El gran Gatsby: el libro de la ilusión

POR More Intelligent Life
No sorprende que la historia de Gatsby resuene en un momento en que la colisión de la ilusión y el autoengaño ha herido las expectativas de Estados Unidos, que hoy rebosa de millones de Gatsbys en bancarrota, que compraron sus casas de ensueño sin pago inicial
 F. Scott Fitzgerald, 1896-1940 (ebooks.adelaide.edu.au)
Publicado por primera vez en 1925, The Great Gatsby nunca ha perdido su encanto. El año pasado Gatz, una adaptación teatral de seis horas y media de la novela de F. Scott Fitzgerald, fue un éxito en el Teatro Público de Nueva York. Todo el mundo habla ahora del remake de Baz Luhrmann de Gatsby, que se filma en Australia, con Leonardo di Caprio en el papel que alguna vez fue de Robert Redford. Una adaptación musical de la novela se estrenó el 30 de septiembre en el New York Musical Theatre Festival en Manhattan. Amigos académicos me dicen que ninguna obra de la literatura estadounidense excita tanto a sus alumnos como la taxonomía triste y romántica de Fitzgerald acerca de los sueños y las fantasías de Norteamérica.

El poder duradero y la belleza de Gatsby se basan en la combinación de ilusiones y engaños. Jay Gatsby vive en medio de una fabulosa riqueza, en una magnífica mansión en Long Island. Organiza fiestas glamorosas, exclusivas, y despierta la admiración y la envidia. Sin embargo, su riqueza es producto de un sombrío contrabando. Pero el brillo de los trajes cisne de Gatsby es manchado a causa de su tonta obsesión por Daisy, la mujer superficial, insensible, del violento Tom Buchanan. Su ascenso a la riqueza parece ilustrar las proporciones quiméricas del sueño americano, aunque muere –brutalmente, sin sentido— a manos de un mecánico, quien confunde a Gatsby con el asesino de su esposa, por lo que le dispara en la piscina. La suerte mercurial y la extraña violencia son la parte inesperada de la promesa de Estados Unidos.
Personificación de la fantasía
(swingfashionista.com)
Los polos del ideal soñado y de la mugre real son representados en la novela con los colores dorado y amarillo, que transcurren por el libro como un leitmotiv schubertiano. “Detrás de cada gran fortuna hay un gran crimen”, Balzac alguna vez observó sagazmente, y esto no pasó desapercibido a Fitzgerald. Gatsby es en última instancia un ejemplar de Estados Unidos, impulsado por un hambre por más. Mantiene sus ilusiones hasta el final, incluso cuando le erosionan la vida en su intento inútil por alcanzar a Daisy. La mundanidad de Fitzgerald era europea, pero su melancolía fue exclusivamente norteamericana. “¿No se puede repetir el pasado?”, grita Gatsby con incredulidad en un momento de la novela. “¡Por supuesto, usted puede!”
No sorprende que la historia del fatalmente engañado Gatsby resuene en un momento en que la colisión de la ilusión y el autoengaño ha herido las expectativas de Estados Unidos, que hoy rebosa de millones de Gatsbys en bancarrota, que compraron sus casas de ensueño sin pago inicial. Mientras tanto, el mercado de derivados fue la personificación de la fantasía y el engaño americanos, construido sobre un fundamento tan endeble como la riqueza de Gatsby. El oro prometido en los años de la administración Reagan, que daría brillo al nuevo milenio, se ha tornado de un amarillo sucio.
Junto con Gatsby, los otros personajes de la novela parecen haber salido de las noticias de hoy. En Tom y Daisy Buchanan, Fitzgerald creó la imagen de la clase alta insensible, destructora. “Eran personas descuidadas, Tom y Daisy”, Fitzgerald escribe, “rompieron las cosas y las criaturas para luego refugiarse en su dinero y en su enorme descuido, o lo que fuera que los mantenía unidos, y dejaron que otras personas limpiaran el desorden que habían hecho”. Eran los adinerados en acción, ciegos a la realidad social y a la dignidad humana. “La voz de ella está llena de dinero”, se maravillaba Gatsby de Daisy.
