche sentenció: “Yo escribo con las persianas bajadas. Y no puedo con esa imagen mía a lo Bogart o esos que me adoran como a un dios barriobajero de las alcantarillas de Los Ángeles. ¡Que les den por el culo!”.

19 días sin comer
Mis mareos se fueron haciendo más continuos. Las cartas se iban haciendo cada vez más pesadas. Los empleados comenzaban a adquirir aquel aspecto gris mortecino. Mis piernas apenas podían sostenerme. El trabajo me estaba matando.
[De Cartero]
1970. Sólo cuando cumplió el medio siglo Bukowski dejó su trabajo de cartero. Un editor, John Martin, que publicaría toda su obra en prosa, le había prometido cien dólares al mes si no hacía otra cosa que escribir. Así que, aquella tarde, compró en la tienda de Ned más cajas de cervezas de lo normal y se encerró en casa. Dejó que la radio inundara el cuarto con un concierto de Brahms. Se bebió tres birras frente a la máquina de escribir, enganchó el primer folio y se lanzó a un torrente de palabras que no enmudeció hasta el alba. Era fácil. Derrotado, durmió unas horas. Y volvió a la carga. Así 19 días. Sin apenas comer. La gasolina eran recuerdos empapados de cerveza. Terminó su primera novela. En ella creó a su alter ego, Henry Chinaski, y volcó todas sus frustraciones de más de 15 años en Correos. Llamó a Martin: “Ya está hecho”. “¿Qué está hecho?, preguntó el editor. “Mi novela. Ven a buscarla”. “¿Cómo se titula?”. “Cartero”.
Cuchillo en televisión
“Conozco a muchos escritores estadounidenses que matarían por estar aquí. A mí me da lo mismo”.
[Bukowski en Apostrophes, tertulia literaria televisiva del crítico Bernard Pivot]
1978. Charles puso una condición: “Volveré a Europa si me dais dos botellas de buen vino francés mientras espero salir en antena”. Se las pimpló junto a Linda (su segundo matrimonio, la mujer que le acompañó hasta su muerte) en el estudio de Bernard Pivot, crítico literario con un programa que hoy, una tarde lluviosa de octubre, trataría sobre escritura y marginalidad. Junto a Charles, invitado de honor, habría una escritora de largas ojeras, un escritor de mostacho curvo y el loquero que trató al poeta surrealista Artaud con electroshock. Bukowski aguantó estoico el maquillaje, las luces blancas y un pinganillo en la oreja. Salió al plató mamado. Vaciló a Pivot. Y como vio que el moderador pasaba, comenzó a mascullar y a cortar la corrección de sus compañeros. “Súbete la falda y te diré si eres una buena escritora o no”, le dijo a la mujer. “¡Cállate!”, le espetó Pivot. A lo que Bukowski se arrancó el auricular, acabó la botella a morro y se piró a grandes zancadas. En la puerta del programa se armó el jaleo. Terminó agarrando a un guardia. Amenazó a todos con un cuchillo: “¡Dejadme salir de este jodido sitio!”.
(travelbetweenthepages.com)
Mosca de bar
“Un guión, ¿eh? ¿Sobre qué?”. “Un borracho”. “Ah, usted, ¿eh?”. “Bueno, hay otros”. “Ahora le tengo bebiendo sólo vino –dijo Sarah–. Cuando lo conocí estaba casi muerto. Whisky, cerveza, vodka, ginebra”.
[De Hollywood]
1986. Ya había escrito el guión. Se llamaría Barfly. “Mosca de bar”. Un tipo sin suerte que se pasa 20 horas al día sentado frente a la barra. Los protas: Mickey Rourke y Faye Dunaway. Sean Penn y Dennis Hopper se habían bajado del proyecto. Le llamó Barbet Schroeder, el director. Su voz tenía el timbre de los problemas. Cuando llegó, la botella esperaba sobre la mesa. “Estaba todo listo, Hank, cuando de pronto Faye, que está en Boston, se pone enferma. La tienen que operar. Estará bien en dos semanas”. “¿Y qué hicisteis?”. “Filmamos las escenas en las que no aparece. Íbamos a hacer lo mismo con Mickey, ¡pero se negó! Exige un Rolls-Royce descapotable que lo lleve al plató. Si no, no actúa. Estaba en el contrato. Así que le conseguimos uno. Pero no le pareció bien. El color. Rodamos alguna escena sin él, y le encontramos el maldito coche del color apropiado. Ya está listo para empezar a rodar”. Bukowski se sirvió la cuarta copa. “Pero quiere que tú estés allí, mirándolo”. “¿No sabe que  tengo que ir al hipódromo?”. “Dice que no hay carreras todos los días”. “Eso es cierto”. “Escucha, Hank. Quiere que escribas una escena sólo para él. Quiere decir algo frente a un espejo, un poema… Estos actores pueden ser muy difíciles. Si están descontentos, pueden destrozar la película”. “Hay que ver lo poco que importan las cosas cuando estoy borracho”, pensó Bukowski, que dijo: “Está bien. Escribiré un poema en el espejo”.
El último trago
“Ni lo intentes”. Charles Bukoswski. 1920-1994
[Epitafio sobre su tumba]
1994. Un día primaveral se enterró el cuerpo del escritor, que llevaba dos años luchando contra una leucemia que le había apartado de los bares aunque no de la escritura. Pulp, su última novela, apareció un mes antes de que el corazón frenara en su casa de San Pedro, California, que había comprado con Linda, su segunda esposa. Allí estaba ella con ropas hippies, junto a su hija Marina. “La primera palabra que aprendí de bebé fue licor”, recordó ella, mientras las paletadas de tierra, como latidos de una máquina de escribir, cubrían el féretro de su padre.
También había escritores, poetas, editores, traductores y amantes. Pero la mayoría de aquel centenar de personas que acudió al cementerio era gente corriente, vecinos del bebedor. Uno de ellos sacó una botella de Scotch (whisky escocés) del bolsillo y la vació junto a la tumba. Para el viaje… Tras poner la lápida, tres monjes budistas cantaron en un idioma que a todos les pareció extraño. Sean Penn, amigo del difunto, comentó en voz baja al poeta Gerald Locklin: “¿No saben que esto es Estados Unidos? ¿Por qué coño no cantan en inglés?”.
Tomado de: Rolling Stone (España). Septiembre 24, 2011.