La mutación del Leviatán

POR Fernando Montoya
Desde siempre, el hombre ha intentado por todos los medios impedir la proliferación del mal. Esa es la base de la idea de este monstruo respecto a Dios que es Satán. Lo único que ha tranquilizado al hombre es que el monstruo no puede vivir ni reproducirse
Gustave Doré (en.wikipedia.org)
Canetti ha dicho: “Aporto libremente mis recuerdos sobre el mundo”. Quizá debamos ir más allá, pero siempre en el recuerdo. ¿Qué es lo que sabemos? Sabemos que un día del siglo XVII, el hombre occidental se propuso la idea de construir un Leviatán. Sabemos que su base fue el miedo. Sabemos que antes los hombres se mataron por representar la gloria de Dios a su manera, desde Roma o desde Ginebra. Sabemos, quizá, que ni la gloria de Dios ni el miedo construyen orden, al menos ese orden que se resiste a mutar de repente en monstruo.

Leviatán pareció un dios mortal, hecho por el hombre a la medida de imitar al viejo Dios inmortal. El miedo como cemento del orden social que forjó Leviatán ha mutado en Behemoth. Eso es lo que recordamos con Canetti. La cultura que identificó un monstruo positivo se encontró con un monstruo negativo. ¿Había base para esta diferencia? En el libro de Job sólo se conoce una distinción entre estos dos seres: uno domina la tierra y el otro las aguas. Ambos harán valer sus poderes en los tiempos del final, tiempo endémico de monstruos. No hay evolución entre el Leviatán, forjado a finales del siglo XVII, y ese Behemoth con el que desde Franz Leopold Neumann se viene identificando el régimen social del nazismo, nacido en el primer tercio del siglo XX. Sólo hay una muta, un cambio de aspecto. El poder como miedo es quizá el monstruo.