Proscripción y democracia
 (joyhog.com)
A muchos estadounidenses de los años recientes se les ha inculcado la idea de que un delgado estrato de gente actúa con imprudencia similar. Los banqueros deshonestos del país y los sombríos corredores de hipotecas no parecen ser afectados nunca por los ciclos económicos que trituran a los otros ciudadanos. Cuando las cifras de desempleo han aumentado, estos beneficiarios aparentemente “se han refugiado en su dinero”.
Como romántico proscrito, Gatsby despierta lo mismo admiración que desconfianza. Como Nick Carroway –el nuevo amigo de Gatsby y narrador en la novela— nos dice, los rumores hablan de la relación de Gatsby con Kaiser Wilhelm, un espía alemán durante la Primera Guerra Mundial, además de contrabandista y asesino. Los proscritos como Gatsby son figuras por excelencia de la democracia estadounidense, un sistema diseñado para acoger a los forasteros mediante la elevación de la voluntad individual sobre la afiliación de grupo. Se pueden redimir, pero pueden también perturbar. Gatsby tuvo que escapar de sus orígenes humildes para conquistar a la sociedad, aunque al rehacer su vida generó un aura misteriosa de amenaza. Todo mundo asistió a sus fiestas. Casi nadie fue a su funeral.
Realidad y desencanto
(minnesota.cbslocal.com)
Y aquí estamos en un momento de cambio inquietante, en el que un enigmático proscrito después de otro compite por el liderazgo político. Sarah Palin, Donald Trump, Michele Bachmann, las puntuaciones de los oscuros Tea Party, que de repente toman impulso en el Congreso norteamericano. Y luego aparece el epítome de la proscripción: Barack Obama. Nadie tuvo la audacia de pedir a Gatsby su certificado de nacimiento como prueba de quién era realmente. Pero hasta que Obama se produjo a sí mismo fue mitificado tan salvajemente como Gatsby lo había sido: socialista, comunista, revolucionario, conspirador y traidor.
En el caso de Gatsby, el misterioso desconocido en inmaculado traje blanco era en realidad una cifra llamada James Gatz, quien triunfó en su camino a la fama y a la fortuna por su aspecto, su encanto y por la forma en que pudo imitar los gestos del confidente exitoso. El desencanto hacia Obama entre algunos de sus partidarios más apasionados encuentra eco en el retrato que Fitzgerald hace de la dinámica social de Gatsby. Éste tenía: “Una de esas raras sonrisas con una calidad de eterna tranquilidad con la que te puedes cruzar cuatro o cinco veces en la vida…”
Sin embargo, por la insuficiencia de los que fueron seducidos por Gatsby, o por sus propias deficiencias como persona, la realidad invade a la ilusión: “Precisamente en ese punto [la sonrisa] desaparecía”, comenta Nick. “Yo estaba frente a un matón elegante, un año o dos por arriba de los treinta, cuyo elaborado discurso estaba a punto de convertirse en absurdo. Poco antes de que me lo presentaran tenía la fuerte impresión de que seleccionaba sus palabras con mucho cuidado.”
Los europeos quedaron muy desilusionados. Pero los estadounidenses no pueden olvidar cualquier figura que, después de haberlos invitado a proyectar sus sueños en él, decide dejarlos atrás. Sin inmutarse, seguirán persiguiendo otras ilusiones; hacia, como Fitzgerald escribe en sus famosas líneas finales, “el futuro orgiástico que año tras año aparece ante nosotros. Entonces nos esquiva, pero eso no importa, mañana correremos más deprisa, abriremos los brazos más… Y una buena mañana”.
Tomado de: The Economist. Otoño, 2011.
Traducción: José Luis Durán King.