Los elixires del diablo… Otro cuento de Hoffmann

POR Fernando Montoya
Obras como ésta unen a su valor estético un enorme valor científico, hasta el punto de que algunos la consideran como la epopeya de la locura, si no estuviera el antecedente genial de El Quijote, al que Hoffmann tanto admiraba
(eta.staatsbibliothek-berlin.de)
El 9 de febrero de 1812, E.T.A. Hoffmann anota en su diario una visita al Convento de los Capuchinos, en Bamberg, y su ánimo exaltado por el ambiente religioso. Le llaman la atención las cabezas patriarcales de los capuchinos y un reloj de pared con la leyenda latina: mors certahora incertauna ex his. Una palabra resume la exaltación del visitante: fantasías.
En la misteriosa génesis de la obra literaria, esta visita puede marcar el inicio de una novela. El 4 de marzo de 1814 Hoffmann anota lacónicamente en su jeroglífico diario: “Idea del libro Los elixires del diablo”, obra en la que trabaja ininterrumpidamente.

En carta a su amigo y editor Kunz, en Bamberg, enviada desde Leipzig el 24 de marzo de ese mismo año, le expone el plan de la obra, y al mismo tiempo anuncia lo avanzado de su escrito:
Oneiros, el dios del sueño, me ha inspirado una novela que brota de mí, ataviada con los más vivos colores; el tomo primero lo tengo casi terminado. El librito se llama Los elixires del diablo (papeles póstumos del padre Medardo, un capuchino). Se trata, nada menos, que de mostrar a plena luz, a través de la vida rara y tortuosa del hombre sometido desde su nacimiento a la acción de fuerzas celestiales y demoniacas, los lazos misteriosos entre el espíritu humano y todos los principios superiores que, disimulados en la naturaleza, no se manifiestan sino por ese relámpago deslumbrante al que solemos llamar casualidad. Para expresarme de un modo musical, la novela comienza con un grave sostenuto –mi héroe nace en el convento del Santo Tilo, en Prusia Oriental, y su nacimiento sirve de expiación al padre pecador—, San José y el Niño Jesús aparecen, etc. Luego sigue un andante sost. e piano –la vida en el convento donde toma el hábito—, Del convento sale hacia el bullicioso mundo, aquí comienza un allegro forte. Así es que, ya que hablo tanto de la cosa, sabes que me afano muchísimo, y el trabajo me cunde. En cinco semanas estarán terminados 20 ó 30 páginas, y el total, acabado y listo para la Feria.
Precursor de Kafka
(Collin de Plancy Collin de Plancy, Diccionario infernal)
El ser eminentemente musical que era Hoffmann concebía sus obras a manera de una partitura, de ahí su descripción de músico-poeta. Asimismo, el prólogo que Hoffmann pone a su obra hace el efecto de una partitura musical.
En la historia de la literatura alemana destaca la técnica original, el confusionismo premeditado con el que Hoffmann inaugura un nuevo estilo novelesco que le hace predilecto de Dostoievski y precursor de Kafka. Todavía hoy la novela se considera difícil porque el último sentido del desenlace es oscuro y ambiguo.
La idea dominante de Hoffman de que “las fuerzas oscuras del mal” acechan al individuo (bien sea en forma de vicio, enfermedad o impulsos), se desarrolla obsesivamente, así como la lucha contra estos poderes siniestros.
E. T. A. Hoffmann profundiza en ese mundo interior, complejísimo, oculto, misterioso, sobrecogedor que, a veces, podemos percibir en nosotros mismos. Con razón Heine, al hacer una semblanza de él y de sus obras, dice:
Sus libros son lo más notable de nuestro tiempo. Todos llevan el sello de lo extraordinario… En Los elixires del diablo se contienen las cosas más terribles y espantosas que pueda imaginar el espíritu humano, Cuán débil nos parece El monje de Lewis, que trata el mismo tema. En Güttingen, un estudiante se volvió loco después de leer esta novela.
Caso clínico
(Collin de Plancy Collin de Plancy, Diccionario infernal)
Algunos médicos han encontrado en Los elixires del diablo un perfecto estudio de un caso clínico, al que se une lo folletinesco, porque las situaciones insólitas de la vida y los caracteres extravagantes y demenciales siempre van unidos al folletín.
