Monstruos al alcance de los niños

POR Fernando Montoya
Sentí que el libro era monstruoso y no menos monstruoso era yo que lo miraba con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas.
Jorge Luis Borges, El libro de arena, 1975
“El congreso”, por Paul Delvaux (wikipaintings.org)
Todo comienza en una escena en la que nunca estuvimos. La llamada escena primitiva, en la que la humanidad supone un ser nunca visto: aquel que los clásicos llamaron el monstruo de dos espaldas. A partir de esa evidencia temida, cunde el río de las sorpresas. El niño Héctor que señala en un cuadro de Delvaux el pubis de una mujer desnuda en un andén: “Se le ve el lobo”, dice y se recata. Lobo, Medusa, Gorgona, vértigo que genera quien no tiene pero tiene.

Ese es el nombre del primero de los monstruos: el cuerpo a trozos. Las partes del cuerpo. De esa manera brotan todos los cuentos infantiles en los que el lobo es muerto y troceado en pedazos bien pequeños: las palabras comunes lo advierten (“te rompo la cara”). El rostro y su anulación. Como también asombra para siempre la perplejidad indomable de tener miembros y partes cambiantes. Algo que sucede entre el mandato del parecido, que marca lo más nuestro con señales y rasgos indelebles de gente remota a la que no conocimos, y lo peculiar radical: este cuerpo extraño y propio nuestro. Y nosotros suyos. Tener y a la vez ser un cuerpo, nunca visto en su totalidad. Este monstruo primero es claro que pide control, domesticación, disciplina. Aplicación de códigos, semejanzas, fotografías incluso.
Los monstruos de la calle
(besthealthsecret.com)
Hay una mirada extraña que es la que conoce los monstruos y los va domesticando. Ellos, el padre y con él la madre, van enseñando a nombrar los estigmas, las presencias lacerantes de la calle. Los mutilados y los incompletos traían la presencia fatal de otra manera de ser en el mundo. Era tan grande la pena y la desazón que rápidamente brotaban palabras para decir lo imposible, para poner nombre a lo que no lo tenía de por sí, para cuajar destinos llevaderos allí donde sólo cabía la salida por la tangente de la especie.
— Pobre: cojita para toda la vida.
—No la mires, no señales: es falta de educación.
Estos venían siendo los monstruos de la calle. De esa normalidad hecha de cicatrices y nombres espeluznantes, de recortes, de excrecencias, sale la primera experiencia de los monstruos al alcance de los niños.
De la experiencia de la calle vamos a la de su retrato. Las experiencia de los circos: corderos con una pata más, mujeres barbudas (nada que ver con las primas de uno, esas sí que aportaban extrañeza y simpatía), enanos, hombres gigantes. Pero también estaban los que exploraban los usos contra toda lógica: comedores de cristal, tragafuegos, el hombre bala, entre otros. Por ello no impresionaba más tarde si del niño no inapetente se decía que era capaz de comer lodo.
Luego venía de verdad el miedo. Albinos, niños, hombres y mujeres con pelillo en la cara, como fragmentos de lomo de oveja, en medio del rostro, por debajo de los lentes. El que se ha visto privado de la nariz y la cubre pudoroso con un chal de lana parda. La ciega de ojos blancos que se detiene sistemáticamente a saludar a sus vecinas. La ciega se llama Alicia y habla desde un país que es el de las maravillas de color de barro y amarillo.
Los monstruos sin rostro
(wallszone.com)
Esas presencias de la amenaza acotada por los estigmas civiles, tenían su gran correlato en los repertorios de cuentos infantiles. El troceamiento, la caída y el ascenso vertiginosos, la metamorfosis deslumbrante y la petrificación letal son sus operaciones básicas, bien conocidas por niñas y niños. Ogros, brujas, bellas malas mutando en dragones, todos escalofriantes pero al fin y al cabo con rostro y nombre.
Lo peor era cuando de un lema, casi de un lugar común entre lo fantástico narrado y los monstruos de la calle, se hacía un peligro más temible e inquietante: un monstruo sin rostro. Nadie vio nunca las facciones del coco, el Bogeyman… nadie las vio y sin embargo allí estaban: dientes y garras de ese monstruo que lo esperaba precisamente a uno. Cada cual puede poner el nombre familiar o local, que seguro lo encuentra entre los pliegues de la memoria. Ese sí era demoledor. Porque era uno mismo quien lo hacía y deshacía a base de noches, oscuridades, entre dos luces, en las pesadillas, en los regresos a casa por calles poco frecuentadas.
Convertirse en monstruo es mudar la voz. De los adentros sale un fluido de aire que ya no es humano, porque está mezclado con esencias animalescas. El que muda la voz, como Jekill/Hyde se asemeja a los Gozillas, y los dragones y, en general, a los ogros que pueblan los cuentos y que tienen sus vidas en los dobles en la vida cotidiana: los señores mayores que tosen con cigarro en mano, rugen porque se alivian con chispacitos de un trago. Son los gnomos que llevan y traen basura, llenan el mercado de abastos.
También está el monstruo como castigo. Devenir monstruo por razones de haberse pasado de la raya principal. Aquel que no pasó de ser una viñeta en una revista en casa de la abuela. Texto escondido en un baúl, para evitar, precisamente, malos encuentros. La lectura furtiva de un relato cuyo protagonista, por no se sabe por qué avatares del destino la emprendía contra todo y contra todos, para empezar contra su anciana, sola y santa madre que no cesaba de reprenderle. El caso es que, enajenado, espolea literalmente a la buena mujer “hasta bañarla en sangre”. El castigo no se hizo esperar: de sus cejas y cabeza comenzaron a brotar pelos y sus uñas comenzaron a crecer desmesuradamente. Su voz perdió la humana capacidad de articular palabras y se resolvió en un ronco alarido que no cesaba jamás.
El ogro, la bruja y el mestizo
(12northphotography.wordpress.com)
Los monstruos han sido barrera de lo otro para niñas y niños. Pero también facilitadores. Puestos a permanecer, parece que se quedan tres definitivos. El ogro que remeda siempre al devorador de hijos Saturno (la dentellada más violenta de la pintura, de la vida de los monstruos). La bruja en sus muchas apariencias que mantiene vivo el temor al poderío de las mujeres con sus metamorfosis y hechizos: el poder de controlar las formas de la vida. Y también el mestizo: la figura del demediado, del roto, del hecho de un humano y otra cosa, o quien es humano con otra forma, de otra manera, el anómalo que siempre nos enseña que el mundo en realidad es al revés y que sólo el afán disciplinante tapa, pule, ordena, deniega.
Variaciones todas de una deriva sin fin en cuyo fondo late una interrogación inapagable: los monstruos ¿no serán los padres?