La multiplicación del miedo
Alfred Kubin
Desde siempre, el hombre ha intentado por todos los medios impedir la proliferación del mal. Esa es la base de la idea de ese monstruo respecto a Dios que es Satán. Lo único que ha tranquilizado al hombre es que el monstruo no puede vivir ni reproducirse. Por eso Satán fue una idea capaz de obsesionar siglos de seres humanos. Leviatán ha vivido, se ha mantenido, se ha reproducido, ha mutado. Las formas de producción del miedo se han multiplicado, por mecanismos muy sutiles que tienen que ver con la pérdida de todo sentido de lo familiar. Por último, casi todo objeto puede ser fuente de ese miedo que nos inspira lo siniestro. Por doquier, el miedo se aventó como elemento productivo después de la gran guerra. Como nunca se ha agudizado el sentido de lo siniestro como en los tiempos que antecedieron al nazismo. La sociedad que se había sentido protegida por el ejército, lo vio convertido en bandas de aventureros; el pueblo que había vivido bajo el imaginario de una solidaridad nacional, vio como crecían las fortunas de los contrabandistas y especuladores.
La misma sociedad que había pasado una guerra sin ver el frente, de repente advertía la guerra civil desplazada a su seno; los que habían hecho de la estabilidad de la moneda una garantía de serenidad, vieron que, de repente, los billetes de banco eran papel mojado; la misma bolsa que albergaba un kilo de manzanas debía portar el kilo de papel moneda para pagarlas. La sede de un rey protector e infalible, de repente, fue ocupada por figuras que en su normalidad no podían ser considerados sino usurpadores de un poder soberano. Por último, los enemigos, otrora amenazados, asumieron que sólo el miedo continuo podría someter a los altivos alemanes. Y por doquier los trozos de hombres, los amputados, los destruidos psíquicamente, los minusválidos del frente, como anticipaba el mundo gráfico y literario de Alfred Kubin, tan lleno de monstruos.
Monstruosidad y potencial de la naturaleza
Alfred Kubin
Hacemos una fenomenología. Es lo que sabemos. Esperamos que de esa fenomenología el sentido humano distinga lo deseable. Confiamos en ese último reducto de esperanza. El miedo que creció hasta la histeria es la diferencia entre Leviatán y Behemoth. Hobbes sintió miedo liberal, un miedo individual. Por eso propuso un poder autoritario, que disciplinara a los indisciplinados. Los millos de hombres que, en el siglo XX, atravesaban una sociedad donde las máquinas estaban mudas, las minas detenidas, los ferrocarriles embargados, los obreros parados, el poder gesticulando, el lujo concentrado, el amor embrutecido, reducido a un deseo desenfrenado. Kubin tiene un dibujo que se llama Hacia lo desconocido (1901). Kubin es el Blake del siglo XX y su mirada es la más profética, todavía más que la de Kafka. En ese dibujo, masas inmensas de hombres sin rostro se encaminan hacia un gigantesco animal, mitad marino, mitad terrestre, que tiene las fauces de par en par abiertas. Leviatán o Behemot, a todos se los ha de tragar. Los rostros más cercanos al espectador, lo más lejanos al monstruo, no saben a dónde van. El pintor, desde su perspectiva, lo conoce. El resultado de ese cuadro, su segunda escena, se observa en el grabado El poder (1903), en el que el monstruo marino se reposa sobre los osarios de los devorados. Cuando esas masas inmensas sepan hacia donde se encaminan, el miedo será su sentir único.
Canetti no es tan profeta como Kubin. Él sabe de lo que habla. Lo ha experimentado y lo ha narrado. Al final sólo tenemos eso, narraciones, descripciones, recuerdos. Y estudios. Su antropología política intenta mostrar el proceso mismo por el que un grupo de individuos se convierte en masa histérica. Si Freud llamó siniestro a la transformación que sufre una realidad que, de repente, muestra lo que desde tiempo tenía reprimido en su seno, entonces lo siniestro del nazismo reside en que de repente muestra la naturaleza que la civilización, con sus correr de siglos, ha tenido reprimido. De esta forma, lo monstruoso es más bien el constante potencial de la naturaleza. Lo siniestro es que el proceso civilizatorio no consolide sus represiones y permita el regreso a soluciones arcaicas. Para ello basta que el miedo crezca, que la percepción de la amenaza que constantemente acompaña nuestra vida, se haga endémica y sin reposo. Que la muerte sea anticipada por doquier y todo sea una señal de su cercanía. Entonces, sea por el miedo, por el duelo, por el lamento, por el peligro, por la muerte, los hombres se juntan en una mutación de masa. Lo que Canetti ha puesto de manifiesto es que la superación de los límites corporales, el contacto con las masas, puede liberar afectos compensatorios del miedo que sentimos al rozarnos unos a otros. Para ello no es necesario el líder autoritario: esa es la ocasión o la señal perdida en lo alto de la más alta montaña.
Soledad y masa
(spinoza38.wordpress.com)
Para compensar el miedo que el contacto humano produce, de esa masa tiene que surgir la capacidad de inspirarlo a otros. Sólo el poder de inspirar miedo a otros compensa del miedo que sentimos de nosotros. Ese es el poder que los hombres manifiestan cuando el miedo los reúne. Su única aspiración es la supervivencia. Ahí reside la síntesis de masa y poder. Ahí se abre la clave por la cual los hombres mutan en masa violenta, poderosa, masa de cazador, masa de guerrero, destinada a producir la muerte y a garantizarse la supervivencia. Y para producir muerte y huida, la propia masa debe ordenarse en los simples mecanismos lingüísticos autoritarios (como ha recordado Axel Honneth) de la orden y el juicio, formas que recuerdan también el miedo de la presa ante el cazador, la posibilidad de ser excluido de la masa, de ser colocado en el grupo de “ellos”, del “enemigo”, de ser desgarrado de la homogeneidad.
La soledad y la masa son parte del mismo monstruo porque sólo el solitario siente ese miedo que la masa puede compensar. Eso sabemos y recordamos con Canetti. ¿Podemos elevar un deseo natural ante el miedo? Recordarlo nos hace hablar para superarlo. Finalmente, Aristóteles dijo del hombre que era el animal con logos. Esa era su verdadero poder. Behemoth, ha dicho Neumann, monstruo del caos, no habla: sólo ordena. La idea de lo normal sigue siendo un poder surgido del logos y al servicio de la vida, no uno surgido del miedo y destinado a garantizar la supervivencia. Michel Maffesoli en su obra La violencia totalitaria lo ha recordado: “El poder puede y debe ocuparse de la gestión de la vida. La potencia, en cuanto tal, sólo es responsable de la supervivencia”. Quizás esa sea una buena diferencia. Un monstruo sólo puede aspirar a la potencia, la supervivencia forzada y, llegado el caso, la autodestrucción. La esperanza de amar al mundo, esa, libre y sin miedo, no le está concedida.