La escisión de la personalidad, el dualismo del ser humano, el desencadenamiento de las fuerzas internas que yacen en el interior del hombre, la idea precursora que muerde como un perro aullador, el vértigo de las alucinaciones, el argumento de equívocos, todo ello trastorna la mente del lector, fascinado por ese complejísimo universo invisible de la locura, que se le manifiesta con todo el atractivo de lo terrorífico, ofreciendo, por otra parte, un material psiquiátrico riquísimo, sacado de sus observaciones en el Sanatorio de Sankr Getreu y de las conversaciones diarias con sus amigos médicos: doctores Marcus, Speyer y el famoso Koreff.
Con gran detenimiento Hoffmann había leído libros de medicina, como el Traité Medico-philosophique sur l´alienation mental de Philippe Pinel; las Anotaciones prácticas sobre los trastornos mentales de Cox, y las Rapsodias sobre el uso del método físico curativo en los trastornos mentales de Johan Christian de Keil, y otros muchos libros sobre las enfermedades nerviosas.
Obras como la novela de Los elixires del diablo unen a su valor estético un enorme valor científico, hasta el punto de que algunos la consideran como la epopeya de la locura, si no estuviera el antecedente genial de El Quijote, al que Hoffmann tanto admiraba.
Albert Beguin, en su estudio El alma romántica y el sueño, dice, para explicar esta tendencia de Hoffmann:
Además, dotado de un organismo extrañamente sensible, sujeto a alucinaciones y a momentos de insoportable tensión nerviosa, se interesa como psicólogo por todos los fenómenos morbosos que pueden perturbar a la consciencia clara, y lindar con la locura.
Y más adelante añade:
Las rarezas de algunos héroes hoffmanianos, los estados eclécticos de la princesa Edwiga en El gato Murr, el vampirismo de algunos cuentos, el desdoblamiento de la personalidad que atormenta a Kreisler y a tantos otros de sus personajes, todos esos casos de obsesiones y de psicosis, dan al espíritu de Hoffmann un ímpetu desacostumbrado. Porque no se satisface con comprobar y reproducir el desorden de ciertas inteligencias y el estado de confusión del mundo contemplado a través de sus ojos. En cada uno de esos enfermos, tan parecidos a él, reconoce a un semejante suyo: un ser quien aparece más marcada, pero idéntica, la situación de toda criatura terrestre. Si Hoffmann se aficiona a los seres desorganizados por una nerviosidad particularmente impresionable, es porque discierne en ellos el drama humano.
La proximidad de la locura
(Collin de Plancy Collin de Plancy, Diccionario infernal)
En Los elixires del diablo ya no se trata de rarezas sino de locura furiosa, una de las formas más horribles de la destrucción del ser humano. Lo bufo en esta novela es el envés grotesco de la trama y la alta espiritualidad representa el paraíso perdido, que puede ser recobrado, mediante la confesión expiatoria, después de un largo proceso policiaco, que pertenece al estilo de las historias de criminales.
Por otra parte, Kant había abierto un abismo entre el mundo del ser y el de la apariencia, entre lo ideal y lo real. Hoffmann da forma novelesca a esta misma antinomia.
Hoffmann, que toda su vida tuvo tanto miedo a volverse loco –cuántas noches vivió temblando, próximo a la locura—, dice en una ocasión:
Creo que, precisamente, a través de los fenómenos anormales, la Naturaleza nos permite echar una mirada a sus abismos más terribles, y de hecho, en el seno mismo de ese terror que suele asaltarme en mi extraña familiaridad con los locos, muchas veces surgieron en mi espíritu intuiciones e imágenes que le dieron una vida, un vigor y un impulso irregulares.
De ahí debió de surgir Los elixires del diablo, aunque la bebida diabólica también podría darle a la novela otro profundo simbolismo, relacionado con la experiencia del propio escritor.

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